miércoles, 17 de diciembre de 2025

Let the light in


El verano del 2024 fue increíble, fue una época de muchos cambios, fue un verano dorado, acompañado siempre en repetición Let the light in en mis oídos. La celebración de año nuevo, donde me sentí terriblemente desafortunado porque la tristeza me acompañó todo el 2023, fue arruinada por mí. Aquel 31 de diciembre, yo sin planes, pero muy afortunadamente acompañado de mis padres aun sin saberlo, salimos, a recibir el año nuevo a la Costa Verde, solo los tres, pues mi hermano, desde hacía mucho, pasaba año nuevo con su novia, con quien sigue junto y me da mucho gusto que se hayan encontrado los dos en esta vida.

Esa noche estaba tan amargado, el año corría insípido, nada nuevo ni nada bueno había pasado, yo seguía triste por todo y por nada. Recuerdo que llegamos a la Costa Verde minutos antes de la medianoche, apurados y buscando un lugar donde dejar el auto. Me pareció completamente vacío celebrar un nuevo año, pues para mí desde siempre pero solo hasta ese año, nada cambiaba del uno para el otro. Sin embargo, mis padres, quienes desde siempre me han acompañado, trataban de animarme. Yo, por otro lado, era infeliz.

No fue sino hasta el romper de la medianoche, con los fuegos artificiales llenando la vista con sus colores y el aire con sus olores, cuando por fuerza de voluntad, además de pena por toda la velada, que tuve una revelación. Me sentí egoísta y tonto, estaba con mis padres y me sentía desafortunado, esa versión de mí felizmente para el mundo ya no existe. Ver a las demás personas celebrar con sus seres amados me hizo reflexionar sobre lo afortunado que era, y que a pesar de que me había vuelto solitario, y me había aislado en la seguridad de mi habitación y las aulas de clases, ellos aún estaban conmigo. 

Ese día algo se encendió en mi corazón, la revelación llegó a mí en la silueta de mis padres que, aunque su amor está muerto, nunca dejaron de estar para mí. Soy lo que soy solo por y gracias a ellos. Aquella noche prometí que el año que acababa de nacer sería uno mejor, que pondría todo mi empeño y energía en revertir meses tan sombríos, y que dejaría atrás toda nostalgia y recuerdo. Creo que siempre la nostalgia está conmigo, pero últimamente he sido más veloz, más ligero, he aprendido a no escarbar en recuerdos desagradables. "El pasado no existe, el futuro no está prometido", constantemente me repito.

Desde ese momento, mi forma de ser se acentuó hacia lo más alegre y agradable y reconfortante que mi personalidad me permitía. Entré a un nuevo trabajo, que solo duraría los tres meses del verano y solo tenía como objetivo conseguir dinero. Sin saberlo, sería quizá el mejor trabajo que tuve, conocí muchas personas e hice, increíblemente para mi forma de ser, muchísimos amigos y conocidos. No sé de dónde saqué tanta energía social, fue un desborde que jamás había vivido, además conocí personas increíbles y agradables, con las cuales trabajar era un placer. Mis días se repartían en reír hasta sentir dolor en las mejillas, cenar temprano en la azotea del edificio contemplando el precioso atardecer del verano y fingir seriedad cuando algún ejecutivo de alto nivel estaba presente. 

Dejar atrás todo lo que me acechaba desde el recuerdo y todo lo vivido en el pasado, fue un impulso para mí, y a pesar de que las vicisitudes no dejaban de presentarse, nada podía ya derrotarme tan fácilmente como sí sucedía antes. Mi voluntad se había vuelto férrea, y mi corazón estaba listo para enfrentar cualquier contratiempo, casi cualquier dificultad propia de la vida.

Me gusta recordar esta temporada, ese año trajo cosas muy buenas y renovó mis deseos de continuar con todo y afrontar lo que sea que se presente. Finalmente, el cierre del 2024 llegó con la noticia de un trabajo mejor, algo que había buscado y anhelado con muchas fuerzas. Sin desfallecer había buscado por meses y cuando me veía pasando fiestas navideñas desempleado, el trabajo donde estoy hoy en día, con más cosas buenas que malas, tocó a mi puerta. No soy, desde hace mucho, un creyente, pero puedo decir que los tiempos del Señor son perfectos.


viernes, 28 de noviembre de 2025

Las nubes, la luna y las estrellas.

Hace años no visitaba este lugar, un recuerdo fugaz hace un par de noches me trajo de vuelta, he releído algunas antiguas entradas, pero ahora mis historias llenas de verdad y mentira, que en su momento fueron el presente, se han convertido en el pasado. Se siente extraño mirar atrás y ver a mi antigua versión, no me reconozco, ese Luciano se siente tan lejano y extraño. 

Lo que empezó como un intento de cultivar un talento, se convirtió en un diario personal y público. Encontré historias que había olvidado, me atrapó una nostalgia peligrosa, del tipo que siempre evito sentir. Pues con los años aprendí que lo mejor es olvidar algunas cosas, enterrarlas muy al fondo del corazón y que se queden viviendo ahí, donde nadie las recuerdas. En retrospectiva y para ser honesto, creo que ese es mi mayor defecto y mi mayor debilidad: Suelo olvidar cosas que no me gustan, que me incomodan o que me entristecen, sin embargo, olvidar no es lo mismo que enfrentar y, por consiguiente, superar. A veces siento que tengo una bolsa my grande en el patio trasero que en algún momento habrá que botar. Pero, por otro lado, espero que mi patio trasero crezca tanto que esa bolsa sea insignificante. 

Entonces llevo años aprendiendo a ver siempre lo bueno, alguna frase trillada de internet y atribuida falsamente a alguna personalidad decía: "si vas a abrir la boca que sea para algo bueno". Eso me llevó a ser un farito de luz. A siempre esparcir el bien, pero también esto me llevó a ser un complaciente en todo sentido. Siempre estoy a favor de estar a favor de lo que las demás personas quieren. De mí nunca saldrá un "creo que no deberías hacer eso, mejor lo otro". Por el contrario, pienso que todas las personas deberían hacer lo que las hace feliz, sin importar el qué dirán, esto, obviamente, sin dañar a nadie. Quienes somos nosotros para juzgar. Al fin y al cabo, nada bueno viene después de un "creo que..." no solicitado.

Lamentablemente, esto no aplica para mí, constantemente me cohíbo de hacer cosas que podrían darme disfrute, siempre hay un pequeño remordimiento en mí al, por ejemplo, hacer un gasto innecesario, disfrutar los momentos de pereza o no cumplir con alguna tarea que tengo. Mi momento de ocio se ha vuelto el tráfico de Javier Prado, atrapado entre tantas personas, todos con un mundo en la cabeza, uno se siente insignificante. Feliz y recientemente escuché que el ocio es revolucionario, esa idea es trascendental, pues al haber vivido rodeado desde pequeño de personas tan trabajadoras como mis padres, me hicieron creer por mucho tiempo que el ocio es malo y uno debería sentirse culpable por disfrutar el momento. Por ahora, de lo único que siento culpa es de desvelarme sabiendo que el Luciano de mañana en la mañana, odiará al Luciano de esta noche.

Por ahora mis días pasan apaciblemente, nada me pesa ahora, me he alejado mucho de casi todos, he perdido amigos ya sea por mi propia decisión o por mi propia inconstancia. Recientemente pienso que en realidad no le caigo bien a nadie, y de mis antiguas amistades, he sido el favorito de nadie. Es posible que esto se deba a mi forma de ser pues me desgasta formar lazos fuertes con cualquier persona, y me siento tonto y pretencioso de igual manera por esto. Pues he visto como las personas tienen una facilidad por hacer amistades increíble, y he visto como suelen ir acompañadas, entretenidas en cualquier charla ligera, viviendo el sueño. Eso es algo que antes tuve, en otros tiempos, y que ahora perdí. Ahora tengo, no cero, sino negativo de amigos.

Creo que no soy bueno haciendo amistades, sin embargo, y en los días que corren, hay quienes tienen todo mi interés y genuina admiración. Sospecho fuertemente que solo me agradan las personas que realmente admiro, aunque el sentimiento de admiración no sea correspondido y mi compañía no sea tan valorada por ellas. Entonces me siento tonto al buscar algo que no es correspondido, mientras me pregunto si soy o no realmente alguien interesante, o si realmente debo ser alguien interesante. Es posible que no serlo esté bien, y solo mida con la misma vara que mido a los demás, a mí mismo. Extraño tomar un café y conversar de todo y de nada, y de disfrutar simplemente el momento, y admirar la vista, y contemplar las nubes, la luna y las estrellas.







sábado, 8 de diciembre de 2018

Recuerdos



Mis primeros meses felices dentro de una burbuja, un reciente logro importante. La decepción, el alejamiento, la ausencia y una inocencia inútil sostenida en alto. Un año vacío acompañado de Kanaku y el Tigre, 2014. Un buen tiempo sin sobresaltos, sin anhelos, sin expectativas ni decepciones, había paz. Alguien llamaba mi atención mas yo no estaba para eso. Pronto, un encuentro casual pero en el fondo planeado, cambié de parecer. Luego, entre risas y palabras nerviosas, fugaces y sin mucho sentido, pupilas oscuras y profundas. Era el fin de meses vacíos. Era el fin del letargo. Algo me decía que lo valía todo, que había que dar lo mejor y así lo hice. El verano que golpeaba con fuerza. The Lumineers siempre en mi cabeza y mis oídos. Ese ventoso lugar era testigo de prometedores tiempos. La incertidumbre, el no saber, la ansiedad. El deterioro, residuos, cenizas. Me cortaron la cabeza, no lo esperaba pero lo sospechaba. Regresaba a mi habitación. El ceño siempre fruncido, The Killers sonaba por todos lados y a todas horas, alguien jugaba en el lugar donde crecí. No lo sabía. Mentiras, ausencia, indiferencia, inseguridad. Yo no era suficiente, nunca lo fui. Perdí la noción del tiempo. Ese no era un buen lugar, no me sentía bien mientras recorría los pasillos del lugar, pasaba raudo y de perfil bajo, entraba a clases y regresaba a casa. Una fiesta, cero expectativas, Barranco, fotografías, semanas agradables bajo un sol tenue y renovados tiempos. Nada pasó y estuvo bien. 

Sin darme cuenta y con aires renovados, volví al lugar donde fui tremendamente feliz, había pasado el tiempo, tenía esperanza, había cambiado, crecido, había terminado de salir de mi zona de confort. Fue un error. Era más de lo mismo. Más de nada. El tiempo siguió en incertidumbre. No sabía parar, no sabía cómo. Conseguí trabajo, los días corrían ahora apacibles. Visitaba una conocida panadería en la mañana, compraba algunos dulces presuntamente de origen francés, no se sabe a ciencia cierta a decir verdad y luego iba camino al trabajo, mi turno empezaba a las 3 de la tarde pero visitaba fugazmente el lugar a las 10 de la mañana a dejar presentes. Algo pasó, renuncié, empecé a detestar ese lugar, No me sentía bien cerca, me alejé. Visité un joyería en Miraflores, eran alrededor de las 9 de la noche, terminé en otro lugar de Lima, alcoholizado y oyendo Fleetwood Mac. Alguien especial volvía y los días corrían mejores que desde hace muchos meses. 

Mamá caía enferma y los tiempos volvían a ser difíciles. Empezaba a darme cuenta que uno puede prescindir de las personas cuando mamá está mal. Largos meses visitando el hospital. A veces salía molesto, los doctores no tenían respuestas. Muchas otras veces salía llorando, tratando de que mamá no se diera cuenta. Me despedía de ella con el corazón roto. Evitando también que nadie más se diera cuenta, mirando al piso si era necesario y aguantando hidalgamente. Dejar a mamá ahí era desgarrador. Soñé un día que mamá estaba en casa, que caminaba libremente, fui feliz, desperté, me resigné, lo venía haciendo desde hacía mucho tiempo. Fueron 7 meses sin ella en casa, eso no era vida. Meses aparentemente positivos pasaron. Recogimos unas placas de mamá. Ella tenía que ser internada otra vez. Una pelea en el auto, muchos gritos en medio del tráfico. Tenía ganas de salir corriendo y que algún conductor desafortunado me atropelle. Estaba roto pero resistí, era la segunda vez en mi vida que mi hermano, siempre tan severo conmigo, siempre tan duro, trataba de consolarme. La primera fue cuando teníamos él 10 y yo 8. Cuando éramos niños eran tiempos realmente duros, las más duras épocas de la vida que prefiero no recordar. No sabía cómo consolar a mamá, la vida parece tan absurda cuando eres incapaz de hacer algo por alguien. Meses pasaron, aún ronda ese fantasma. Aún me asusta. 

Espera por algo mejor, siempre. Es lo que hay, es lo que siempre queda al final. No había aprendido nada y regresé. Al parecer la esperanza es lo último que soy capaz de perder. Nadie creía que hacía lo correcto, solo yo. Una llamada en la noche, un encuentro, una conversación, estaba quebrado pero lo intenté. Estaba equivocado otra vez. Un viaje. Un me nació que acabó conmigo. Meses pasaron, entre idas y vueltas finalmente volví a mí. Otra fiesta, pecas que aún recuerdo, y un corazón que valía oro. Cervezas en un parque que era para mí ya un lugar conocido. Corría días apacibles, noches agradablemente cálidas. Cosas pasaron, me fui, no era mi lugar, yo no estaba a la altura. 

La muerte de mi perro me golpeó como no imaginé, hoy vi una foto de él y lloré, era enormemente bello y noble y yo lo amaba. Era mi hijo y lo extraño demasiado, extraño hablarle y tenerlo cerca. Espero que ellos sí vayan al cielo, porque si este existe, él se lo merece. 

Los meses corrían sin sobresaltos, me alejé de muchas personas y conocí varias otras. Nada importante pasó en estos meses. Hoy solo ansío el mar. Con el tiempo te das cuenta de que casi nada realmente importa, más allá de papá y mamá. Uno debe seguir solo con lo necesario y eso bueno y está bien. Entonces ahora pretendo pararme de este asiento, decirle a mamá que la quiero mucho y darte las gracias a ti por leer.

domingo, 4 de marzo de 2018

Es el tiempo de los errores y desvelos.

Hemos decidido olvidar, porque olvidar es lo más fácil, porque sino te lleva al angustia, el sentimiento de ausencia, la nostalgia. 

Cuando uno olvida, es porque lo que ha de olvidar, o le causa dolor; o le causa vergüenza. Es más fácil olvidar el mal que hiciste antes de aceptarlo, es más fácil olvidar antes que enfrenta la ausencia. Pero en el fondo uno no olvida, sino que ignora, decide hacerse al tonto, al que nunca pasó, esperando que ningún estímulo sea tan fuerte como para regresarte a este momento, revivirte esos sentimiento. Aun así y naturalmente, estos recuerdos vuelven, y uno se da cuenta que ya no son lo mismos, que ya no te acechan en las noches porque son recuerdos muertos, momentos que ya no te acongojan, o alegran, o extrañas.

Me ocurre muy a menudo que hay ausencias que ya no importan, que ya no cuentan, que en su momento fueron el fin de todo, en su momento fueron un "y yo cómo sigo". Estas ausencias, sea por el tiempo o porque se reveló la verdadera naturaleza de los ausentes en cuestión pasan a ser pasajes lejanos de la vida. Entonces empiezas a ver las cosas desde un contexto fuera de todo, y te das cuenta de tus errores, te das cuenta que uno es medio imbécil para haber estado en tales situaciones. Del mismo modo hay ausencias de formas en las que interactuabas con las personas, te das cuenta que has cambiado, que crees que saliste de tu zona de confort pero tan solo te volviste un poco más oscuro y vicioso, que perdiste valores, que dejaste de valorar lo que antes, en tu inocencia, considerabas importante, lo que antes era todo, ahora es tan solo un momento.

Los días corren apresurados, caóticos, ya no hay tiempo para reflexionar sobre nuestros actos, solo hay tiempo para buscar algo que nos distraiga de nuestros pesares, así sean mínimos, así casi no los tengamos. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué no valoramos al del al lado? ¿Por qué preferimos lo rápido, simple, instantáneo, lo que sospechamos que no durará pero es divertido? Nos engañamos con estímulos superfluos, con sentimientos pasajeros e intensos que al final solo logran llenarnos un momento para luego dejarnos tirados en medio de la nada.

Para los que aún queremos y valoramos, es un mundo cruel, en donde somos burlados, dejados de lado, mandados a la mierda, porque; al parecer, a la gran mayoría de personas - no importa mucho lo que hayas pasado o vivido con alguien - siempre le es fácil deshacerse de uno. Abrirle las puertas a algo mejor, a algo que no se conoce pero que se angustia por sedarse con las nuevas vivencias que te pueda ofrecer es lo de hoy. Es la época de lo efímero y pasajero, es el tiempo de los errores y desvelos.

domingo, 14 de agosto de 2016

La plazuela.

Era un tarde que pronto se convertía en noche, recuerdo que había bajado algo de niebla y la humedad estaba a flor de pie. La plazuela que estaba conformada en su mayor parte de veredas atravesadas por rajaduras y asientos de madera e hierro era parte mi de ruta hacia casa y mientras caminada y la niebla se hacía menos densa a mi alrededor divisé a los lejos una silueta, era un tipo, parado ahí, en medio del lugar. A medida que me acercaba, noté que también había una chica exactamente frente a él, ellos estaban ahí, uno frente al otro en medio de la plazuela, bajo luces amarillas y rodeados de suave niebla.

Oh, el amor, pensé yo. Cosa tan extraña, creo que pocos o nadie lo entiende. Y por un instante sentí esa tersa pero insana envidia que llevo en el corazón desde hace unos años pero que siempre es consolada por el hecho de que algún día, esas parejas felices del mundo, terminarán. No intentaré defenderme, soy un malvado.

Pero qué equivocado estaba. Ellos estaban uno frente al otro y solo estaban agarrados de una mano. La mano libre de ella se acercaba al rostro de él en un intento de borrar el hilo de lágrima en su mejilla y que proyectaba la luz amarilla del lugar. Ella lo está dejando, lo está terminando ―pensé. Es extraño cómo una una larga historia entre dos personas termina en un plazuela, a los ojos de un curioso que pasaba por ahí. Vamos hombre, sé fuerte, no pasa nada, ¿por qué dejas salir esa lágrima frente a ella?, eso no es nada caballeroso, hidalgo pantalonezco. Eso no se hace, no importa cuánto uno lo sienta, uno no le puede hace eso a la otra persona, no es justo, la vida es así y todos nos tenemos que aguantar.

Solo miré un instante, y en ese instante pude captar lo que sucedía, simplemente eso, el desamor. Parece ser que este es mucho más simple que su contrario, la cosa ya no respira, ya no pasa nada, ya estás de salida. Y entonces la ligera envidia que sentía se desvaneció, aún así, en mi malicia, una leve sonrisa se apoderó de mi rostro solo un instante. 

Mientras seguía mi camino volví a regresar la mirada, ella lo había soltado y se empezaba a girar para alejarse. A todos les ha pasado pero no a todos nos echan una mano. Me acerqué, y solo alcancé a decirle "ni modo, hermano, la vida sigue" y a darle unas palmadas en la espalda. Yo no esperaba una repuesta ni mucho menos pero a veces menospreciamos el poder de un acto tan simple. El tipo me miró y dio un suspiro, "tienes razón, carajo, tienes toda la razón", se ajustó la mochila al hombro y en la niebla desapareció.


lunes, 2 de mayo de 2016

Con un buen pan bajo el brazo.

Es bien sabido por mí que Katrina ha demostrado un nivel de hipocresía increíble. Esto no me preocupa ni afecta en lo más mínimo. Sé que ella me es infiel, me es infiel de todas las maneras posibles, pero eso solo ella y yo lo sabemos. Ella sabe que yo sé y pues hemos hecho un pacto tácito, insano, podrido, de fingir que nada ocurre, de llevar la fiesta en paz, al fin y al cabo yo también lo he sido, aún lo soy, y muy probablemente lo seguiré siendo. Ahora bien, ustedes podrían interrogarse por sobre qué recita esta historia y cómo llegué a esta situación tan, aparentemente, contraproducente. Y eso es algo que me propongo contar en las siguientes líneas.

Corría el año 2010, yo cursaba el noveno ciclo de Derecho en alguna universidad de renombre de la cuidad y pues ahí la conocí. Llevábamos Derecho Tributario III, yo por primera vez, y ella, por segunda o quizá tercera vez. Las amistades fluyeron y fue así como emprendimos un noviazgo calenturiento y encaminado a los excesos - siempre los dos, disfrazados de ovejas blancas del rebaño - que luego pasó a ser una relación un tanto menos exaltada y desenfrenada.

Tiempo antes de conocerla, en ese curso de satanás, Katrina había sido, expresamente, y sin obviar la parte legal, borrada de la lista de herederos de su abuelo materno por pedido de su madre, quién había observado en ella a un borrego camino al matadero de la vida. La señoras Montes, quien, con amplísima sabiduría de vieja estirada, no había sabido cómo criar a niña tan caprichosa, no tuvo mejor idea que amenazarla con dejarla en la completa ruina si no le ponía dos centavos de orden a su vida. Al principio resultó ser una mala idea y Katrina, más allá de comprender que todo se estaba yendo al carajo en su vida y que esto seguiría así si ella no cambiaba, decidió emprender una encarnada guerra contra sus padres, quienes aún, desde luego, la acogían en casa. Pero luego, esta afrenta sería vista como el motor de un aparente cambio.

En esta parte de la historia aparece este humilde servidor: el noviazgo fogozo y desenfrenado para luego pasar a ser uno lento, pasivo, tranquilito y bien apaciguado. La vida de excesos no es lo mío así que lo alocado no duró mucho gracias a mi esfuerzo. Prontó pensé lo mismo que la madre de Katrina: "Esta desgraciada se está yendo de cara a la vida derrochadora y englobada en el dinero de ajeno". Tomandas mis cartas en el asunto y con toda la buena intención del mundo de mi parte, mi accionar tuvo efecto en ella y al parecer, mis métodos eran más efectivos que los hostiles métodos de sus padres y, finalmente, Katrina decidió portarse como niña buena. Se compró varios dólares de orden y se encaminó en el camino de la responsabilidad.

Sus padres, desde luego, quedaron encantados por el logro que yo, aparentemente, había logrado. Y fue así como me convertí en el engreído de la familia. Por supuesto, mis intenciones de hacerle notar a ella que no estaba haciendo las cosas de la mejor manera no estaban acompañadas de ningún motor malicioso ni mucho menos. Las cosas tomaron un curso por menos excepcional, Katrina fue integrada, nuevamente y por orden de su madre —quien a estas alturas ya era la mandamás del condado puesto que su padre no era más que un papanatas sacolargo y babosón que le decía sí en todo a su esposa porque creo que era un... buen tipo—, a la listas de los documentos que acreditaban su "regeneración" y le daban derecho a una cuantiosa, jugosa, enloquecedora, parte de la fortuna de su abuelo que, a decir verdad, ya estaba más allá que acá. Este mérito logrado por mí no sería sino también recompensado, siendo mi nombre puesto en la ampulosa lista de los deseos. El plan fue bien simple: me hago al avergonzado, al que no era para tanto, al que no desea estar ahí, los endulzo con la cortesía del bufón de castillo que manejo bien y listo, mi sillón estaba acomodado.

No había, sin embargo, advertido, que esto sería una atadura casi tan engorrosa como un matrimonio consumado por el mismísimo Jesús santo hijo de Dios y amante encubierto de la bienaventurada María Magdalena, amén. El hecho era que, en cierto modo, yo había sido el elegido por la familia para estar, el resto de mi vida, en deuda con ellos por figurar en la lista de ganadores y; Katrina, del mismo modo, y aunque pareciese que sus padres (de hecho solo su madre) le habían otorgado su confianza, esto no era así y pues existía un pacto bajo la mesa, con dinero de por medio que ella y yo percibíamos mensualmente, que consignaba nuestra unión como seguro de que ella no se decarrilaría y yo sería su ancla a tierra firme como ya lo había demostrado ser todo este tiempo.

Al tiempo confirmé este pacto con el cotilleo de las tías entrometidas, las cuales tenía encantadas, que me alcanzaron ciertos pasajes de las conversaciones madre-hija. Katrina había sido, sutilmente, advertida de las consecuencias de hacerme alguna jugarreta que motivara mi alejamiento. Pues, su madre, como toda una de estas conservadoras del antiguo Lima ya la había "amarrado" por todos los días de su existencia y hasta el mismísimo día del juicio final, a mí.

Es así como llegué, llegamos, ella y yo, a una situación en donde, evitamos a toda costa perder el benefacto monetario por parte de su madre. Fue así como, llegada la relación a su ocaso que anunciaba el fin del chiste, montamos la clase magistral de actuación con la que Pablo Saldarriaga sueña cada noche. Mantenemos hasta hoy la imagen de pareja perfecta que mensualmente recibe sus beneficios monetarios, que semanalmente lleva los enseres para el almuerzo dominguero, en donde las preguntas sobre matrimonio no hacen esperar y son sagazmente esquivadas cual ladrón de cuatro esquinas que esquiva transeúntes y hombre de la ley por nosotros, como si nos leyeramos las mentes, mentes maliciosas en busca de dinero que trabajan para el mismo fin. 

Al fin y al cabo lo que queda es esperar el hecho que nos libere de este show, de esta patraña benefactora de la codicia que llevamos en hombros. Nuestros cálculos han sido erróneos hasta el momento, Katrina y yo, seguimos en el show de la pareja perfecta por tiempo indeterminado ya que cada vez que el abuelo está por dar el salto, por dar el pasito, llega Jesús, todos sus santos, el mejor médico de Estadosunidoslandia a darle más tiempo con nosotros y esa herencia no se reparte a la parejita feliz, la que, en los 3 primeros segundos de el sensible fallecimiento del vejestorio, se separará de la forma más absurda y se irá, cada quien y sin hijo ni matrimonio de por medio, con un buen pan bajo el brazo.

lunes, 27 de octubre de 2014

Replanté, y no un arbolito.

El primer evento que tuve la mala suerte de vivir fue un 27 de agosto. Eran alrededor de las 11 am y estaba en mitad de Paseo de la República cuando sucedió. La cosa fue simple, un estruendo en mi pecho, un zumbido en mis oídos y de pronto mi mejilla tibia en el pavimento helado en medio de autos ruidosos y personas apresuradas. Esto cambió muchas cosas en mi vida, quiero decir, me hizo ver que las cosas que había estado haciendo las hacía para otros y no para mí. Siempre trataba de hacer feliz a los demás sin darme cuenta de que primero era lo que yo deseaba y si esto no ocurría así pues qué lástima pero adiós.

Recuerdo abrí mis ojos en un lugar de paredes blancas y me sentía extraño. Fue un 29 de agosto, me hice la pregunta cliché si me había muerto, en cuyo caso estaría realmente jodido porque estaba, evidentemente, en las puertas del paraíso y sería inevitablemente juzgado por San Pedro, un barbón de metro ochenta que antes era pescador y ahora se gana los frijoles dándosela de Ana María Polo, y dado mi historial de herejía y blasfemia, sería enviado directo al infierno. Desde ese lado del camino el arrepentimiento y la búsqueda de la redención no se veía tan absurda. No puedo negar que yo me catalogaría como esa clase de ateo que desearía con toda su alma que Dios y todo el circo del cielo existiese. ¿Quién no quisiera vivir para siempre siendo feliz en el cielo luego de hacer el bien aquí en la tierra? ¿Quién no quisiera que los seres queridos les dure toda una eternidad? ¿Quién no quisiera conocer lo que mañana, al dia siguiente de su partida al otro mundo, ocurra? He de aceptar que desearía que Dios exista pero lamentablemente no creo en él. No creo que exista y, de un modo u otro, aunque él existiese, ya estoy bien jodido porque Dios perdona todo mientras el culpable se arrepienta, menos la herejía. "Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada." (Mateo 12:31).

Cardiopatía congénita, era yo el primero de la familia, un pionero, el aventurero, el que siempre quería estar adelante y las únicas cosas que se llevaba primero eran las enfermedades al corazón. Doctor, ¿las penas del corazón también me pueden causar una cardiopatía? Pregunté con tono sincero que fue entendido como irónico y aunque ya sabía la respuesta quizás debía hacerse algún estudio que demostrara lo contrario. Ya saben "the luck I've had can make a good man turn back". Buen humor, diagnosticó el doctor como reporte del casi muerto. 

Desde aquel día muchas cosas cambiaron y habrá quienes no lo entiendan y no sepan el porqué de ese cambio. Me gusta la hora de mis dulces. He aprendido a tomar 20 pastillas en un solo sorbo de agua. El doctor dijo que esos caramelos que debía ingerir serían una patada al hígado y es aquí en donde agradezco haber llevado la fiesta en paz con mis entrañas, las adoro, ya quisiera algún humano normal, común y silvestre tomar 20 pastillas a cada rato y solo tener una primera y última crisis hepática que duró apenas dos días y luego seguir con un hígado valiente, hidalgo, avezado, y listo para la acción como el mío que lo ha demostrado en todo momento.

Cambié varias cosas desde aquel día, me replanteé muchas y para mi pesar abandoné otras. Quizás sin este pequeño malentendido cardíaco seguiría intentando llegar al sol aunque mis alas se vuelvan a quemar. Seguiría pensando que no hay otro modo, otra forma, y que los esfuerzos de mis ambiciosos planes, tarde o temprano y para bien o para mal, me llevarían, maltrecho, asfixiado y agotado al tan ansiado, glorioso y quimérico premio.