domingo, 10 de mayo de 2026

No un lunes cualquiera.


Eran ya las 5 de la tarde, guardé todo y me fui. Cualquier cosa la veíamos el lunes con más calma, siempre que me voy del trabajo me alegra pensar que, a partir de cierta hora, no me importa ni siquiera si cae una bomba en la empresa. Desde temprano había estado meditando sobre la posibilidad de no ir a la función. Últimamente debato mucho mis acciones en mis adentros, hablo conmigo mismo, me he convertido —o mejor dicho, he reafirmado— que soy alguien de pocas palabras y que no disfruta de pasar tiempo con cualquier persona. Espero no ser tomado como un pretencioso: sale de mi corazón de manera sincera y sin ánimo quedar como un vanidoso pues mi confianza, interés y energía, las cuales son mínimas, están reservadas para quienes real y sinceramente quiero tener cerca.

Salí a la hora justa para ver los autos, los parques, las personas pasar, pero lo más importante, poder ver el atardecer. Creo que las personas están tan acostumbradas al cielo que no le dan importancia debida a lo precioso que es: la forma de las nubes, los rayos dorados que se desvanecen tras estas y como las mismas se ven tan redonditas, lisas, espesas, abombadas, ligeras y dispersas: todas las formas y colores están disponibles a la vista.

Me propuse caminar lo más que pudiera, el plan era llegar hasta donde mi sentido de seguridad y la vista agradable me lo permitieran. Caminé por Javier Prado y me dio mucho gusto poder apreciar el cielo, y por momentos una nostalgia peligrosa me asaltaba. Tontamente compré un cigarro a una señora que los vendía al paso, tratando de revivir la nostalgia de otra época: craso error, son horribles, y siento que pierdo salud tan solo de ponérmelo en la boca; aun así, ese dulce inconfundible, permanecerá grabado en mi memoria para siempre. Definitivamente soy otra persona.

Al llegar mis expectativas se desinflaron, el lugar no prometía nada bueno, estaba descuidado, vacío, quizá llegué muy temprano, la zona además parecía oculta y poco concurrida, pero encantadora al mismo tiempo porque transmitía esa sensación de ser un lugar íntimo, sin bullicio ni trajín. En la entrada solo había un guardián en una silla maltrecha que resguardaba la entrada tanto del centro en general como de una galería de arte que me hubiera encantado visitar. Este, sin mediar palabra, permitía el ingreso a cualquiera, a sola mirada sospechosa, como quien dice: "te veo, si haces algo, no dudaré en retirarte para nada amablemente". La recepción a la función era solo una jovencita en una mesa con una libreta revisando las entradas, y metros más allá quizá su jefe, quien miraba todo al parecer asegurándose que transcurra sin sobresaltos. Ya frente a la mesa que recepcionaba a los asistentes "no se puede entrar hasta el inicio de la función" me decía aquella jovencita mientras anotaba mi nombre en la lista. Tras hacer la observación de que tengo dos entradas y mi respuesta vaga y sin muchos detalles estaba todo consumado. La función empezaba a las 8pm.

Llegué con regular anticipación, dado que el plan había cambiado, y ya que tomé mis precauciones con mucha anticipación, salí muy temprano del trabajo y aunque mi intento de caminar lo más que pudiera fue excelente, no fue suficiente para quemar el tiempo que tendría que haber sido gastado en un agradable lonchecito en alguna cafetería del lugar. Para mi buena suerte, afuera del centro cultural había un elenco de danza ensayando. Las luces amarillas se entremezclaban con los jóvenes bailarines y la danza propia de la cultura peruana, que quizá muchos hayan bailado en su etapa escolar era un espectáculo entretenido. Sin embargo, eché de menos nunca haber formado parte de algo así, pues desde muy joven he sido muy avergonzado y temía ser juzgado incluso por algo tan banal como bailar mal. Con los años este defecto en mí, de creer excesivamente que las personas están atentas a juzgarme se revirtió, y me permitió vivir un poco más ligero, ahora soy un poco bastante de idk, idc, idgaf.

La función empezó, los asientos eran rojos, un poco duros y se notaban viejos, el telón que tapaba el escenario era también del mismo color, y aunque la sala era pequeña y nada parecida en tamaño ni modernidad de otras salas que he tenido la fortuna de visitar, tenía un encanto particular. No cabe la menor duda de que asistir al teatro es una experiencia que te secuestra del tiempo y espacio, y por toda la función, estás completamente atrapado en las experiencias y vivencias de otros, y no hay distracción ni pensamiento que cruce tu mente y te deshaga del hechizo. Y los actores se vuelven tus conocidos de toda la vida, y quedas prendido de los sucesos, por banales o intensos que sean. Es esto algo tan distinto al cine, que no existe punto de comparación, porque la relación es más cercana, real y personal. Y uno corre el peligro de ser conmovido y sentir emociones fuertes, pues incluso la comedia más ligera del menú lleva un mensaje que puede llegar a lo más profundo del pensamiento, y si uno se aventura a acudir a una función que se sabe será de una historia intensa, fuera de la seguridad de la comedia o el romance, se arriesga a explorar escenarios que pueden remover el corazón.

Terminada la función, que quizá fue una de las que más he disfrutado, pues no por nada el autor de la misma aún luego de haber pasado 157 años desde que se fue al cielo de los artistas sigue vigente y se recuerda su nombre, pasamos todos los asistentes a la antesala. El elenco, quienes conociendo que su pequeña función necesita llegar a más personas pues el arte no paga como se merece en este país, dieron varios minutos a la audiencia para que se tomen fotos y convivan con ellos, mientras anuncian sus demás funciones e intercambiaban con los presentes comentarios divertidos y recibían felicitaciones. Presenté mi admiración por cada uno de ellos, algunos mayores, otros más jóvenes que quien escribe y me admiró en particular que quien tenía el papel principal de la pícara Ña Catita, era una persona con visión limitada, pero que durante la función no podría haberlo adivinado pues su actuación fue impoluta.

Finalmente, y ya encantado, tras una breve caminata y un viaje más agradable que lo de costumbre, llegué a casa y di por finalizado no un lunes cualquiera.


jueves, 29 de enero de 2026

Lo bello




¿Estoy listo? No ha pasado mucho desde la última vez que desee con todas mis fuerzas haberlo intentado. Ese fue un momento de claridad en donde sentía que un sueño estaba al alcance de la mano. Al parecer solo hay una persona. Me siento poco por ahora, pero me cuestiono también ¿qué es poco?, ¿qué es mucho? El valor de las personas debería residir en la pureza del corazón.

Me la paso, últimamente, ensimismado en mis pensamientos, en mis recuerdos y en mis canciones. En los últimos meses he vivido flotando agradablemente, yendo de aquí para allá, escuchando a mis sentidos, explorando un poco más y forzando un poco menos. En un vaivén entre estos, todo para mantener mi ser protegido de la dureza del mundo que los humanos hemos creado.

Cada uno de estos no son poca cosa: mis pensamientos siempre me llevan por lugares insospechados, sin embargo, con el tiempo he aprendido a mantenerlos agradables. Creo que, en cierto modo, no soy el único. En esta actualidad donde todo es efímero, y la vorágine del sistema te engulle en un torbellino de ultra consumismo y ultra producción, ¿quién no sufre de ansiedad? Las expectativas que cumplir y el dinero que ganar nos respiran en la nuca. De ahí que casi todos vivimos ansiosos.

Cuando era más joven esa aflicción acababa conmigo, aprendí de mala manera a controlarla, ahora pienso que cada día es especial y que debe ser disfrutado. El pasado ya no existe y el futuro no está prometido me repito constantemente. Entonces ahora, me permito flotar entre escenarios imaginarios agridulces, que son bellos por imaginar lo que pudo ser, pero a la vez nostálgicos porque si los imagino es porque no pude hacerlos realidad. Visito recuerdos grises para mirar al pasado como enseñanza y no como una condena, sé que no todos podemos aprender de los errores de los demás, entonces me sacrifico y los cometo para aprender de los propios.

Mis recuerdos son aún un tema más profundo, para ser completamente honesto suelo olvidar las cosas que me duelen, y así, de eso no se habla, ni se recuerda. Es inevitable, sin embargo, que estos recuerdos me asalten accionados por un lugar, un olor, un paisaje conocido de mi pasado. Aquí me permito menos flotar en mis memorias, aquí los escenarios están restringidos a momentos de mi vida genuinamente bonitos, en mis memorias no existe lo efímero, quienes lo tocaron, están siempre ahí, y de una forma u otra, formaron quien soy. Y aunque soy una persona terrible para mantener lazos duraderos, —quizá por falta de consideración, quizá por falta de vitamina D—, hay quienes tienen toda mi atención y con quienes me encanta compartir mi tiempo. ¿Soy un tonto pretencioso? Solo aquellos que leen pueden juzgar. 

Mis canciones, por último, hasta hace varios meses estaban ligadas a mis recuerdos, Un signo de que los últimos años he crecido es que he logrado separar ambos, y antes, una canción que me estrujaba el corazón con recuerdos de quien fui ahora no para de sonar en mis oídos y en mi mente. Me alegra mucho ahora poder visitar temas que antes tenía olvidados, he recordado canciones que había dejado atrás, y desde pequeño, recuerdos de mí oyendo música de todo tiempo abundan en mi memoria. En los últimos tiempos, eso sí, descubrir nuevos artistas se ha ido dificultando, al parecer ya todo ha sido inventado y oído.

No quiero dejar de observar lo bello que es el mundo, lo precioso de la luz etérea, lo bello del cielo, lo suave de las nubes y sus formas, lo calmo de la luna, lo tibio del sol, lo armonioso de la música, lo puro de las plantas, lo fructífero de la tierra, lo fresco del agua y el viento, y lo infinito de posibilidades que esperan mañana. Por más arruinado que este mundo se haya vuelto, por más hundido en tormento y desesperación… la vida perdura. Los nacimientos continúan. Hay belleza en ello, ¿no es así?








viernes, 2 de enero de 2026

La chocolatada de Samantha.

Esa mañana, aunque la idea no me agradaba mucho, mis expectativas eran altas. No por la compañía: mala, por cierto (un amigo y dos enemigos), sino por el lugar. Algo me decía que el lugar sería, como mínimo, novedoso. Días antes, Samantha, quien en sus momentos más neuróticos había hecho sollozar a uno de nosotros con sus muy intensas reprimendas, había decidido que sería una buena idea un lonche de integración navideña: "La Chocolata de Samantha", me da mucho gusto y gracia llamarle así. Era como una especia de tregua entre los cuatro, un ritual de paz, un disimulo para que no se le note tanto lo que para todos era obvio: su profundo desprecio por nosotros. Luego de tan difícil año, era menester esta pequeña celebración. No dudo que para ella lo fue, tuvo cuatro renuncias desde enero hasta ese día, pero para nosotros, vulnerables a sus momentos de ira y desdén y sus verdaderos reales pues habíamos llegado al fin de año sin salir espantados de ese trabajo, lo fue aún más. 

Iremos al tea time, en Beethoven — me dijo —. Asentí con la cabeza como si ya conociera el lugar, no quería desvelar que, en mis mejores momentos, mis momentos más finos y elegantes, yo soy más de ir María Almenara y similares. Creo que son el balance correcto entre lugar agradable a la vista y el bolsillo. Dado que este nuevo lugar quedaba en San Isidro, y conociendo los gustos "refinados" de Samantha, podía intuir un lugar medianamente elegante. 

Me puse mis mejores ropas, o quizá mis segundas mejores ropas, las primeras las tengo bien reservadas para una ocasión especial que, para ser honesto, me hace mucha ilusión, pero algo me dice que esta ocasión ya no llegará. La jornada en la oficina transcurrió con tranquilidad, ese día Samantha no podía darnos una paliza laboral/espiritual/emocional porque teníamos una "agradable" velada más tarde y todos debíamos estar de la mejor actitud. En la interna esta es una guerra sin cuartel, pero frente al resto, el departamento de Finanzas permanece unido, cerramos filas, todo es risas y verdadero trabajo en equipo. Ese día, estábamos a salvo. 

Siempre me ha encantado tomar lonche, es mi momento favorito del día, sea el lonche hogareño con café y algún pancito con algo, o sea un lugar más o menos refinado y caro con la compañía adecuada, sin embargo, esta vez este lonchecito sería un reto: el agradable momento y el lugar se enfrentaban a compartir mi mesa con personas con las que, en otra circunstancia, jamás compartiría. Era menester mantener la calma, la compostura, la educación y por encima de todo, algo que aprendí en esa oficina, a mantener la boca cerrada.

El lugar era cerca al trabajo, fuimos caminando, desde ya estaba tenso, ya no tengo intenciones de ser amigo de nadie en ese equipo, solo de quien fue mi amigo desde antes de entrar ahí, los demás integrantes tienen mi total desinterés. La caminata fue corta y con breves apariciones de mi personaje. Finalmente, llegamos al lugar, el tea time consiste en una fuente pequeña de tres niveles con diferentes bocaditos, salados en la base, harinas en el medio y dulces arriba. Mientras servían, consultaba en internet cómo comer correctamente según las reglas de etiqueta. Al servirse en parejas, Samantha eligió a otro comensal y no a mí: decepción y alivio por ambos lados. Estaba a punto de acompañar la mini fuente con café, pero aprovechando la ocasión y por sugerencia implícita de Samantha, no sin antes unos de sus conocidos gestos de "haz esto pues, huevón", finalmente opté por una mimosa.

La velada transcurrió agradable, aunque la mayor parte del tiempo la pasé callado, oyendo cómo hablaban no tan amablemente de la última renuncia del equipo, hacia solo unos días atrás y de otras renuncias anteriores y como dejaron a su paso bombas a la reputación de la jefa. El alcohol alegró ligeramente la mesa, el lugar era sumamente agradable, y elegir la terraza fue la decisión correcta por lo ventilado y cómodo que era, además, estar lejos del bullicio siempre es bueno. Hice mi mejor esfuerzo por verme educado en la mesa y no hablar de más, y aunque el alcohol me tentaba a ser el más gracioso del lugar guardé la compostura, muy en el fondo soy un payaso, pero en el trabajo, soy el tipo más serio posible.

Recordé todos los vídeos de Maritere que he visto sobre etiqueta, no porque me sea de mucha importancia, sino porque necesito mantener la imagen educada, uno nunca sabe cuándo un aumento puede llegar, y para eso, todo cuenta. Nunca había visto tanta hipocresía en un lonche, tanto de ida como de vuelta. Sin embargo, la técnica de hablar poco sonreír mucho y escapar por momentos al baño sirvió a la perfección. De todo lo que se dijo en la mesa, nada mínimamente reprochable salió de mi boca. Lástima que los demás comensales, alegrados por el breve alcohol y olvidando que esa mesa era un peligro, soltaron anécdotas que habría sido mejor guardar.

El tramo final del lonchecito había llegado y, luego de una hora, mis ganas de irme ya estaban instaladas, dejé el último muffin a la mitad, para intentar demostrar lo elegante y fit que soy, a nadie sorprendí. Pasamos a retirarnos, estaba confiado en que la velada, más que una velada, una prueba, había sido aprobada por mí y mi silencio sepulcral. Una vez pagada la mesa, nos dispusimos hacia la salida.

Mis compañeros, antes de salir, se retiraron al baño, quedé a solas con Samantha. — Estuviste muy callado Luciano — dijo ella. — Es verdad, es que me gusta oír más a los demás cuando tienen algo que contar — respondí, ahora sí tenso, pero con mi careta de confianza de siempre — He visto que en los almuerzos la pasas de lo mejor con tus amiguitos de Inteligencia Comercial — ¡Lo sabe! Sabe que por dentro soy un parlanchín, pero en su presencia me chupo. — Es que con ellos no tengo mayor interés en sus historias, con ustedes sí. Son muy interesantes. — Dije falsamente. Esa respuesta pudo haberme salvado en su mente al interpretarse como genuino interés en sus historias o pudo haber sellado mi destino como un desagradable pretensioso y encima adulón. Espero que sea lo primero, aunque si es lo segundo poco o nada me importa, siento que pronto lo averiguaremos. El resto de la compañía salió de los baños, nos unimos todos. Unas palabras finales en grupo, como saludos por fin de año y discursos vacíos de equipos de trabajo de cara al próximo. Samantha corrió rápido a su taxi, y al fin y para mi buena suerte, la velada terminó.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Let the light in


El verano del 2024 fue increíble, fue una época de muchos cambios, fue un verano dorado, acompañado siempre en repetición Let the light in en mis oídos. La celebración de año nuevo, donde me sentí terriblemente desafortunado porque la tristeza me acompañó todo el 2023, fue arruinada por mí. Aquel 31 de diciembre, yo sin planes, pero muy afortunadamente acompañado de mis padres aun sin saberlo, salimos, a recibir el año nuevo a la Costa Verde, solo los tres, pues mi hermano, desde hacía mucho, pasaba año nuevo con su novia, con quien sigue junto y me da mucho gusto que se hayan encontrado los dos en esta vida.

Esa noche estaba tan amargado, el año corría insípido, nada nuevo ni nada bueno había pasado, yo seguía triste por todo y por nada. Recuerdo que llegamos a la Costa Verde minutos antes de la medianoche, apurados y buscando un lugar donde dejar el auto. Me pareció completamente vacío celebrar un nuevo año, pues para mí desde siempre pero solo hasta ese año, nada cambiaba del uno para el otro. Sin embargo, mis padres, quienes desde siempre me han acompañado, trataban de animarme. Yo, por otro lado, era infeliz.

No fue sino hasta el romper de la medianoche, con los fuegos artificiales llenando la vista con sus colores y el aire con sus olores, cuando por fuerza de voluntad, además de pena por toda la velada, que tuve una revelación. Me sentí egoísta y tonto, estaba con mis padres y me sentía desafortunado, esa versión de mí felizmente para el mundo ya no existe. Ver a las demás personas celebrar con sus seres amados me hizo reflexionar sobre lo afortunado que era, y que a pesar de que me había vuelto solitario, y me había aislado en la seguridad de mi habitación y las aulas de clases, ellos aún estaban conmigo. 

Ese día algo se encendió en mi corazón, la revelación llegó a mí en la silueta de mis padres que, aunque su amor está muerto, nunca dejaron de estar para mí. Soy lo que soy solo por y gracias a ellos. Aquella noche prometí que el año que acababa de nacer sería uno mejor, que pondría todo mi empeño y energía en revertir meses tan sombríos, y que dejaría atrás toda nostalgia y recuerdo. Creo que siempre la nostalgia está conmigo, pero últimamente he sido más veloz, más ligero, he aprendido a no escarbar en recuerdos desagradables. "El pasado no existe, el futuro no está prometido", constantemente me repito.

Desde ese momento, mi forma de ser se acentuó hacia lo más alegre y agradable y reconfortante que mi personalidad me permitía. Entré a un nuevo trabajo, que solo duraría los tres meses del verano y solo tenía como objetivo conseguir dinero. Sin saberlo, sería quizá el mejor trabajo que tuve, conocí muchas personas e hice, increíblemente para mi forma de ser, muchísimos amigos y conocidos. No sé de dónde saqué tanta energía social, fue un desborde que jamás había vivido, además conocí personas increíbles y agradables, con las cuales trabajar era un placer. Mis días se repartían en reír hasta sentir dolor en las mejillas, cenar temprano en la azotea del edificio contemplando el precioso atardecer del verano y fingir seriedad cuando algún ejecutivo de alto nivel estaba presente. 

Dejar atrás todo lo que me acechaba desde el recuerdo y todo lo vivido en el pasado, fue un impulso para mí, y a pesar de que las vicisitudes no dejaban de presentarse, nada podía ya derrotarme tan fácilmente como sí sucedía antes. Mi voluntad se había vuelto férrea, y mi corazón estaba listo para enfrentar cualquier contratiempo, casi cualquier dificultad propia de la vida.

Me gusta recordar esta temporada, ese año trajo cosas muy buenas y renovó mis deseos de continuar con todo y afrontar lo que sea que se presente. Finalmente, el cierre del 2024 llegó con la noticia de un trabajo mejor, algo que había buscado y anhelado con muchas fuerzas. Sin desfallecer había buscado por meses y cuando me veía pasando fiestas navideñas desempleado, el trabajo donde estoy hoy en día, con más cosas buenas que malas, tocó a mi puerta. No soy, desde hace mucho, un creyente, pero puedo decir que los tiempos del Señor son perfectos.


viernes, 28 de noviembre de 2025

Las nubes, la luna y las estrellas.

Hace años no visitaba este lugar, un recuerdo fugaz hace un par de noches me trajo de vuelta, he releído algunas antiguas entradas, pero ahora mis historias llenas de verdad y mentira, que en su momento fueron el presente, se han convertido en el pasado. Se siente extraño mirar atrás y ver a mi antigua versión, no me reconozco, ese Luciano se siente tan lejano y extraño. 

Lo que empezó como un intento de cultivar un talento, se convirtió en un diario personal y público. Encontré historias que había olvidado, me atrapó una nostalgia peligrosa, del tipo que siempre evito sentir. Pues con los años aprendí que lo mejor es olvidar algunas cosas, enterrarlas muy al fondo del corazón y que se queden viviendo ahí, donde nadie las recuerdas. En retrospectiva y para ser honesto, creo que ese es mi mayor defecto y mi mayor debilidad: Suelo olvidar cosas que no me gustan, que me incomodan o que me entristecen, sin embargo, olvidar no es lo mismo que enfrentar y, por consiguiente, superar. A veces siento que tengo una bolsa my grande en el patio trasero que en algún momento habrá que botar. Pero, por otro lado, espero que mi patio trasero crezca tanto que esa bolsa sea insignificante. 

Entonces llevo años aprendiendo a ver siempre lo bueno, alguna frase trillada de internet y atribuida falsamente a alguna personalidad decía: "si vas a abrir la boca que sea para algo bueno". Eso me llevó a ser un farito de luz. A siempre esparcir el bien, pero también esto me llevó a ser un complaciente en todo sentido. Siempre estoy a favor de estar a favor de lo que las demás personas quieren. De mí nunca saldrá un "creo que no deberías hacer eso, mejor lo otro". Por el contrario, pienso que todas las personas deberían hacer lo que las hace feliz, sin importar el qué dirán, esto, obviamente, sin dañar a nadie. Quienes somos nosotros para juzgar. Al fin y al cabo, nada bueno viene después de un "creo que..." no solicitado.

Lamentablemente, esto no aplica para mí, constantemente me cohíbo de hacer cosas que podrían darme disfrute, siempre hay un pequeño remordimiento en mí al, por ejemplo, hacer un gasto innecesario, disfrutar los momentos de pereza o no cumplir con alguna tarea que tengo. Mi momento de ocio se ha vuelto el tráfico de Javier Prado, atrapado entre tantas personas, todos con un mundo en la cabeza, uno se siente insignificante. Feliz y recientemente escuché que el ocio es revolucionario, esa idea es trascendental, pues al haber vivido rodeado desde pequeño de personas tan trabajadoras como mis padres, me hicieron creer por mucho tiempo que el ocio es malo y uno debería sentirse culpable por disfrutar el momento. Por ahora, de lo único que siento culpa es de desvelarme sabiendo que el Luciano de mañana en la mañana, odiará al Luciano de esta noche.

Por ahora mis días pasan apaciblemente, nada me pesa ahora, me he alejado mucho de casi todos, he perdido amigos ya sea por mi propia decisión o por mi propia inconstancia. Recientemente pienso que en realidad no le caigo bien a nadie, y de mis antiguas amistades, he sido el favorito de nadie. Es posible que esto se deba a mi forma de ser pues me desgasta formar lazos fuertes con cualquier persona, y me siento tonto y pretencioso de igual manera por esto. Pues he visto como las personas tienen una facilidad por hacer amistades increíble, y he visto como suelen ir acompañadas, entretenidas en cualquier charla ligera, viviendo el sueño. Eso es algo que antes tuve, en otros tiempos, y que ahora perdí. Ahora tengo, no cero, sino negativo de amigos.

Creo que no soy bueno haciendo amistades, sin embargo, y en los días que corren, hay quienes tienen todo mi interés y genuina admiración. Sospecho fuertemente que solo me agradan las personas que realmente admiro, aunque el sentimiento de admiración no sea correspondido y mi compañía no sea tan valorada por ellas. Entonces me siento tonto al buscar algo que no es correspondido, mientras me pregunto si soy o no realmente alguien interesante, o si realmente debo ser alguien interesante. Es posible que no serlo esté bien, y solo mida con la misma vara que mido a los demás, a mí mismo. Extraño tomar un café y conversar de todo y de nada, y de disfrutar simplemente el momento, y admirar la vista, y contemplar las nubes, la luna y las estrellas.







sábado, 8 de diciembre de 2018

Recuerdos



Mis primeros meses felices dentro de una burbuja, un reciente logro importante. La decepción, el alejamiento, la ausencia y una inocencia inútil sostenida en alto. Un año vacío acompañado de Kanaku y el Tigre, 2014. Un buen tiempo sin sobresaltos, sin anhelos, sin expectativas ni decepciones, había paz. Alguien llamaba mi atención mas yo no estaba para eso. Pronto, un encuentro casual pero en el fondo planeado, cambié de parecer. Luego, entre risas y palabras nerviosas, fugaces y sin mucho sentido, pupilas oscuras y profundas. Era el fin de meses vacíos. Era el fin del letargo. Algo me decía que lo valía todo, que había que dar lo mejor y así lo hice. El verano que golpeaba con fuerza. The Lumineers siempre en mi cabeza y mis oídos. Ese ventoso lugar era testigo de prometedores tiempos. La incertidumbre, el no saber, la ansiedad. El deterioro, residuos, cenizas. Me cortaron la cabeza, no lo esperaba pero lo sospechaba. Regresaba a mi habitación. El ceño siempre fruncido, The Killers sonaba por todos lados y a todas horas, alguien jugaba en el lugar donde crecí. No lo sabía. Mentiras, ausencia, indiferencia, inseguridad. Yo no era suficiente, nunca lo fui. Perdí la noción del tiempo. Ese no era un buen lugar, no me sentía bien mientras recorría los pasillos del lugar, pasaba raudo y de perfil bajo, entraba a clases y regresaba a casa. Una fiesta, cero expectativas, Barranco, fotografías, semanas agradables bajo un sol tenue y renovados tiempos. Nada pasó y estuvo bien. 

Sin darme cuenta y con aires renovados, volví al lugar donde fui tremendamente feliz, había pasado el tiempo, tenía esperanza, había cambiado, crecido, había terminado de salir de mi zona de confort. Fue un error. Era más de lo mismo. Más de nada. El tiempo siguió en incertidumbre. No sabía parar, no sabía cómo. Conseguí trabajo, los días corrían ahora apacibles. Visitaba una conocida panadería en la mañana, compraba algunos dulces presuntamente de origen francés, no se sabe a ciencia cierta a decir verdad y luego iba camino al trabajo, mi turno empezaba a las 3 de la tarde pero visitaba fugazmente el lugar a las 10 de la mañana a dejar presentes. Algo pasó, renuncié, empecé a detestar ese lugar, No me sentía bien cerca, me alejé. Visité un joyería en Miraflores, eran alrededor de las 9 de la noche, terminé en otro lugar de Lima, alcoholizado y oyendo Fleetwood Mac. Alguien especial volvía y los días corrían mejores que desde hace muchos meses. 

Mamá caía enferma y los tiempos volvían a ser difíciles. Empezaba a darme cuenta que uno puede prescindir de las personas cuando mamá está mal. Largos meses visitando el hospital. A veces salía molesto, los doctores no tenían respuestas. Muchas otras veces salía llorando, tratando de que mamá no se diera cuenta. Me despedía de ella con el corazón roto. Evitando también que nadie más se diera cuenta, mirando al piso si era necesario y aguantando hidalgamente. Dejar a mamá ahí era desgarrador. Soñé un día que mamá estaba en casa, que caminaba libremente, fui feliz, desperté, me resigné, lo venía haciendo desde hacía mucho tiempo. Fueron 7 meses sin ella en casa, eso no era vida. Meses aparentemente positivos pasaron. Recogimos unas placas de mamá. Ella tenía que ser internada otra vez. Una pelea en el auto, muchos gritos en medio del tráfico. Tenía ganas de salir corriendo y que algún conductor desafortunado me atropelle. Estaba roto pero resistí, era la segunda vez en mi vida que mi hermano, siempre tan severo conmigo, siempre tan duro, trataba de consolarme. La primera fue cuando teníamos él 10 y yo 8. Cuando éramos niños eran tiempos realmente duros, las más duras épocas de la vida que prefiero no recordar. No sabía cómo consolar a mamá, la vida parece tan absurda cuando eres incapaz de hacer algo por alguien. Meses pasaron, aún ronda ese fantasma. Aún me asusta. 

Espera por algo mejor, siempre. Es lo que hay, es lo que siempre queda al final. No había aprendido nada y regresé. Al parecer la esperanza es lo último que soy capaz de perder. Nadie creía que hacía lo correcto, solo yo. Una llamada en la noche, un encuentro, una conversación, estaba quebrado pero lo intenté. Estaba equivocado otra vez. Un viaje. Un me nació que acabó conmigo. Meses pasaron, entre idas y vueltas finalmente volví a mí. Otra fiesta, pecas que aún recuerdo, y un corazón que valía oro. Cervezas en un parque que era para mí ya un lugar conocido. Corría días apacibles, noches agradablemente cálidas. Cosas pasaron, me fui, no era mi lugar, yo no estaba a la altura. 

La muerte de mi perro me golpeó como no imaginé, hoy vi una foto de él y lloré, era enormemente bello y noble y yo lo amaba. Era mi hijo y lo extraño demasiado, extraño hablarle y tenerlo cerca. Espero que ellos sí vayan al cielo, porque si este existe, él se lo merece. 

Los meses corrían sin sobresaltos, me alejé de muchas personas y conocí varias otras. Nada importante pasó en estos meses. Hoy solo ansío el mar. Con el tiempo te das cuenta de que casi nada realmente importa, más allá de papá y mamá. Uno debe seguir solo con lo necesario y eso bueno y está bien. Entonces ahora pretendo pararme de este asiento, decirle a mamá que la quiero mucho y darte las gracias a ti por leer.

domingo, 4 de marzo de 2018

Es el tiempo de los errores y desvelos.

Hemos decidido olvidar, porque olvidar es lo más fácil, porque sino te lleva al angustia, el sentimiento de ausencia, la nostalgia. 

Cuando uno olvida, es porque lo que ha de olvidar, o le causa dolor; o le causa vergüenza. Es más fácil olvidar el mal que hiciste antes de aceptarlo, es más fácil olvidar antes que enfrenta la ausencia. Pero en el fondo uno no olvida, sino que ignora, decide hacerse al tonto, al que nunca pasó, esperando que ningún estímulo sea tan fuerte como para regresarte a este momento, revivirte esos sentimiento. Aun así y naturalmente, estos recuerdos vuelven, y uno se da cuenta que ya no son lo mismos, que ya no te acechan en las noches porque son recuerdos muertos, momentos que ya no te acongojan, o alegran, o extrañas.

Me ocurre muy a menudo que hay ausencias que ya no importan, que ya no cuentan, que en su momento fueron el fin de todo, en su momento fueron un "y yo cómo sigo". Estas ausencias, sea por el tiempo o porque se reveló la verdadera naturaleza de los ausentes en cuestión pasan a ser pasajes lejanos de la vida. Entonces empiezas a ver las cosas desde un contexto fuera de todo, y te das cuenta de tus errores, te das cuenta que uno es medio imbécil para haber estado en tales situaciones. Del mismo modo hay ausencias de formas en las que interactuabas con las personas, te das cuenta que has cambiado, que crees que saliste de tu zona de confort pero tan solo te volviste un poco más oscuro y vicioso, que perdiste valores, que dejaste de valorar lo que antes, en tu inocencia, considerabas importante, lo que antes era todo, ahora es tan solo un momento.

Los días corren apresurados, caóticos, ya no hay tiempo para reflexionar sobre nuestros actos, solo hay tiempo para buscar algo que nos distraiga de nuestros pesares, así sean mínimos, así casi no los tengamos. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué no valoramos al del al lado? ¿Por qué preferimos lo rápido, simple, instantáneo, lo que sospechamos que no durará pero es divertido? Nos engañamos con estímulos superfluos, con sentimientos pasajeros e intensos que al final solo logran llenarnos un momento para luego dejarnos tirados en medio de la nada.

Para los que aún queremos y valoramos, es un mundo cruel, en donde somos burlados, dejados de lado, mandados a la mierda, porque; al parecer, a la gran mayoría de personas - no importa mucho lo que hayas pasado o vivido con alguien - siempre le es fácil deshacerse de uno. Abrirle las puertas a algo mejor, a algo que no se conoce pero que se angustia por sedarse con las nuevas vivencias que te pueda ofrecer es lo de hoy. Es la época de lo efímero y pasajero, es el tiempo de los errores y desvelos.

domingo, 14 de agosto de 2016

La plazuela.

Era un tarde que pronto se convertía en noche, recuerdo que había bajado algo de niebla y la humedad estaba a flor de pie. La plazuela que estaba conformada en su mayor parte de veredas atravesadas por rajaduras y asientos de madera e hierro era parte mi de ruta hacia casa y mientras caminada y la niebla se hacía menos densa a mi alrededor divisé a los lejos una silueta, era un tipo, parado ahí, en medio del lugar. A medida que me acercaba, noté que también había una chica exactamente frente a él, ellos estaban ahí, uno frente al otro en medio de la plazuela, bajo luces amarillas y rodeados de suave niebla.

Oh, el amor, pensé yo. Cosa tan extraña, creo que pocos o nadie lo entiende. Y por un instante sentí esa tersa pero insana envidia que llevo en el corazón desde hace unos años pero que siempre es consolada por el hecho de que algún día, esas parejas felices del mundo, terminarán. No intentaré defenderme, soy un malvado.

Pero qué equivocado estaba. Ellos estaban uno frente al otro y solo estaban agarrados de una mano. La mano libre de ella se acercaba al rostro de él en un intento de borrar el hilo de lágrima en su mejilla y que proyectaba la luz amarilla del lugar. Ella lo está dejando, lo está terminando ―pensé. Es extraño cómo una una larga historia entre dos personas termina en un plazuela, a los ojos de un curioso que pasaba por ahí. Vamos hombre, sé fuerte, no pasa nada, ¿por qué dejas salir esa lágrima frente a ella?, eso no es nada caballeroso, hidalgo pantalonezco. Eso no se hace, no importa cuánto uno lo sienta, uno no le puede hace eso a la otra persona, no es justo, la vida es así y todos nos tenemos que aguantar.

Solo miré un instante, y en ese instante pude captar lo que sucedía, simplemente eso, el desamor. Parece ser que este es mucho más simple que su contrario, la cosa ya no respira, ya no pasa nada, ya estás de salida. Y entonces la ligera envidia que sentía se desvaneció, aún así, en mi malicia, una leve sonrisa se apoderó de mi rostro solo un instante. 

Mientras seguía mi camino volví a regresar la mirada, ella lo había soltado y se empezaba a girar para alejarse. A todos les ha pasado pero no a todos nos echan una mano. Me acerqué, y solo alcancé a decirle "ni modo, hermano, la vida sigue" y a darle unas palmadas en la espalda. Yo no esperaba una repuesta ni mucho menos pero a veces menospreciamos el poder de un acto tan simple. El tipo me miró y dio un suspiro, "tienes razón, carajo, tienes toda la razón", se ajustó la mochila al hombro y en la niebla desapareció.


lunes, 2 de mayo de 2016

Con un buen pan bajo el brazo.

Es bien sabido por mí que Katrina ha demostrado un nivel de hipocresía increíble. Esto no me preocupa ni afecta en lo más mínimo. Sé que ella me es infiel, me es infiel de todas las maneras posibles, pero eso solo ella y yo lo sabemos. Ella sabe que yo sé y pues hemos hecho un pacto tácito, insano, podrido, de fingir que nada ocurre, de llevar la fiesta en paz, al fin y al cabo yo también lo he sido, aún lo soy, y muy probablemente lo seguiré siendo. Ahora bien, ustedes podrían interrogarse por sobre qué recita esta historia y cómo llegué a esta situación tan, aparentemente, contraproducente. Y eso es algo que me propongo contar en las siguientes líneas.

Corría el año 2010, yo cursaba el noveno ciclo de Derecho en alguna universidad de renombre de la cuidad y pues ahí la conocí. Llevábamos Derecho Tributario III, yo por primera vez, y ella, por segunda o quizá tercera vez. Las amistades fluyeron y fue así como emprendimos un noviazgo calenturiento y encaminado a los excesos - siempre los dos, disfrazados de ovejas blancas del rebaño - que luego pasó a ser una relación un tanto menos exaltada y desenfrenada.

Tiempo antes de conocerla, en ese curso de satanás, Katrina había sido, expresamente, y sin obviar la parte legal, borrada de la lista de herederos de su abuelo materno por pedido de su madre, quién había observado en ella a un borrego camino al matadero de la vida. La señoras Montes, quien, con amplísima sabiduría de vieja estirada, no había sabido cómo criar a niña tan caprichosa, no tuvo mejor idea que amenazarla con dejarla en la completa ruina si no le ponía dos centavos de orden a su vida. Al principio resultó ser una mala idea y Katrina, más allá de comprender que todo se estaba yendo al carajo en su vida y que esto seguiría así si ella no cambiaba, decidió emprender una encarnada guerra contra sus padres, quienes aún, desde luego, la acogían en casa. Pero luego, esta afrenta sería vista como el motor de un aparente cambio.

En esta parte de la historia aparece este humilde servidor: el noviazgo fogozo y desenfrenado para luego pasar a ser uno lento, pasivo, tranquilito y bien apaciguado. La vida de excesos no es lo mío así que lo alocado no duró mucho gracias a mi esfuerzo. Prontó pensé lo mismo que la madre de Katrina: "Esta desgraciada se está yendo de cara a la vida derrochadora y englobada en el dinero de ajeno". Tomandas mis cartas en el asunto y con toda la buena intención del mundo de mi parte, mi accionar tuvo efecto en ella y al parecer, mis métodos eran más efectivos que los hostiles métodos de sus padres y, finalmente, Katrina decidió portarse como niña buena. Se compró varios dólares de orden y se encaminó en el camino de la responsabilidad.

Sus padres, desde luego, quedaron encantados por el logro que yo, aparentemente, había logrado. Y fue así como me convertí en el engreído de la familia. Por supuesto, mis intenciones de hacerle notar a ella que no estaba haciendo las cosas de la mejor manera no estaban acompañadas de ningún motor malicioso ni mucho menos. Las cosas tomaron un curso por menos excepcional, Katrina fue integrada, nuevamente y por orden de su madre —quien a estas alturas ya era la mandamás del condado puesto que su padre no era más que un papanatas sacolargo y babosón que le decía sí en todo a su esposa porque creo que era un... buen tipo—, a la listas de los documentos que acreditaban su "regeneración" y le daban derecho a una cuantiosa, jugosa, enloquecedora, parte de la fortuna de su abuelo que, a decir verdad, ya estaba más allá que acá. Este mérito logrado por mí no sería sino también recompensado, siendo mi nombre puesto en la ampulosa lista de los deseos. El plan fue bien simple: me hago al avergonzado, al que no era para tanto, al que no desea estar ahí, los endulzo con la cortesía del bufón de castillo que manejo bien y listo, mi sillón estaba acomodado.

No había, sin embargo, advertido, que esto sería una atadura casi tan engorrosa como un matrimonio consumado por el mismísimo Jesús santo hijo de Dios y amante encubierto de la bienaventurada María Magdalena, amén. El hecho era que, en cierto modo, yo había sido el elegido por la familia para estar, el resto de mi vida, en deuda con ellos por figurar en la lista de ganadores y; Katrina, del mismo modo, y aunque pareciese que sus padres (de hecho solo su madre) le habían otorgado su confianza, esto no era así y pues existía un pacto bajo la mesa, con dinero de por medio que ella y yo percibíamos mensualmente, que consignaba nuestra unión como seguro de que ella no se decarrilaría y yo sería su ancla a tierra firme como ya lo había demostrado ser todo este tiempo.

Al tiempo confirmé este pacto con el cotilleo de las tías entrometidas, las cuales tenía encantadas, que me alcanzaron ciertos pasajes de las conversaciones madre-hija. Katrina había sido, sutilmente, advertida de las consecuencias de hacerme alguna jugarreta que motivara mi alejamiento. Pues, su madre, como toda una de estas conservadoras del antiguo Lima ya la había "amarrado" por todos los días de su existencia y hasta el mismísimo día del juicio final, a mí.

Es así como llegué, llegamos, ella y yo, a una situación en donde, evitamos a toda costa perder el benefacto monetario por parte de su madre. Fue así como, llegada la relación a su ocaso que anunciaba el fin del chiste, montamos la clase magistral de actuación con la que Pablo Saldarriaga sueña cada noche. Mantenemos hasta hoy la imagen de pareja perfecta que mensualmente recibe sus beneficios monetarios, que semanalmente lleva los enseres para el almuerzo dominguero, en donde las preguntas sobre matrimonio no hacen esperar y son sagazmente esquivadas cual ladrón de cuatro esquinas que esquiva transeúntes y hombre de la ley por nosotros, como si nos leyeramos las mentes, mentes maliciosas en busca de dinero que trabajan para el mismo fin. 

Al fin y al cabo lo que queda es esperar el hecho que nos libere de este show, de esta patraña benefactora de la codicia que llevamos en hombros. Nuestros cálculos han sido erróneos hasta el momento, Katrina y yo, seguimos en el show de la pareja perfecta por tiempo indeterminado ya que cada vez que el abuelo está por dar el salto, por dar el pasito, llega Jesús, todos sus santos, el mejor médico de Estadosunidoslandia a darle más tiempo con nosotros y esa herencia no se reparte a la parejita feliz, la que, en los 3 primeros segundos de el sensible fallecimiento del vejestorio, se separará de la forma más absurda y se irá, cada quien y sin hijo ni matrimonio de por medio, con un buen pan bajo el brazo.

lunes, 27 de octubre de 2014

Replanté, y no un arbolito.

El primer evento que tuve la mala suerte de vivir fue un 27 de agosto. Eran alrededor de las 11 am y estaba en mitad de Paseo de la República cuando sucedió. La cosa fue simple, un estruendo en mi pecho, un zumbido en mis oídos y de pronto mi mejilla tibia en el pavimento helado en medio de autos ruidosos y personas apresuradas. Esto cambió muchas cosas en mi vida, quiero decir, me hizo ver que las cosas que había estado haciendo las hacía para otros y no para mí. Siempre trataba de hacer feliz a los demás sin darme cuenta de que primero era lo que yo deseaba y si esto no ocurría así pues qué lástima pero adiós.

Recuerdo abrí mis ojos en un lugar de paredes blancas y me sentía extraño. Fue un 29 de agosto, me hice la pregunta cliché si me había muerto, en cuyo caso estaría realmente jodido porque estaba, evidentemente, en las puertas del paraíso y sería inevitablemente juzgado por San Pedro, un barbón de metro ochenta que antes era pescador y ahora se gana los frijoles dándosela de Ana María Polo, y dado mi historial de herejía y blasfemia, sería enviado directo al infierno. Desde ese lado del camino el arrepentimiento y la búsqueda de la redención no se veía tan absurda. No puedo negar que yo me catalogaría como esa clase de ateo que desearía con toda su alma que Dios y todo el circo del cielo existiese. ¿Quién no quisiera vivir para siempre siendo feliz en el cielo luego de hacer el bien aquí en la tierra? ¿Quién no quisiera que los seres queridos les dure toda una eternidad? ¿Quién no quisiera conocer lo que mañana, al dia siguiente de su partida al otro mundo, ocurra? He de aceptar que desearía que Dios exista pero lamentablemente no creo en él. No creo que exista y, de un modo u otro, aunque él existiese, ya estoy bien jodido porque Dios perdona todo mientras el culpable se arrepienta, menos la herejía. "Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada." (Mateo 12:31).

Cardiopatía congénita, era yo el primero de la familia, un pionero, el aventurero, el que siempre quería estar adelante y las únicas cosas que se llevaba primero eran las enfermedades al corazón. Doctor, ¿las penas del corazón también me pueden causar una cardiopatía? Pregunté con tono sincero que fue entendido como irónico y aunque ya sabía la respuesta quizás debía hacerse algún estudio que demostrara lo contrario. Ya saben "the luck I've had can make a good man turn back". Buen humor, diagnosticó el doctor como reporte del casi muerto. 

Desde aquel día muchas cosas cambiaron y habrá quienes no lo entiendan y no sepan el porqué de ese cambio. Me gusta la hora de mis dulces. He aprendido a tomar 20 pastillas en un solo sorbo de agua. El doctor dijo que esos caramelos que debía ingerir serían una patada al hígado y es aquí en donde agradezco haber llevado la fiesta en paz con mis entrañas, las adoro, ya quisiera algún humano normal, común y silvestre tomar 20 pastillas a cada rato y solo tener una primera y última crisis hepática que duró apenas dos días y luego seguir con un hígado valiente, hidalgo, avezado, y listo para la acción como el mío que lo ha demostrado en todo momento.

Cambié varias cosas desde aquel día, me replanteé muchas y para mi pesar abandoné otras. Quizás sin este pequeño malentendido cardíaco seguiría intentando llegar al sol aunque mis alas se vuelvan a quemar. Seguiría pensando que no hay otro modo, otra forma, y que los esfuerzos de mis ambiciosos planes, tarde o temprano y para bien o para mal, me llevarían, maltrecho, asfixiado y agotado al tan ansiado, glorioso y quimérico premio.


martes, 9 de septiembre de 2014

Camila.

Siete de la mañana, entre sobresaltos y empujones había logrado subir al transporte público que lejos está de descripciones quiméricas, mi santo favorito: San Carmelio de Huaya no sé qué cosa, SAC. Para la mayoría de personas esa hora es temprano, para mí y mi viaje de 90 minutos, no.
Mi querido profesor de Teoría Monetaria Internacional, quien es un pan de dios, solo tenía la paciencia de esperar cinco minutos de tardanza antes de convertirse en un ser maligno y sin alma y luego de eso se embarcaba en una clase maestra no de Teoría Monetaria Internacional dirigida a los estudiantes quienes habían llegado a esa "prestigiosa" casa de estudios venciendo un monstruoso examen de admisión sino en una clase maestra de "cómo no ceder antes las miradas afligidas y llenas de falso arrepentimiento que buscan ser absueltos de su condena y piden con muecas extrañas entrar media hora tarde al aula" dirigida a los demás catedráticos quienes no daban importancia a este asunto.
Ya había previsto que no ingresaría a clase ni aunque le vendiera mi alma al mismísimo satanás, ya sabía que terminaría sentadito y bien calladito en las bancas de los pasillos de la facultad y así fue. Se me ocurrió tocar la puerta, tres toques asesinos que interrumpirían su clase y me comprarían su rencor hasta el final de los tiempos.

Buen día, Señor Ponce, ¿lo puedo ayudar en algo? — dijo abriendo ligeramente la puerta.

Ponce de León, es así, completo.

Como sea, buen día, ¿qué desea? — un cordero del señor el muy miserable.

Buen día, Profesor Cisneros, disculpe por llegar tarde, ¿podría pasar? — era extraño que abriera la puerta, algo tramaba.

Mmmmh... Me temo que eso será un problema. — dijo con una tenue sonrisa maliciosa y burlona — ¿tiene usted idea de la hora que es?

Oh, disculpe usted, permítame revisar en mi reloj... ocho de la mañana con 37 minutos. — respondí con sarcasmo.

Exacto, es ya muy tarde, ¿por qué cree usted que debería pasar a pesar de llegar tarde?

En serio, profesor, tuve un problema en el camino.

¡Un problema!, ¡qué terrible!, por favor, podría contarnos lo que viene a ser su muy seguramente bien elaborada historia, quizás alguien aquí le crea y se apiade de usted — para esto él infeliz ya había abierto la puerta del aula en su total capacidad y exclamado llamando la atención de los estudiantes.

Profesor...

Disculpe usted, señor Ponce, necesito dictar mi clase, quizás en la próxima oportunidad pueda no infortunar con su tardanza, ya conoce las reglas, que tenga buen día. — finalizó y cerró la puerta.

Su puta madre tendrá buen día, infeliz— dije como si él siguiera en la chamorra, para mi suerte, las aulas aíslan el sonido.


Luego de esta divertida conversación no tenía otra opción más que esperar las tres horas de aquella clase afuera y, con algo de suerte, abordar a algún desprevenido para que me preste sus apuntes, mujer, de preferencia, ellas tienen el don de los apuntes de clases, y si algún chico tiene el don pues no estaría bien pensar que es una linda mariposa del campo pero yo lo hago. Me puse los audífonos a ver si, de milagro, mi playlist soltaba algún buen tema para el momento y simplemente me senté con cara de "yo no sé nada, el profe no quiere abrir" y me empecé el bello arte de marmotear en la universidad. Luego de un rato me propuse a leer algunos apuntes, a aprovechar el tiempo, a no ser una marmota más y buscando algún apunte entre toda la maraña de apuntes que posee mi mochilita marrón encontré un pequeño cuento, uno que quedo incompleto, uno que no terminé porque, como cada cierto tiempo, me quedo totalmente frío y mi mente no puede escribir nada. Me dispuse a continuarla con cero inspiración, mataría el rato, escribiría y mataría una historia por simple aburrimiento.


¿Haciendo la tarea a último momento? — apareció una voz a la que no tuve la cortesía de dirijgir la mirada.

Esto es la universidad, acá no hay tareas, eso es muy de escolar.

Tienes razón, entonces: ¿Haciendo monografías a último momento?

Bueno fuera que las hiciera a último moment...


Finalmente alcé la mirada y ¡PUM!, en mi sucia vida había visto chica más adorable, o quizás sí, pero hacía mucho que no lo hacía. Se notó mi impresión, mi embeleso, ella lo notó, me quedé cojudo como por dos segundos y luego recuperé la seriedad y la serenidad.

...to, último momento. 

Entonces, ¿qué escribes?, ¿puedo preguntar?

Escribo, un cuento, creo, no sé, no estoy seguro.

¿Escribes? No tienes pinta de persona que escribe.

Se les dice escritores. — Le dije con una sonrisa para suavizar mi tono burlesco.

No, no eres un escritor, eso no lo decides tú, creo que eres... a lo mucho un escribidor. — puso seriedad al asunto.

¿Insinúas que mis cuentos son malos? — fingí enfado.

No necesariamente. ¿De qué habla es tu cuento? — volviendo a ella esa aura de encanto.

Es una pequeña historia que narra las vivencias de alguien en la propiedad de su abuelo.

¡Aburrido!, ¿pasa algo extraordinario?, ¿encuentra oro o algo así?

Claro que no, ese alguien tuvo una niñez tranquila. — sonreí ante su ocurrencia, ocurrencia que me parecía difícil de hallar. 

Seguro que hablas de ti, ¿cierto? 

Espera, a todo esto... ¿cómo te llamas? No puedo seguir contándote sobre algo tan importante sin saber tu nombre.

Emm... ¡es cierto!, Camila. ¿Tú?

Luciano.

Muy bien, Luciano y dime: ¿eres tú el del cuento?

Jamás lo sabrás, me gusta el beneficio de la duda.


Se paró repentinamente del asiento, su cabello rizado saltó con ella, repartió su aroma en el lugar y caminó algunos pasos, y luego de unos segundos volteó.

¿No vendrás?

Em... ¿A donde exactamente?, Camila.

No lo sé. Solo ven, ¿no estarás pensando quedarte en este pasillo frío y desperdiciar el sol de la mañana?

La verdad es que soy medio vampir...

¡Apúrese, Luciano!

Me levanté, la seguí, ella cada segundo más adorable que el anterior, yo cada segundo más extrañado que el anterior, salimos del edificio y el sol tibio arrulló mi rostro. Ella se detuvo, una brisa movió sus rizos a los que ya me estaba habituando me miró, miró hacia su derecha y luego hacia su izquierda, levantó un brazo señalando a una banca en medio de los árboles que ofrece la ciudad universitaria cual niña en medio del parque y dijo: "allá", caminamos hasta aquel lugar y lo demás... lo demás es historia.









miércoles, 13 de agosto de 2014

Aquí todos nos cuidamos, aquí todos nos queremos.

¿Milagros médicos? En mis 16 años de carrera solo pude advertir de uno, solo uno; y ni siquiera estoy seguro de que haya sido un milagro. Creo que fue, más bien, una singularidad médica. Las singularidades médicas no son milagros sino partes obscuras que nosotros, los buenos samaritanos curalotodo no podemos ver llegar, no prevemos y que, simplemente, hacemos que no pasó nada ahí.

Recuerdo hace como cinco o seis años a una pareja de esposos que llegó al hospital, ella con cefalea y él con un temor por la salud resquebrajada de su mujer. Tenía, según ella, un persistente dolor de cabeza y mareos. Se le administró aspirina. Pronto tuvo que asignarle una cama y estuvo bajo observación. El hombre dijo que estaba muy preocupado y ese tipo de cosas, decía cosas que no recuerdo que eran irrelevantes para el caso pero mencionó, en algún punto de su exuberante declaración, la palabra "cigarro". En es historial médico nada fuera de lo normal, algunas gripes, una intoxicación y algunas otras cosas menores. El esposo relató que ella había experimentado, recientemente, frecuentes síncopes siempre precedidos por dolores de cabeza, esto fue lo que lo llevó a traerla de emergencia. Efectivamente era fumadora y lo pude notar por su decolorada dentadura, cabello reseco, piel algo pálida, lo de siempre. Se ordenó exámenes de sangre y orina, y se ordenó una angiografía cerebral y luego de que las imágenes fueran analizadas por un equipo se llegó a lo peor: tumor maligno, en otras palabras, cáncer cerebral no metatástico, este es el "chico malo" de los cánceres, la gran mayoría son no operables y mucho peor aquí en nuestro lindo Perú que hasta un carnicero hace mejores cortes y tienes manos más firmes que los cirujanos que envía el estado, pero bueno: este, por suerte, sí era operable aunque antes debíamos aplicar la incomprendida y odiada radioterapia.

Me tocó informárselo al esposo y aunque había salida este casi se muere, poco gallardo de un esposo, no quiero parecer malo —aunque lo soy— pero "pusilánime" me pareció la palabra correcta. Hay quienes viven una vida normal, sin grandes apuros, en la rutina, en su trabajo, con sus hijos, pareja, los domingo familiares, alguna que otra salida dejando a los niños con la abuela, haciendo las cosas bien, sin hacer daño a nadie y de pronto viene uno de nosotros, los galenos, los hombres de la salud, los de blanco y les da una noticia desastrosa, una patada al hígado de su alegría, unas cuantas palabras que, en el orden correcto, cambian vidas. Cambiamos vidas y luego, si podemos, las salvamos.

El hombre pronto nos dijo que no era posible y nos dijo que podría ser otra cosa, que él tenía mucha fe y Dios no dejaría que eso pase y bla bla bla, como siempre, su fe lo tenía en vilo, sin creer lo que le decíamos. Un "¡Vamos!, señor, si no iba a creer lo que le decimos entonces debió llevar a su mujer a una iglesia y no aquí." se me escapó en un momento y acepto que un profesional con ética todo ese rollo debe ser respetuoso con su paciente pero esto parece que funcionó, aún así el hombre decidió irse en busca, supongo yo, de ayuda divina.

Días después, Rosita, la recepcionista, —quien en realidad no se llamaba Rosita pero todos le decíamos así porque ella era un de esas personas "privilegiadas" con padres muy creativos, sin miedo a decirlo, un nombre terrible, Candelaria, así que mejor todos y ella misma nos ahorrábamos las penas y, por acuerdo mutuo, decidimos llamarla Rosita— me informó que la mujer del cáncer había sido trasladada al clínica Maison de Santé y que el esposo regresó en la tarde "muy indignado" y no perdió la oportunidad de quitarse en manto de pusilánime y acusarnos de ser unos médicos de cartón, no ser profesionales y de ser unos incompetentes médicos que, según Rosita en estas mismas letras, ni siquiera se saben limpiar el moco. Bueno, la verdad es que estaba en la cierto, excepto en la parte de que unos incompetentes, acá nadie compite con nadie, acá todos somos hermanitos y nos ayudamos los unos a los otros para que no se nos vaya al otro mundo ningún paciente y si se va, nos ayudamos para que todos salgamos bien librados y sigamos haciendo lo nuestro, con suerte, curar enfermos. Lo que resultó ocurriendo es que alguien, al parecer un médico amigo de la familia, tuvo acceso a las imágenes y al parecer recomendó que hagamos una resonancia mágnetica, lo que el distinguido señor no sabe es que el hospital no tiene esa tecnología del nuevo milenio ya que dependemos del estado y no se pudo realizar, una pena.

Lo que ocurrió finalmente fue que susodicha paciente en realidad —y esta es una algo muy gracioso e inesperado— no tenía un cáncer incurable sino un lindo aneurisma, una obstrucción maliciosa que, ante los ojos del somnoliento equipo de doctores que vio las imágenes se disfrazó, muy hábilmente de algo que no era, como mucho de nosotros, pero eso es otro tema y no viene al caso. Luego de que la mujer fuera operada exitosamente, gracias a Mahoma, el esposo, envalentonado por haber vencido a la muerte prismática y falseada que nosotros le habíamos presentado nos amenazó con demandar a todo el hospital por casi aplicar tratamiento radiológico, y dar un diagnóstico errado.

El fin de esta historia es preguntarnos si los milagros existen, pues, yo, señores, creo que sí, pienso que a veces las cosas pueden cambiar aunque el marcado no esté a favor. ¿Saben? Fue todo y cada una de sus letras ¡un milagro médico! que no nos expulsen de un puntapié en el trasero a nosotros por tener un diagnóstico tan penoso y erróneo.  Bueno, al fin y al cabo en nuestro querido Hospital Alberto Sabogal Sologuren todos somos una linda familia, aquí todos nos cuidamos, todos nos queremos y si alguien la embarra, se equivoca, hace un diagnóstico erróneo, olvida un instrumento quirúrgico en las entrañas de algún paciente durante una colectomía, corta una pierna que no es, cambia los recién nacidos porque no se quiso perder su programa de espectáculos de las 9am o si se le escapa un paciente hacia el otro mundo, nunca faltará un director de la casa que dirá: "Errar es humano, perdonar es divino y a cualquiera le pasa".








sábado, 21 de junio de 2014

El gato Pardo.

El gato Pardo vivía en una quinta Victoriana allá por los 1860 en los albores del Perú independiente. Era muy viejo y tenía un maltrecho aspecto, era lento y parecía muy inteligente, era de color marrón claro y tenía un ojo verde y el otro, extrañamente, azul. Este, siempre posado sobre la gruta construida varios años atrás de San Martín de Porres, observaba con marcada misantropía a todos los integrantes de esta quinta, como si los controlara, como si los supervisara.

Nadie era el dueño de gato Pardo, tampoco nadie sabía de dónde había venido y nadie sabía si Pardo era su nombre o se lo llamaba así porque era, propiamente dicho, pardo. El gato Pardo recibía sus viandas de la caridad de los humildes habitantes de la quinta y, durante la noche, este nunca estaba sobre el lugar habitual. Tampoco se le había visto dormir ni maullar, parecía parte de la gruta, sosegado sobre la roca húmeda y verdosa del sacrosanto rincón.

Había una extraña mujer que cada cierto tiempo venía a visitarlo, lo miraba, lo acariciaba, y luego, así como aparecía, desaparecía. Tampoco nadie sabía quién era ella y a nadie le importaba, los esfuerzos de las personas estaba en comer y trabajar.

Cierto día, al anochecer, se oyó un maullido doloso, de dolor, corto y seco. Por supuesto, nadie se tomó la molestia de salir qué había ocurrido, nadie se preocupó por un gato. A la mañana siguiente, al salir de la quinta, los habitantes, sorprendidos, encontraron al gato Pardo muerto y frío sobre los mosaicos rústicos del la calle recorrida por viejas y escandalosas carrozas. 

Fue entonces que se decidió enterrarlo, él, como integrante del lugar, se había ganado un lugar en el misero corazón de cada uno de los habitantes que a pesar de su notoria indiferencia lo habían tenido presente. Un joven se dispuso a cavar un pequeño agujero y ahí se lo dejó para que pasé al otro mundo. La historia habría quedado ahí si es que algo extraño no hubiera pasado.

Al día siguiente del defectuoso sepelio, y entre el asombro de todos, durante la mañana húmeda y encima de la gruta, el gato Pardo había amanecido, posado, tranquilo, ensimismado y apacible sobre la imagen del santo. Parece que nadie quiso saber lo ocurrido, nadie se lo preguntó, nadie decidió indagar y de eso no se volvió a hablar. Solo una persona trató de saber qué ocurrió, no había duda de que era el gato Pardo pero ¿cómo este había logrado sobrevivir, o mejor dicho, revivir?

Al atardecer, esta persona, en su desesperado intento por la verdad, por el secreto que el viejo felino ocultaba, lo tomó con gran delicadeza y al rodear sus manos entre su gollete, lo apretó y de un modo seco, acabó y apagó la vida del misterioso animal. Lo envolvió en un costalillo de arroz y lo enterró lejos.

Esto fue inútil ya que el gato apareció, una y otra vez ante cada vehemente intento de asesinato. No importa lo que él hiciera, cada vez el gato Pardo retornaba y aparecía ahí, sin recelos, sin rencores, sin miedo a su agresor. 

Es graciosa la razón por la cual les cuento esto, hace unas noches, mientras veía la insípida televisión, el gato Pardo entró por mi ventana, me vino a visitar, se posó sobre la cola del viejo aparato y desde ahí me observo. ¡Oh!, viejo amigo, has venido a verme, mucho tiempo ha pasado desde la última vez y ya te había extrañado. ¿Cómo sé que es el gato Pardo? Simple: los ojos de la víctima y sus secretos revelados durante la noche enloquecida son imborrables ante la mente de fiel y eterno ejecutor.




miércoles, 23 de abril de 2014

Flotando en el aire.

Recuerdo que era una noche de verano, de esas que uno añora con ganas durante el invierno. Estaba con Nadia y mis niños regresando de una reunión familiar. Llegamos a la casa y bajé del auto como ya es costumbre a abrirle la puerta a Nadia, no puedo negarlo, era todo un caballero a pesar del tiempo que habíamos estado juntos Nadia y yo.
Era una bonita noche y corrían las dos de la madrugada; los niños estaban profundamente dormidos. No se les puede pedir mucho a niños tan pequeños y mimados. No pasaban de las 12m y menos sin una dosis de bienaventurado chocolate.
Me acerqué a abrir la puerta pero algo andaba mal. La cerradura había sido forzada y adentro todo estaba muy obscuro. Le dije a Nadia que llame a la policía. Entré a ver qué sucedía y no logre ver a nadie. Revisé en mi habitación, mis pertenecías más valiosas, las joyas de mi esposa y, extrañamente el álbum familiar. Las dos primeras no estaban, se las habían llevado.
Nadia entró y llegó hasta mí. Me dijo que revisaría el baño, le dije que por supuesto que no. Le dije que debíamos salir todos porque podía ser peligroso pero fue muy tarde. Un tipo vino desde la cocina, tomo a Nadia y le apuntó con el arma y mientras todo pasaba aparecía otro tipo de la obscuridad y me apuntó a mí.
Todo salió mal aquella noche, y todo fue mi culpa. Creí poder controlar la situación pero no fue así y recibí un disparo en el abdomen al intentar arrebatarle el arma a uno de esos hombres. Recuerdo estar tirado en el piso y mientras mi vista se nublaba veía cómo aquellos hombres corrían con el botín empujando a Nadia. Me sentí impotente de no poder correr tras ellos y darle lo que se merecían, me sentí impotente de no poder darle tranquilidad a Nadia mientras ella trataba de reanimarme, de despertarme, mientras llamaba a por teléfono a una ambulancia.
Pasaron varios minutos antes de que lleguen las ambulancias pero yo ya no estaba, yo ya me había levantado del suelo y miraba toda la lúgubre escena. Lo comprendí de inmediato, yo estaba a un lado de la habitación y Nadia solo podía ver mi cuerpo que yacía inerte en el frío suelo. Yo solo podía ver como la vida se apartaba de mi cuerpo y daba paso a la muerte fría que solo influye sobre lo físico mas no sobre el alma.
Vi que ella lloraba y mis niños aún seguían dormidos en el auto sin saber que yo había dejado de acompañarlos. Vi que llegaron las ambulancias a mirar mi cuerpo frío y quieto sobre el suelo. Vi que apartaron a Nadia del lugar donde se me escapó la vida de las manos mientras ella miraba sin consuelo cómo los paramédicos trataban de devolverme a mi cuerpo pero no funcionó, yo me quedé ahí, flotando en el aire.
La casa fue vendida y no sé a dónde fue mi familia, los mitos eran ciertos, yo no podía alejarme de mi antigua casa, no podía irme de ahí. A veces suelo ir al parque de al lado de mi hogar y sentarme a ver a los hijos de mis vecinos jugar. A veces suelo regresar e ingresar a mi antigua habitación, justo donde fallecí, y echarme exactamente en el mismo lugar donde mi cuerpo y yo nos separamos a pensar qué hice mal. A pensar por qué cosas como estas suelen suceder. A pensar por qué esto me pasó a mí. 


lunes, 14 de abril de 2014

El tipo de la casa apacible.

Ahora que lo pienso, ya sé lo que quiero, quiero dinero, quiero poder. Quiero dinero para tener poder, el dinero da poder, todo depende de cuan inescrupuloso quieres ser, de cuan frío y calculador puedes ser, de cuanta maldad puedes manejar y contener.
Quiero ser poderoso para hacer lo que me plazca, lo que se me antoje, quiero ser el tipo que está detrás de todo moviendo los medios y acorralando políticos, quiero ser el Gustavo Parker de "La lluvia del tiempo", quiero ser ese Gustavo que le podía a decir al presidente del Perú "estás jodido, por borracho, coquero y pajaroloco". Quizás sea un idea pasajera, quizás se me subieron los humos a la cabeza, quizás ahora me siento algo atado y por eso deseo poder.
Pero, ¿cómo logro poder? o mejor dicho ¿cómo logro dinero que, a la larga, me de poder? Pues solo veo un medio, el sucio, el peruano, el vivaraz, el criollo. Me meto a hacer cosas sucias en la bolsa y termino como Belfort, pero termino libre, salgo del charco en el momento preciso y no me lleno de nada raro la nariz.
Luego se me pasa y sueño con una vida apacible. Sueño con una casa en mi distrito favorito: Jesús María, de lejos, el mejor distrito de esta convulsionada y apresurada ciudad con caminatas incluidas al parque El Olivar. Yo, mi casa en perfecto orden, luces amarillas y tenues, con algo de suerte una chimenea, mi playlist sonando en una tarde fresca mientras sigo bajo de las bendiciones de mis modorrientos columnistas favoritos. Quizás unos canarios que quizás no duren ni una semana porque los dejaría ser libres ante su canto desesperado y un jardín con un árbol donde me pueda trepar y recordar el árbol que perdí hace unos años, años de los buenos, en donde ser feliz era obligación. Periódicos, películas piratas, libros cortos y de líneas ligeras, música, y mis montones de papeles de escritor de media casta, cientos de cuentos que no verán la luz quizás porque sean muy malos y me avergüencen o porque sean muy buenos y no merezcan ser leídos por cualquier fulanito  y mi infaltable refrigeradora llena de comida. La vida apacible, la vida del incógnito sin preocupaciones, sin niños a los que deba entregar parte de mi tiempo porque si algo me aterra es tener que dedicar mi tiempo a un mocosos producto de un "descuido". Soy un cobarde y a duras penas puedo mantener en orden mi vida así que la de un niño a mis espaldas terminaría por destruirme.
Luego me viene la idea del poder otra vez. La idea de tener 50 hijos y que todos sean felices con los montones de dinero que les pueda ofrecer y las casas productos del dinero mal habido que les puedo otorgar. No lo sé. Yo anhelo la segunda. Una casa apacible, periódicos y papeles a montores, luces amarillas y tenues y tardes frescas. No quiero ser Gustavo, no quiero ser Belfort, no quiero decirle cosas feas a políticos ni amenazar a los medios. No quiero ser temindo, quiero ser un buen tipo, quiero que todos me vean como el buen tipo de la casa apacible, el de los periódicos en su jardín y música tranquila y calmante. Ser poderoso y adinerado es una tontería, quiero sentarme en mi tibio sofá luego de un productivo día de trabajo a ser yo y solo yo.
Luego me doy cuenta de que todo eso está en mi cabeza y que no sé qué pasará mañana, me doy cuenta que nadie sabe lo que vendrá y que nadie puede planear nada con total seguridad. A veces pienso que Sartre y su existencialismo son la mera verdad y luego se me da por dejarme llevar por la corriente. Luego pienso que no debería ser tan iluso, que la vida apacible no es para mí, que debería tener todo el poder que desee y luego debería agarrar de las pelotas a medio mundo. Luego suena Tu verano es mi invierno y me enamoro de la vida apacible, de los sonidos sublimes de esa canción, de lo hermoso que son algunos distritos de la ciudad y que hay tanto por ver y tanto por conocer que el dinero lo podría usar para la fogata  que con suerte cabría en mi casita y para conseguir comida, periódicos y todas esas cosa simples de la vida que me hacen feliz.




domingo, 30 de marzo de 2014

Querendón, amable y bonachón.

Era de noche y María Elena estaba dormida cuando sucedió; con ocho meses y medio el mocoso ya quería venir a este mundo. Los dolores empezaron y María Elena  no se acobardó ni se amilanó; tomó su cartera, tomó sus llaves y salió a su suerte a la calle pero con el ímpetu y la agallas de un mismísimo soldado espartano en medio de la batalla.
Salió a la calle; eran de madrugada, de madrugada este mocoso malcriado quería nacer. Caminó con calma hacia la avenida que se encontraba casi desolada; pero dicen que los milagros existen y contra todo pronóstico un patrullero de la tan mal vista Policía Nacional del Perú apareció.

—Gómez, ¿y esa mujer?

—No lo sé jefe, me voy a parar.

—Señora, ¿qué pasa?, ¿necesita ayuda? —exclamó el capitán Cáceres.

—Se viene mi hijo. Se viene mi hijo —respondió María Elena con premura.

—¡Suba!, ¡suba!, señora —dijo Cáceres.


Y por primera vez en mi vida me sentí orgulloso de la Policía, qué labor tan noble, no los pueden reprimir por cobrar una coimita de vez en cuando, o de andar mareaditos en sus patrulleros. Cualquier día por andar persiguiendo malhechores les cae un disparo y ¡zaz!, se les escurre la vida de las manos, se van quedando sin fuerzas y se van desvaneciendo en el frío asfalto de la calle desafortunada. 

—Jefe, y... ¿a dónde vamos? —dijo Gómez.

—¡A la maternidad pues! ¡A la maternidad de Lima! ¡Avance!, ¡arranca!


María Elena era una mujer de armas tomar y no iba a permitir que ese mocoso malcriado, prepotente, inoportuno, y precoz llegue a la vida en una patrulla de la honorable Policía Nacional del Perú.
Eran tiempo difíciles en el Perú y el rimbombante nuevo plan de potenciación de la policía aún no había llegado a estos dos audaces efectivos por lo que, como nadie se esperaba, el motorcito bullicioso y petroleró murió.

—¡Putamare!, ¡se apagó el motor! —proclamó Gómez con angustia.

—Más respeto Gómez. ¡Más respeto con la señora carajo! 

—Voy a llamar por radio, mi comandante.

—¡Qué radio ni nada! ¡Bájese y pare un taxi! ¡Apúrese! No se preocupe señora; le doy mi palabra de que todo va a salir bien.


No importa cuán espartano seas, un parto es un parto, y esto le estaba pasando factura a María Elena quien ya empezaba a asustarse porque el tiempo pasaba y la vida no podía estar, aparentemente, más en su contra.

—Dígame, jefecito. ¿En qué le puedo servir?

—Tenemos una emergencia y no hay patrulla. Hay que llevar a una señora a la maternidad porque se viene su hijo. 

—¡Gómez!

—¡Sí mi capitán!, que venga la señora.


María Elena se paró, se quejó, se subió al asiento de atrás y miró al taxista con desconfianza, agarró con ganas sus pertenencias y, al parecer, se resignó de su suerte. Esto lo notó Cáceres y como buen oficial no lo ignoró.

—Gómez, acompañe a la señora y al señor hasta la maternidad. No se va hasta que nazca el chibolo. Yo me quedo con la patrulla. ¡Apúrese, señor!

—¡A sus órdenes mi capitán! —En unísono el taxista y Gómez.


Y esta fue la segunda vez en mi vida que me sentí orgulloso de la Policía. Pero al lado de María Elena los dos agentes eran un par de pusilánimes cobardes y facilistas. Ella había sido paciente público de tal espectáculo de mala suerte y cosas del destino. Pero desde ya María Elena le daba a entender a este mocoso malcriado que él haría lo que ella dijera y no lo que él quisiera hacer y así el niño lo entendió.
Un taxista, un agente de la Policía, un niño caprichoso que aún no nacía y María Elena juntos viajando raudamente por la vías húmedas, gloriosas, malaventuradas de la cuidad y luego de algunas y otras vicisitudes que en esta historia no contaré todos llegaron a la Maternidad de Lima. 
La recibieron en camilla enfermeros y enfermeras listos para la acción —no puedo negar que uno que otro parecía poco sobrio por el efecto secundario de las tazas de café propias de los nuevos que quedan de guardia durante las noches hospitalarias  y luego de una laboriosa, gloriosa y larga jornada; un sábado siete del mes de Otubre del año 1995 nació un suertudo, robusto, saludable, querendón, amable, bonachón, buena gente, iluso, gracioso y muy buen mozo muchacho llamado, hoy en día, Valentino. Gracias, totales.