Eran ya las 5 de la tarde, guardé todo y me fui. Cualquier cosa la veíamos el lunes con más calma, siempre que me voy del trabajo me alegra pensar que, a partir de cierta hora, no me importa ni siquiera si cae una bomba en la empresa. Desde temprano había estado meditando sobre la posibilidad de no ir a la función. Últimamente debato mucho mis acciones en mis adentros, hablo conmigo mismo, me he convertido —o mejor dicho, he reafirmado— que soy alguien de pocas palabras y que no disfruta de pasar tiempo con cualquier persona. Espero no ser tomado como un pretencioso: sale de mi corazón de manera sincera y sin ánimo quedar como un vanidoso pues mi confianza, interés y energía, las cuales son mínimas, están reservadas para quienes real y sinceramente quiero tener cerca.
Salí a la hora justa para ver los autos, los parques, las personas pasar, pero lo más importante, poder ver el atardecer. Creo que las personas están tan acostumbradas al cielo que no le dan importancia debida a lo precioso que es: la forma de las nubes, los rayos dorados que se desvanecen tras estas y como las mismas se ven tan redonditas, lisas, espesas, abombadas, ligeras y dispersas: todas las formas y colores están disponibles a la vista.
Me propuse caminar lo más que pudiera, el plan era llegar hasta donde mi sentido de seguridad y la vista agradable me lo permitieran. Caminé por Javier Prado y me dio mucho gusto poder apreciar el cielo, y por momentos una nostalgia peligrosa me asaltaba. Tontamente compré un cigarro a una señora que los vendía al paso, tratando de revivir la nostalgia de otra época: craso error, son horribles, y siento que pierdo salud tan solo de ponérmelo en la boca; aun así, ese dulce inconfundible, permanecerá grabado en mi memoria para siempre. Definitivamente soy otra persona.
Al llegar mis expectativas se desinflaron, el lugar no prometía nada bueno, estaba descuidado, vacío, quizá llegué muy temprano, la zona además parecía oculta y poco concurrida, pero encantadora al mismo tiempo porque transmitía esa sensación de ser un lugar íntimo, sin bullicio ni trajín. En la entrada solo había un guardián en una silla maltrecha que resguardaba la entrada tanto del centro en general como de una galería de arte que me hubiera encantado visitar. Este, sin mediar palabra, permitía el ingreso a cualquiera, a sola mirada sospechosa, como quien dice: "te veo, si haces algo, no dudaré en retirarte para nada amablemente". La recepción a la función era solo una jovencita en una mesa con una libreta revisando las entradas, y metros más allá quizá su jefe, quien miraba todo al parecer asegurándose que transcurra sin sobresaltos. Ya frente a la mesa que recepcionaba a los asistentes "no se puede entrar hasta el inicio de la función" me decía aquella jovencita mientras anotaba mi nombre en la lista. Tras hacer la observación de que tengo dos entradas y mi respuesta vaga y sin muchos detalles estaba todo consumado. La función empezaba a las 8pm.
Llegué con regular anticipación, dado que el plan había cambiado, y ya que tomé mis precauciones con mucha anticipación, salí muy temprano del trabajo y aunque mi intento de caminar lo más que pudiera fue excelente, no fue suficiente para quemar el tiempo que tendría que haber sido gastado en un agradable lonchecito en alguna cafetería del lugar. Para mi buena suerte, afuera del centro cultural había un elenco de danza ensayando. Las luces amarillas se entremezclaban con los jóvenes bailarines y la danza propia de la cultura peruana, que quizá muchos hayan bailado en su etapa escolar era un espectáculo entretenido. Sin embargo, eché de menos nunca haber formado parte de algo así, pues desde muy joven he sido muy avergonzado y temía ser juzgado incluso por algo tan banal como bailar mal. Con los años este defecto en mí, de creer excesivamente que las personas están atentas a juzgarme se revirtió, y me permitió vivir un poco más ligero, ahora soy un poco bastante de idk, idc, idgaf.
La función empezó, los asientos eran rojos, un poco duros y se notaban viejos, el telón que tapaba el escenario era también del mismo color, y aunque la sala era pequeña y nada parecida en tamaño ni modernidad de otras salas que he tenido la fortuna de visitar, tenía un encanto particular. No cabe la menor duda de que asistir al teatro es una experiencia que te secuestra del tiempo y espacio, y por toda la función, estás completamente atrapado en las experiencias y vivencias de otros, y no hay distracción ni pensamiento que cruce tu mente y te deshaga del hechizo. Y los actores se vuelven tus conocidos de toda la vida, y quedas prendido de los sucesos, por banales o intensos que sean. Es esto algo tan distinto al cine, que no existe punto de comparación, porque la relación es más cercana, real y personal. Y uno corre el peligro de ser conmovido y sentir emociones fuertes, pues incluso la comedia más ligera del menú lleva un mensaje que puede llegar a lo más profundo del pensamiento, y si uno se aventura a acudir a una función que se sabe será de una historia intensa, fuera de la seguridad de la comedia o el romance, se arriesga a explorar escenarios que pueden remover el corazón.
Terminada la función, que quizá fue una de las que más he disfrutado, pues no por nada el autor de la misma aún luego de haber pasado 157 años desde que se fue al cielo de los artistas sigue vigente y se recuerda su nombre, pasamos todos los asistentes a la antesala. El elenco, quienes conociendo que su pequeña función necesita llegar a más personas pues el arte no paga como se merece en este país, dieron varios minutos a la audiencia para que se tomen fotos y convivan con ellos, mientras anuncian sus demás funciones e intercambiaban con los presentes comentarios divertidos y recibían felicitaciones. Presenté mi admiración por cada uno de ellos, algunos mayores, otros más jóvenes que quien escribe y me admiró en particular que quien tenía el papel principal de la pícara Ña Catita, era una persona con visión limitada, pero que durante la función no podría haberlo adivinado pues su actuación fue impoluta.
Finalmente, y ya encantado, tras una breve caminata y un viaje más agradable que lo de costumbre, llegué a casa y di por finalizado no un lunes cualquiera.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario