Esa mañana, aunque la idea no me agradaba mucho, mis expectativas eran altas. No por la compañía: mala, por cierto (un amigo y dos enemigos), sino por el lugar. Algo me decía que el lugar sería, como mínimo, novedoso. Días antes, Samantha, quien en sus momentos más neuróticos había hecho sollozar a uno de nosotros con sus muy intensas reprimendas, había decidido que sería una buena idea un lonche de integración navideña: "La Chocolata de Samantha", me da mucho gusto y gracia llamarle así. Era como una especia de tregua entre los cuatro, un ritual de paz, un disimulo para que no se le note tanto lo que para todos era obvio: su profundo desprecio por nosotros. Luego de tan difícil año, era menester esta pequeña celebración. No dudo que para ella lo fue, tuvo cuatro renuncias desde enero hasta ese día, pero para nosotros, vulnerables a sus momentos de ira y desdén y sus verdaderos reales pues habíamos llegado al fin de año sin salir espantados de ese trabajo, lo fue aún más.
Iremos al tea time, en Beethoven — me dijo —. Asentí con la cabeza como si ya conociera el lugar, no quería desvelar que, en mis mejores momentos, mis momentos más finos y elegantes, yo soy más de ir María Almenara y similares. Creo que son el balance correcto entre lugar agradable a la vista y el bolsillo. Dado que este nuevo lugar quedaba en San Isidro, y conociendo los gustos "refinados" de Samantha, podía intuir un lugar medianamente elegante.
Me puse mis mejores ropas, o quizá mis segundas mejores ropas, las primeras las tengo bien reservadas para una ocasión especial que, para ser honesto, me hace mucha ilusión, pero algo me dice que esta ocasión ya no llegará. La jornada en la oficina transcurrió con tranquilidad, ese día Samantha no podía darnos una paliza laboral/espiritual/emocional porque teníamos una "agradable" velada más tarde y todos debíamos estar de la mejor actitud. En la interna esta es una guerra sin cuartel, pero frente al resto, el departamento de Finanzas permanece unido, cerramos filas, todo es risas y verdadero trabajo en equipo. Ese día, estábamos a salvo.
Siempre me ha encantado tomar lonche, es mi momento favorito del día, sea el lonche hogareño con café y algún pancito con algo, o sea un lugar más o menos refinado y caro con la compañía adecuada, sin embargo, esta vez este lonchecito sería un reto: el agradable momento y el lugar se enfrentaban a compartir mi mesa con personas con las que, en otra circunstancia, jamás compartiría. Era menester mantener la calma, la compostura, la educación y por encima de todo, algo que aprendí en esa oficina, a mantener la boca cerrada.
El lugar era cerca al trabajo, fuimos caminando, desde ya estaba tenso, ya no tengo intenciones de ser amigo de nadie en ese equipo, solo de quien fue mi amigo desde antes de entrar ahí, los demás integrantes tienen mi total desinterés. La caminata fue corta y con breves apariciones de mi personaje. Finalmente, llegamos al lugar, el tea time consiste en una fuente pequeña de tres niveles con diferentes bocaditos, salados en la base, harinas en el medio y dulces arriba. Mientras servían, consultaba en internet cómo comer correctamente según las reglas de etiqueta. Al servirse en parejas, Samantha eligió a otro comensal y no a mí: decepción y alivio por ambos lados. Estaba a punto de acompañar la mini fuente con café, pero aprovechando la ocasión y por sugerencia implícita de Samantha, no sin antes unos de sus conocidos gestos de "haz esto pues, huevón", finalmente opté por una mimosa.
La velada transcurrió agradable, aunque la mayor parte del tiempo la pasé callado, oyendo cómo hablaban no tan amablemente de la última renuncia del equipo, hacia solo unos días atrás y de otras renuncias anteriores y como dejaron a su paso bombas a la reputación de la jefa. El alcohol alegró ligeramente la mesa, el lugar era sumamente agradable, y elegir la terraza fue la decisión correcta por lo ventilado y cómodo que era, además, estar lejos del bullicio siempre es bueno. Hice mi mejor esfuerzo por verme educado en la mesa y no hablar de más, y aunque el alcohol me tentaba a ser el más gracioso del lugar guardé la compostura, muy en el fondo soy un payaso, pero en el trabajo, soy el tipo más serio posible.
Recordé todos los vídeos de Maritere que he visto sobre etiqueta, no porque me sea de mucha importancia, sino porque necesito mantener la imagen educada, uno nunca sabe cuándo un aumento puede llegar, y para eso, todo cuenta. Nunca había visto tanta hipocresía en un lonche, tanto de ida como de vuelta. Sin embargo, la técnica de hablar poco sonreír mucho y escapar por momentos al baño sirvió a la perfección. De todo lo que se dijo en la mesa, nada mínimamente reprochable salió de mi boca. Lástima que los demás comensales, alegrados por el breve alcohol y olvidando que esa mesa era un peligro, soltaron anécdotas que habría sido mejor guardar.
El tramo final del lonchecito había llegado y, luego de una hora, mis ganas de irme ya estaban instaladas, dejé el último muffin a la mitad, para intentar demostrar lo elegante y fit que soy, a nadie sorprendí. Pasamos a retirarnos, estaba confiado en que la velada, más que una velada, una prueba, había sido aprobada por mí y mi silencio sepulcral. Una vez pagada la mesa, nos dispusimos hacia la salida.

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