domingo, 10 de mayo de 2026

No un lunes cualquiera.


Eran ya las 5 de la tarde, guardé todo y me fui. Cualquier cosa la veíamos el lunes con más calma, siempre que me voy del trabajo me alegra pensar que, a partir de cierta hora, no me importa ni siquiera si cae una bomba en la empresa. Desde temprano había estado meditando sobre la posibilidad de no ir a la función. Últimamente debato mucho mis acciones en mis adentros, hablo conmigo mismo, me he convertido —o mejor dicho, he reafirmado— que soy alguien de pocas palabras y que no disfruta de pasar tiempo con cualquier persona. Espero no ser tomado como un pretencioso: sale de mi corazón de manera sincera y sin ánimo quedar como un vanidoso pues mi confianza, interés y energía, las cuales son mínimas, están reservadas para quienes real y sinceramente quiero tener cerca.

Salí a la hora justa para ver los autos, los parques, las personas pasar, pero lo más importante, poder ver el atardecer. Creo que las personas están tan acostumbradas al cielo que no le dan importancia debida a lo precioso que es: la forma de las nubes, los rayos dorados que se desvanecen tras estas y como las mismas se ven tan redonditas, lisas, espesas, abombadas, ligeras y dispersas: todas las formas y colores están disponibles a la vista.

Me propuse caminar lo más que pudiera, el plan era llegar hasta donde mi sentido de seguridad y la vista agradable me lo permitieran. Caminé por Javier Prado y me dio mucho gusto poder apreciar el cielo, y por momentos una nostalgia peligrosa me asaltaba. Tontamente compré un cigarro a una señora que los vendía al paso, tratando de revivir la nostalgia de otra época: craso error, son horribles, y siento que pierdo salud tan solo de ponérmelo en la boca; aun así, ese dulce inconfundible, permanecerá grabado en mi memoria para siempre. Definitivamente soy otra persona.

Al llegar mis expectativas se desinflaron, el lugar no prometía nada bueno, estaba descuidado, vacío, quizá llegué muy temprano, la zona además parecía oculta y poco concurrida, pero encantadora al mismo tiempo porque transmitía esa sensación de ser un lugar íntimo, sin bullicio ni trajín. En la entrada solo había un guardián en una silla maltrecha que resguardaba la entrada tanto del centro en general como de una galería de arte que me hubiera encantado visitar. Este, sin mediar palabra, permitía el ingreso a cualquiera, a sola mirada sospechosa, como quien dice: "te veo, si haces algo, no dudaré en retirarte para nada amablemente". La recepción a la función era solo una jovencita en una mesa con una libreta revisando las entradas, y metros más allá quizá su jefe, quien miraba todo al parecer asegurándose que transcurra sin sobresaltos. Ya frente a la mesa que recepcionaba a los asistentes "no se puede entrar hasta el inicio de la función" me decía aquella jovencita mientras anotaba mi nombre en la lista. Tras hacer la observación de que tengo dos entradas y mi respuesta vaga y sin muchos detalles estaba todo consumado. La función empezaba a las 8pm.

Llegué con regular anticipación, dado que el plan había cambiado, y ya que tomé mis precauciones con mucha anticipación, salí muy temprano del trabajo y aunque mi intento de caminar lo más que pudiera fue excelente, no fue suficiente para quemar el tiempo que tendría que haber sido gastado en un agradable lonchecito en alguna cafetería del lugar. Para mi buena suerte, afuera del centro cultural había un elenco de danza ensayando. Las luces amarillas se entremezclaban con los jóvenes bailarines y la danza propia de la cultura peruana, que quizá muchos hayan bailado en su etapa escolar era un espectáculo entretenido. Sin embargo, eché de menos nunca haber formado parte de algo así, pues desde muy joven he sido muy avergonzado y temía ser juzgado incluso por algo tan banal como bailar mal. Con los años este defecto en mí, de creer excesivamente que las personas están atentas a juzgarme se revirtió, y me permitió vivir un poco más ligero, ahora soy un poco bastante de idk, idc, idgaf.

La función empezó, los asientos eran rojos, un poco duros y se notaban viejos, el telón que tapaba el escenario era también del mismo color, y aunque la sala era pequeña y nada parecida en tamaño ni modernidad de otras salas que he tenido la fortuna de visitar, tenía un encanto particular. No cabe la menor duda de que asistir al teatro es una experiencia que te secuestra del tiempo y espacio, y por toda la función, estás completamente atrapado en las experiencias y vivencias de otros, y no hay distracción ni pensamiento que cruce tu mente y te deshaga del hechizo. Y los actores se vuelven tus conocidos de toda la vida, y quedas prendido de los sucesos, por banales o intensos que sean. Es esto algo tan distinto al cine, que no existe punto de comparación, porque la relación es más cercana, real y personal. Y uno corre el peligro de ser conmovido y sentir emociones fuertes, pues incluso la comedia más ligera del menú lleva un mensaje que puede llegar a lo más profundo del pensamiento, y si uno se aventura a acudir a una función que se sabe será de una historia intensa, fuera de la seguridad de la comedia o el romance, se arriesga a explorar escenarios que pueden remover el corazón.

Terminada la función, que quizá fue una de las que más he disfrutado, pues no por nada el autor de la misma aún luego de haber pasado 157 años desde que se fue al cielo de los artistas sigue vigente y se recuerda su nombre, pasamos todos los asistentes a la antesala. El elenco, quienes conociendo que su pequeña función necesita llegar a más personas pues el arte no paga como se merece en este país, dieron varios minutos a la audiencia para que se tomen fotos y convivan con ellos, mientras anuncian sus demás funciones e intercambiaban con los presentes comentarios divertidos y recibían felicitaciones. Presenté mi admiración por cada uno de ellos, algunos mayores, otros más jóvenes que quien escribe y me admiró en particular que quien tenía el papel principal de la pícara Ña Catita, era una persona con visión limitada, pero que durante la función no podría haberlo adivinado pues su actuación fue impoluta.

Finalmente, y ya encantado, tras una breve caminata y un viaje más agradable que lo de costumbre, llegué a casa y di por finalizado no un lunes cualquiera.


jueves, 29 de enero de 2026

Lo bello




¿Estoy listo? No ha pasado mucho desde la última vez que desee con todas mis fuerzas haberlo intentado. Ese fue un momento de claridad en donde sentía que un sueño estaba al alcance de la mano. Al parecer solo hay una persona. Me siento poco por ahora, pero me cuestiono también ¿qué es poco?, ¿qué es mucho? El valor de las personas debería residir en la pureza del corazón.

Me la paso, últimamente, ensimismado en mis pensamientos, en mis recuerdos y en mis canciones. En los últimos meses he vivido flotando agradablemente, yendo de aquí para allá, escuchando a mis sentidos, explorando un poco más y forzando un poco menos. En un vaivén entre estos, todo para mantener mi ser protegido de la dureza del mundo que los humanos hemos creado.

Cada uno de estos no son poca cosa: mis pensamientos siempre me llevan por lugares insospechados, sin embargo, con el tiempo he aprendido a mantenerlos agradables. Creo que, en cierto modo, no soy el único. En esta actualidad donde todo es efímero, y la vorágine del sistema te engulle en un torbellino de ultra consumismo y ultra producción, ¿quién no sufre de ansiedad? Las expectativas que cumplir y el dinero que ganar nos respiran en la nuca. De ahí que casi todos vivimos ansiosos.

Cuando era más joven esa aflicción acababa conmigo, aprendí de mala manera a controlarla, ahora pienso que cada día es especial y que debe ser disfrutado. El pasado ya no existe y el futuro no está prometido me repito constantemente. Entonces ahora, me permito flotar entre escenarios imaginarios agridulces, que son bellos por imaginar lo que pudo ser, pero a la vez nostálgicos porque si los imagino es porque no pude hacerlos realidad. Visito recuerdos grises para mirar al pasado como enseñanza y no como una condena, sé que no todos podemos aprender de los errores de los demás, entonces me sacrifico y los cometo para aprender de los propios.

Mis recuerdos son aún un tema más profundo, para ser completamente honesto suelo olvidar las cosas que me duelen, y así, de eso no se habla, ni se recuerda. Es inevitable, sin embargo, que estos recuerdos me asalten accionados por un lugar, un olor, un paisaje conocido de mi pasado. Aquí me permito menos flotar en mis memorias, aquí los escenarios están restringidos a momentos de mi vida genuinamente bonitos, en mis memorias no existe lo efímero, quienes lo tocaron, están siempre ahí, y de una forma u otra, formaron quien soy. Y aunque soy una persona terrible para mantener lazos duraderos, —quizá por falta de consideración, quizá por falta de vitamina D—, hay quienes tienen toda mi atención y con quienes me encanta compartir mi tiempo. ¿Soy un tonto pretencioso? Solo aquellos que leen pueden juzgar. 

Mis canciones, por último, hasta hace varios meses estaban ligadas a mis recuerdos, Un signo de que los últimos años he crecido es que he logrado separar ambos, y antes, una canción que me estrujaba el corazón con recuerdos de quien fui ahora no para de sonar en mis oídos y en mi mente. Me alegra mucho ahora poder visitar temas que antes tenía olvidados, he recordado canciones que había dejado atrás, y desde pequeño, recuerdos de mí oyendo música de todo tiempo abundan en mi memoria. En los últimos tiempos, eso sí, descubrir nuevos artistas se ha ido dificultando, al parecer ya todo ha sido inventado y oído.

No quiero dejar de observar lo bello que es el mundo, lo precioso de la luz etérea, lo bello del cielo, lo suave de las nubes y sus formas, lo calmo de la luna, lo tibio del sol, lo armonioso de la música, lo puro de las plantas, lo fructífero de la tierra, lo fresco del agua y el viento, y lo infinito de posibilidades que esperan mañana. Por más arruinado que este mundo se haya vuelto, por más hundido en tormento y desesperación… la vida perdura. Los nacimientos continúan. Hay belleza en ello, ¿no es así?








viernes, 2 de enero de 2026

La chocolatada de Samantha.

Esa mañana, aunque la idea no me agradaba mucho, mis expectativas eran altas. No por la compañía: mala, por cierto (un amigo y dos enemigos), sino por el lugar. Algo me decía que el lugar sería, como mínimo, novedoso. Días antes, Samantha, quien en sus momentos más neuróticos había hecho sollozar a uno de nosotros con sus muy intensas reprimendas, había decidido que sería una buena idea un lonche de integración navideña: "La Chocolata de Samantha", me da mucho gusto y gracia llamarle así. Era como una especia de tregua entre los cuatro, un ritual de paz, un disimulo para que no se le note tanto lo que para todos era obvio: su profundo desprecio por nosotros. Luego de tan difícil año, era menester esta pequeña celebración. No dudo que para ella lo fue, tuvo cuatro renuncias desde enero hasta ese día, pero para nosotros, vulnerables a sus momentos de ira y desdén y sus verdaderos reales pues habíamos llegado al fin de año sin salir espantados de ese trabajo, lo fue aún más. 

Iremos al tea time, en Beethoven — me dijo —. Asentí con la cabeza como si ya conociera el lugar, no quería desvelar que, en mis mejores momentos, mis momentos más finos y elegantes, yo soy más de ir María Almenara y similares. Creo que son el balance correcto entre lugar agradable a la vista y el bolsillo. Dado que este nuevo lugar quedaba en San Isidro, y conociendo los gustos "refinados" de Samantha, podía intuir un lugar medianamente elegante. 

Me puse mis mejores ropas, o quizá mis segundas mejores ropas, las primeras las tengo bien reservadas para una ocasión especial que, para ser honesto, me hace mucha ilusión, pero algo me dice que esta ocasión ya no llegará. La jornada en la oficina transcurrió con tranquilidad, ese día Samantha no podía darnos una paliza laboral/espiritual/emocional porque teníamos una "agradable" velada más tarde y todos debíamos estar de la mejor actitud. En la interna esta es una guerra sin cuartel, pero frente al resto, el departamento de Finanzas permanece unido, cerramos filas, todo es risas y verdadero trabajo en equipo. Ese día, estábamos a salvo. 

Siempre me ha encantado tomar lonche, es mi momento favorito del día, sea el lonche hogareño con café y algún pancito con algo, o sea un lugar más o menos refinado y caro con la compañía adecuada, sin embargo, esta vez este lonchecito sería un reto: el agradable momento y el lugar se enfrentaban a compartir mi mesa con personas con las que, en otra circunstancia, jamás compartiría. Era menester mantener la calma, la compostura, la educación y por encima de todo, algo que aprendí en esa oficina, a mantener la boca cerrada.

El lugar era cerca al trabajo, fuimos caminando, desde ya estaba tenso, ya no tengo intenciones de ser amigo de nadie en ese equipo, solo de quien fue mi amigo desde antes de entrar ahí, los demás integrantes tienen mi total desinterés. La caminata fue corta y con breves apariciones de mi personaje. Finalmente, llegamos al lugar, el tea time consiste en una fuente pequeña de tres niveles con diferentes bocaditos, salados en la base, harinas en el medio y dulces arriba. Mientras servían, consultaba en internet cómo comer correctamente según las reglas de etiqueta. Al servirse en parejas, Samantha eligió a otro comensal y no a mí: decepción y alivio por ambos lados. Estaba a punto de acompañar la mini fuente con café, pero aprovechando la ocasión y por sugerencia implícita de Samantha, no sin antes unos de sus conocidos gestos de "haz esto pues, huevón", finalmente opté por una mimosa.

La velada transcurrió agradable, aunque la mayor parte del tiempo la pasé callado, oyendo cómo hablaban no tan amablemente de la última renuncia del equipo, hacia solo unos días atrás y de otras renuncias anteriores y como dejaron a su paso bombas a la reputación de la jefa. El alcohol alegró ligeramente la mesa, el lugar era sumamente agradable, y elegir la terraza fue la decisión correcta por lo ventilado y cómodo que era, además, estar lejos del bullicio siempre es bueno. Hice mi mejor esfuerzo por verme educado en la mesa y no hablar de más, y aunque el alcohol me tentaba a ser el más gracioso del lugar guardé la compostura, muy en el fondo soy un payaso, pero en el trabajo, soy el tipo más serio posible.

Recordé todos los vídeos de Maritere que he visto sobre etiqueta, no porque me sea de mucha importancia, sino porque necesito mantener la imagen educada, uno nunca sabe cuándo un aumento puede llegar, y para eso, todo cuenta. Nunca había visto tanta hipocresía en un lonche, tanto de ida como de vuelta. Sin embargo, la técnica de hablar poco sonreír mucho y escapar por momentos al baño sirvió a la perfección. De todo lo que se dijo en la mesa, nada mínimamente reprochable salió de mi boca. Lástima que los demás comensales, alegrados por el breve alcohol y olvidando que esa mesa era un peligro, soltaron anécdotas que habría sido mejor guardar.

El tramo final del lonchecito había llegado y, luego de una hora, mis ganas de irme ya estaban instaladas, dejé el último muffin a la mitad, para intentar demostrar lo elegante y fit que soy, a nadie sorprendí. Pasamos a retirarnos, estaba confiado en que la velada, más que una velada, una prueba, había sido aprobada por mí y mi silencio sepulcral. Una vez pagada la mesa, nos dispusimos hacia la salida.

Mis compañeros, antes de salir, se retiraron al baño, quedé a solas con Samantha. — Estuviste muy callado Luciano — dijo ella. — Es verdad, es que me gusta oír más a los demás cuando tienen algo que contar — respondí, ahora sí tenso, pero con mi careta de confianza de siempre — He visto que en los almuerzos la pasas de lo mejor con tus amiguitos de Inteligencia Comercial — ¡Lo sabe! Sabe que por dentro soy un parlanchín, pero en su presencia me chupo. — Es que con ellos no tengo mayor interés en sus historias, con ustedes sí. Son muy interesantes. — Dije falsamente. Esa respuesta pudo haberme salvado en su mente al interpretarse como genuino interés en sus historias o pudo haber sellado mi destino como un desagradable pretensioso y encima adulón. Espero que sea lo primero, aunque si es lo segundo poco o nada me importa, siento que pronto lo averiguaremos. El resto de la compañía salió de los baños, nos unimos todos. Unas palabras finales en grupo, como saludos por fin de año y discursos vacíos de equipos de trabajo de cara al próximo. Samantha corrió rápido a su taxi, y al fin y para mi buena suerte, la velada terminó.