domingo, 30 de marzo de 2014

Querendón, amable y bonachón.

Era de noche y María Elena estaba dormida cuando sucedió; con ocho meses y medio el mocoso ya quería venir a este mundo. Los dolores empezaron y María Elena  no se acobardó ni se amilanó; tomó su cartera, tomó sus llaves y salió a su suerte a la calle pero con el ímpetu y la agallas de un mismísimo soldado espartano en medio de la batalla.
Salió a la calle; eran de madrugada, de madrugada este mocoso malcriado quería nacer. Caminó con calma hacia la avenida que se encontraba casi desolada; pero dicen que los milagros existen y contra todo pronóstico un patrullero de la tan mal vista Policía Nacional del Perú apareció.

—Gómez, ¿y esa mujer?

—No lo sé jefe, me voy a parar.

—Señora, ¿qué pasa?, ¿necesita ayuda? —exclamó el capitán Cáceres.

—Se viene mi hijo. Se viene mi hijo —respondió María Elena con premura.

—¡Suba!, ¡suba!, señora —dijo Cáceres.


Y por primera vez en mi vida me sentí orgulloso de la Policía, qué labor tan noble, no los pueden reprimir por cobrar una coimita de vez en cuando, o de andar mareaditos en sus patrulleros. Cualquier día por andar persiguiendo malhechores les cae un disparo y ¡zaz!, se les escurre la vida de las manos, se van quedando sin fuerzas y se van desvaneciendo en el frío asfalto de la calle desafortunada. 

—Jefe, y... ¿a dónde vamos? —dijo Gómez.

—¡A la maternidad pues! ¡A la maternidad de Lima! ¡Avance!, ¡arranca!


María Elena era una mujer de armas tomar y no iba a permitir que ese mocoso malcriado, prepotente, inoportuno, y precoz llegue a la vida en una patrulla de la honorable Policía Nacional del Perú.
Eran tiempo difíciles en el Perú y el rimbombante nuevo plan de potenciación de la policía aún no había llegado a estos dos audaces efectivos por lo que, como nadie se esperaba, el motorcito bullicioso y petroleró murió.

—¡Putamare!, ¡se apagó el motor! —proclamó Gómez con angustia.

—Más respeto Gómez. ¡Más respeto con la señora carajo! 

—Voy a llamar por radio, mi comandante.

—¡Qué radio ni nada! ¡Bájese y pare un taxi! ¡Apúrese! No se preocupe señora; le doy mi palabra de que todo va a salir bien.


No importa cuán espartano seas, un parto es un parto, y esto le estaba pasando factura a María Elena quien ya empezaba a asustarse porque el tiempo pasaba y la vida no podía estar, aparentemente, más en su contra.

—Dígame, jefecito. ¿En qué le puedo servir?

—Tenemos una emergencia y no hay patrulla. Hay que llevar a una señora a la maternidad porque se viene su hijo. 

—¡Gómez!

—¡Sí mi capitán!, que venga la señora.


María Elena se paró, se quejó, se subió al asiento de atrás y miró al taxista con desconfianza, agarró con ganas sus pertenencias y, al parecer, se resignó de su suerte. Esto lo notó Cáceres y como buen oficial no lo ignoró.

—Gómez, acompañe a la señora y al señor hasta la maternidad. No se va hasta que nazca el chibolo. Yo me quedo con la patrulla. ¡Apúrese, señor!

—¡A sus órdenes mi capitán! —En unísono el taxista y Gómez.


Y esta fue la segunda vez en mi vida que me sentí orgulloso de la Policía. Pero al lado de María Elena los dos agentes eran un par de pusilánimes cobardes y facilistas. Ella había sido paciente público de tal espectáculo de mala suerte y cosas del destino. Pero desde ya María Elena le daba a entender a este mocoso malcriado que él haría lo que ella dijera y no lo que él quisiera hacer y así el niño lo entendió.
Un taxista, un agente de la Policía, un niño caprichoso que aún no nacía y María Elena juntos viajando raudamente por la vías húmedas, gloriosas, malaventuradas de la cuidad y luego de algunas y otras vicisitudes que en esta historia no contaré todos llegaron a la Maternidad de Lima. 
La recibieron en camilla enfermeros y enfermeras listos para la acción —no puedo negar que uno que otro parecía poco sobrio por el efecto secundario de las tazas de café propias de los nuevos que quedan de guardia durante las noches hospitalarias  y luego de una laboriosa, gloriosa y larga jornada; un sábado siete del mes de Otubre del año 1995 nació un suertudo, robusto, saludable, querendón, amable, bonachón, buena gente, iluso, gracioso y muy buen mozo muchacho llamado, hoy en día, Valentino. Gracias, totales.





miércoles, 19 de marzo de 2014

Últimos días.

El frío que pasaría en la calle. Los días que será ignorado por este mundo loco y acelerado. El amor que le faltará recibir, el amor al cual estaba tan acostumbrado. La comida en croquetas o las de mi propia olla que ya no llegará a saborear. La vida acomodada de ese bribón se le escaparía de las patas solo porque el ama salir a pasear solo. Todo eso pasaba por mi cabeza mientras caminaba por la calle casi ciego, no sé si por mis problemas de visión y la obscura noche o mis ojos llenos de agua. 

Eran las 11 P.M. de un domingo funesto, moribundo, frío y solitario de invierno. A las 10.30 P.M. había notado que mi pequeño hermano canino —sí, porque el perro no es mi mascota, es mi hermano, es mi sobrino, es mi hijo, es parte de la familia, es parte de mi familia— no estaba en casa. ¡La cagada! Lo más seguro es que mi padre lo haya dejado salir. Lo más probable es que esté hueviando por algún lugar peligroso, oliendo las miserias de la calle a tan altas horas de la noche. O peor aún, seguro lo han atropellado. Le han dado veneno. Un perro bravo callejero ya le partió la madre. O quizás por curiosear el vecindario ya se perdió.

Le digo a mi hermano. ¡Carajo! ¡No me hace caso! Mis padres ya están dormidos y la mitad de la ciudad también. Agarro mis llaves, me pongo algún trapo encima para combatir el frío y me aventuro a la calle solitaria dominguera. No veo nada, me estoy quedando ciego y la tenue luz del alumbrado público no ayuda mucho. No hay Luna, la Luna es ingrata, es egoísta, solo está ahí para que admires su belleza, no para ser ignorada mientras haces algo, a ella no le gusta ser ignorada, o la admiras o se va. 
Mientras camino por la calle solitaria voy tomando en cuenta que todo se pondrá peor. Empiezan a aparecer las miserias y las criaturas transformadas que oculta la noche. Me da miedo, me siento inseguro y vulnerable pero nada de eso cuenta si es por mi perro, por mi hermano, por mi hijo. Sigo caminando, hay niebla y solo me acompañan malas almas en vivos y las otras malas almas que quizás esta avenida acoge desde hace mucho tiempo.

Mis ojos se ponen llorosos y empiezo a imaginar los últimos días de mi perro, soy un fatalista del demonio los días preguntándose por qué nunca fui por él. Últimos días en que recordará los buenos momentos. Días en los que pensará que lo he traicionado sin saber que yo lo buscaría cada día de mi vida sin desfallecer. Y con esos últimos días también llegarían sus últimas noches, noches en las que él soñaría con nosotros, con mi familia, con los momentos en que yo llegaba a casa y él me recibía con la alegría más sincera que un ser vivo podría brindar, porque ellos son los seres más sinceros y reales que pueden existir, porque ellos no saben de mentiras o del rencor, porque bien dice el dicho: "Los perros viven menos que los hombres porque ellos nacieron sabiendo amar".
Llego a un punto muerto, me sobrecoge un temor hasta los huesos y me digo que he fracasado, que soy un traidor, que le he fallado al ser que tanto me ama. Doy la media vuelta y empiezo a visualizar la odisea que me espera, que aunque me digan que ya no lo busque yo lo seguiré buscando, que esto sería un punto de quiebre total en toda mi vida y que nunca podré reponerme de esto, que con mi perro perdido se murió una parte de mí. 

Regreso sin fuerzas a casa, a preguntar si mi hermano me quiere ayudar. Abro la puerta y subo las escaleras, miro a mi hermano, ya son las 12:05 A.M., mis mejillas rojas acusan mis ojos llorosos, y le digo  No encontré al perro Ya llegó, ¡huevón!— responde mi hermano. ¿Qué? ¿Cómo?— le digo sorprendido Vino hace un rato y empezó a ladrar en la puerta, como siempre—. El alma me regresa al cuerpo, mis ojos llorosos se secan casi mágicamente, siento que mi cuerpo es liviano otra vez. Lanzo un silbido cuidando que mis padres no lo puedan escuchar y él sale desde debajo de mi cama. Lo abrazo con fuerza, le digo que es un pendejito, le pregunto por dónde estaba, él no habla pero me mira y parece decir "Estaba cerca, no te preocupes, no seas huevón, yo te soy fiel, no me voy a ir, no te voy a dejar". Te quiero perrito, te quiero hermanito, te quiero hijito, te quiero papá, nunca te vayas, nunca me dejes, eres parte de mi vida y te quiero demasiado, y si algún día te debes ir hazlo cuando estés viejito, vete al paraíso de los perros y desde ahí cuídame y acompáñame, porque si bien no creo en Dios y quizás no tenga derecho a ir al cielo tú sí lo tienes porque eres puro, porque eres amable, amablemente fácil de amar, y yo te amo, te quiero amigo mío. Te amo Titotín. Ya deja de ser tan pendejito y no te me pierdas así.





sábado, 22 de febrero de 2014

1997

Marcelina era madre de dos niños y ya se venía el siguiente. A los dos primeros los había dado de pie, los había dado como ella sabe pero este tercero era caprichoso. El tercero se había puesto la corbata, se había puesto majadero, se había puesto malcriado. 

 Señora no se preocupe, nosotros la ayudamos. dijo la asistenta social

Marcelina no confiaba en ellas, ni en la bola de personas con chaleco naranja que había llegado de la capital. 

 ¡No mamay!, ¡aquicito no más!, ¡aquicito no más! decía Marcelina, pero la asistenta insistió.

 Señora, se va a poner mal, suba, rápido, de una vez

Se llevaron a Marcelina en una camioneta, saltando y dando galopes a través de la trocha. 40 minutos tardaron en llegar a la posta, los 40 minutos más terroríficos en la vida de Marcelina.
La llevaron a una salita pequeña, pintada de celeste tétrico que asemejaba a muerte y junto a unos doctores que jamás le dijeron nada. La metieron en una cama y el trámite empezó, Marcelina desmayó y horas después despertó. 

 ¿Qué van a hacer mamita? ¡Asi no más, ya me voy a mi casita, denme a mi wawa !¡No hagan eso! 

 Solo te vamos a hacer una limpieza, no te pongas necia y firma aquí. 

 ¿Qué es esto? ¡Yo no leo mamay! ¡Yo no leo! insistió Marcelina—. 

 ¡Solo pon tu nombre y no jodas, hazlo o no tendrás a tu bebé! 

 ¿Qué es esto mamay? ¡No entiendo nada! 

 Si no fueras tan ignorante sabrías lo que es, ¡firma!

Marcelina firmó a la fuerza. No sabía qué era eso, solo puso, de forma paupérrima y deficiente, su nombre, y mientras terminaba de firmar le acercaban un tubo transparente a la boca. La sedaron, la durmieron y prosiguieron. Marcelina había despertado unas horas después, aún tenía lágrimas en los ojos, y ahora el dolor era mayor en su vientre. 

 ¿Dónde está mi urpi, mi wawita?, ¿dónde está mi churi?, ¡Justino! ¿Qué ha pasado? 

— ¡No lo sé Marci!, ¡no lo sé!, ¡perdóname por favorcito!, ¡perdóname!

Le reclamaba a su esposo que acababa de llegar. Tenía la esperanza de que él supiera qué estaba pasando, de que él supiera qué era ese papel que acababa de firmar, pues él era el que sabía leer. Ninguno sabía lo que había pasado, ninguno sabía qué le habían hecho a ella ni a su niño.
Marcelina había sido parte del "Plan de salud pública" del gobierno de Alberto Fujimori en el año 1997. A ella y a muchas otras mujeres de zonas rurales del país se les había quitado el don de la vida, se les había quitado el derecho a elegir, se les había quitado casi toda la dignidad.
Fujimori no quería acabar con la pobreza, Fujimori quería acabar con los pobres.






viernes, 14 de febrero de 2014

À la recherche du temps perdu.

Había aprendido a ser seria desde pequeña, y a sus cortos 16 años parecía ya una sabia, una tipa con los pies en la tierra, una persona que sabía lo que quería y lo lograba porque ella lo decidía así. Era muy diferente a las demás chicas de su edad y su apariencia inocente y mente maquinadora le había dado muchas cosas buenas, resultaba, funcionaba y esa mezcla no la iba a dejar jamás.
Le apasionaba escribir, escribía como los grandes. Escribía como los verdaderos hombres y mujeres abocados a escribir, no como el que está tecleando estas lineas. Pero a pesar de su gran talento nunca nadie había leído sus escritos. Se los guardaba, se los guardaba para ella sola. Nadie sabe con exactitud por qué, quizás porque las personas descubrirían que detrás de esa figura lozana e inocente existía una gran mente sagaz, suspicaz y amenazable que se escondía de la luz o porque en esos escritos había demasiado de ella y eso le hacía sentir vulnerable. Cuando uno escribe es inevitable dejar algo de sí mismo, es inevitable dejar pistas de lo que uno es, de lo que uno piensa y de lo que hay muy en el fondo de uno y eso ella lo sabía perfectamente. 
Faltaban varias semanas antes de que el verano termine y el chico "À la recherche du temps perdu"  había regresado, había reaparecido y con él, las ganas de ella de querer más. Pasaron los días y retomaron las absurdas, largas, pero aún así, entretenidas conversaciones sobre cosas sin sentido, cosas sin fin, cosas que nadie sabe de dónde salieron. Ellos sabían cómo esquivar, escapar, y sortear un comentario sin salida, lo hacían muy bien y la única razón por la cual cesaban era la caída de la noche. El sonido de grillos y demás criaturas nocturnas que acampaban fuera de la ventana en el pequeño jardín de la calle barranquina anunciaban el final de la jornada y, en contra de sus voluntades, era hora de terminar. 
Los dos eran algo diferentes, pues no compartían gran cantidad de cosas, pero como dicen por ahí: "Un rompecabezas no se arma con partes iguales, sino complementarias" y esto, por supuesto, no era para nada problema. Solo había algo que ellos, independientemente el uno del otro, amaban: "Quelqu'un m'a dit" de Carla Bruni. La vida era mejor cuando ese tema sonaba. La vida era mejor cuando esa canción sonaba y los dos la intentaban cantar en francés maltrecho, francés que solo ellos, novatos en la lengua, podían entender. 
Los días pasaron, las tardes llegaron, los bichos sonaron detrás de la ventanas y aún así ellos seguían iguales. No pasaba el tiempo, no se perdía ni un peñique de interés, de sentimiento, de apego, apego que se sobreentendía pues ninguno había dicho nada, ninguno se había atado, ninguno había preguntado ni insinuado nada, pues todo estaba sobreentendido, pues todo estaba premeditado.
Terminó el verano y el chico "À la recherche du temps perdu" se había ido, había desaparecido así como desapareció hacía unos meses atrás. Nada fue claro. Los arrepentimientos no tardaron en llegar y las preguntas que no se hicieron se quedaron en el camino. Lo absurdo, absurdo era y se debía acabar en segundos, sin meditación, sin salidas, sin escapes, sin desperdiciar palabras. Los bichos chillaban, sonaban, molestaban, eran molestos y había llegado la hora de desaparecerlos, callarlos, silenciarlos, exterminarlos. El jardín se marchitó, se puso amarillo, se murió. Lo diferente era peligroso, complicado, lo diferente era una amenaza de lo conocido, lo establecido, y lo bien sabido. El francés era difícil, ininteligible, invocalizable, insospechable e insoportable. Lo bueno dejo de serlo y devino en el recuerdo de lo que no pasó, de lo que no existió. El tiempo pasó raudo, monótono, igual, rutinario, lo sobreentendido se desentendió totalmente y lo vivido se difuminó rápidamente. 
Se había ido y había que recoger lo que quedaba, ocultar lo que sobraba y maquinar como se debía. Había que ir en busca del tiempo perdido.



martes, 21 de enero de 2014

Sapos y culebras, el más allá y caminar.

El tipo se acaba de sentar, interrumpe mis pensamientos hacia la ventana, mis ilusiones del futuro, mis planes, algunos buenos y otros maléficos, planes que, quizás queden en eso, planes. Lo miro sin sobresalto, lo miro sin mucho teatro, es un hombre viejo, mal acabado, mal vestido, es un hombre pobre. No me molesta su presencia, mientras no me moleste no tengo problema en compartir el asiento del bus, no me quejo, si no me gusta me compro un carro, no puedo comprarme un carro así que no me quejo.
El chofer maneja raudamente, sin prudencia, sin pensar en mañana, mañana te mueres y ¿quién le dará de comer a tus chanchitos, a tus niñitos?, que quizás son 4 o 5, y que seguro que les das su merecido porque eres un mal padre y no sabes cómo criarlos. Soy mal pensado, me imagino lo peor, soy desconfiado y por eso pienso eso, me dolería aceptar que ese hombre al volante le da una niñez feliz a sus niños. Soy rencoroso, rencoroso con todos y también conmigo, pero no digo nada, me aguanto, no me quejo, soy el buen Valdemar, el que nunca dice nada, el siempre bien dispuesto. 
Pasaron pocos segundos y ya huele raro, huele a muerte, es típico, los enemigos del jabón ya empiezan a notarse, a aparecer. Sigo igual no me quejo, no sería caballeroso, esa gente hace lo que puede, tampoco puedo quejarme conchudamente, ¿quién nunca a obviado el baño matutino por frío o pereza?, ¿quién nunca ha sido traicionado por su agente antitranspirante?, Rexona sí te abandona, te abandona y te deja embarazado, empachado, relleno y rebosante de olores listos a salir.
Los olores siguen y, para amenizar la jornada, sube un joven vendedor de chucherías, tiene envuelto en un brazo una quena y sostenida con las dos manos un charango, qué artístico, qué talentoso, es muy difícil tocar dos instrumentos al mismo tiempo, lo admiro, me quedo huevón, miro su habilidad, miro cómo hace lo que sabe hacer, música, música para mis aburridos oídos, música de acá, música de mi país, me conmueve, me gusta, me convence, logra su objetivo, me saca unas monedas, el problema es dar monedas cuando uno mismo casi ya no las tiene pero no importa, después de mirar todo su show sería una mezquindad no darle lo que busca.
Ya casi llego a mi destino, me toca bajar, me toca pararme y escudriñar mis bolsillos, a ver si nadie me sacó nada, a ver si mis monedas siguen ahí. Permiso, vejete, ya me voy, ya me bajo, se acabó el chiste, muévete, pero no muevas los brazos, no quiero oler tus miserias. Avanzo, le digo al conductor "esquina que viene bajo" con voz de macho, con voz de malo, de amargado, para que me deje donde quiero y no se pase cuatro cuadras más y me obligue a caminar en este inmundo sol. No me mira, solo afirma con la cabeza, no importa, solo no te choques, no hagas nada estúpido, quiero llegar a mi casa sano y salvo, no quiero terminar en un hospital botando sapos y culebras por la boca, o peor aún, no quiero terminar en el más allá, solo déjame bajar y no me hagas caminar.




lunes, 30 de diciembre de 2013

El gusto de soñar.

No sabía lo que pasaba, no sabía por qué es que estaba bajando esos escalones agarrado de la mano de aquella chica. La chica no era el problema, el problema era otro.
No recordaba cómo había llegado hasta ese lugar lleno de gente extraña que los miraban con alegría, que los aplaudían, que los admiraban. Se sentía confundido, pero al voltear la mirada y ver que era Xiomara la que lo tomaba de la mano se sintió aliviado, se dio cuenta que, por lo menos, no estaba tan perdido como él pensaba, al menos había encontrado un rostro conocido.
El problema del momento no era ella, era él, tenía solo 18 años y esto que pasaba no estaba bien. Siguieron caminando hasta salir de la mirada de los demás y una vez solos, ella lo miró con gesto de duda y él también, como diciendo "¿qué pasa? ¿por qué lo hicimos?" se rieron juntos, no sabían lo que pasaba.
Se resignaron, se alegraron, y se preguntaron qué seguía. Era obvio lo que seguía pero tenían miedo, eran cobardes, eran indecisos, nada de eso estaba en sus mentes antes de, y por eso no lo hicieron, a pesar de su soledad.
Se miraron otra vez y se sentaron, hablaron con la mirada y se entendieron con el gusto, con el gusto de su compañía, con el gusto de su ilusión, con el gusto del futuro imposible que se avecinaba, con el gusto de casarse, con el gusto de soñar.


jueves, 19 de diciembre de 2013

Navidad.

La navidad, las luces, los villancicos en redes de luces multicolores que antes amaba ya no se sienten como antes. Ya crecí, ya no me llena de ilusión y tranquilidad, ya no siento ese aire especial al lado de mi ventana, aún así, es especial, en mi casa no hay árbol ni nacimiento, acá todos parecen ateos, todos están amargados - yo no, por supuesto, que a mí no me jodan - a pesar de que yo soy en único. Ya no importa la noche del 24 ni sus consecuencias. Ya no importa correr a comprar un pavo o un lechón para la noche buena, tampoco su respectivo aderezo ni horneado. Ya no importa buscar la caja blanca de el mismo árbol navideño de toda mi vida, es el mismo árbol, es el mismo que armaba junto con mi hermano y mi madre en ausencia de mi padre cuando mi hermano y yo éramos unos niños, cuando mi hermano y yo aún parecíamos parientes, cuando aún jugabamos en la sala o veíamos televisión. Ya no importan las bolitas navideñas de colores que se caían de las ramas artificiales del arbolito. Ya no importan los clásicos adornos de Coca-Cola, esos que venían en forma de Papa Noel o de oso polar disfrutando de una Coca-Cola en el polo norte - ¡qué incoherencia! un oso tomando una bebida helada como tal - . Ya no importa colgar la red de luces multicolores en la ventana, poniendo clavitos provisionales en la parte superior de toda la ventana. Ya no importa la corona verde de la puerta, y si importa, es un logro que nadie se la lleve. Ya no importa buscar la caja del nacimiento, ni desembolver y desempolvar las figuritas en yeso que yacían entre periódicos de hace un año y que ahora, una vez más, acompañarían a Jesús en su establo miniatura de madera. Ya no importa pegar los papeles verdes con manchas de pinturas de todo color con cinta adhesiva en un lugar especial de la casa para que simulen las estribaciones alrededor del humilde establo. Ya no importa comprar panetón para los días venideros, si nadie te regala un panetón, nadie se digna a comprar uno. Ya no importan las letras de Los Toribianitos, esas clásicas letras en esas voces chillonas que nos acompañaban a todos lados. Ya no importa la navidad, ya nadie aquí se acuerda de ella, yo sí, pero con nostalgia, la recuerdo porque en la navidad es en donde más recuerdo mi infancia, no sé por qué la recuerdo, fue malísima, pero quizás sea porque ahora todo es tan recto y aburrido, todo es tan formal, todo es tan acelerado y preocupado, todo es tan dinero y tiempo que ya nadie camina, sino todos vuelan.

Todos esperan la Navidad, todos la recuerdan pero aquí solo es una fecha de descanso, una pausa, todos hacen una pausa, todos se detienen para celebrar - casi por obligación - que llegaron a la navidad. La vida no se mide en años, la vida no se mide en días, la vida se mide en navidades, se mide en las navidades que verás, en las que estás por ver y en las que ya no llegarás a ver. La vida se mide en la veces que reíste de ilusión y luego las veces que viste tu risa en la cara de otro niño una vez que ya creciste y para ti la navidad ya no es tan mágica y especial como era antes. La vida se mide en las veces que recibiste calendarios y los guardaste enrrollados para el siguiente año. La vida se mide en las veces que llegó la navidad y recordaste las buenas épocas que viviste en las anteriores navidades. La vida se mide en las noches que resististe con determinación hasta las 12 o las que quedaste dormido y nadie te avisó; siendo un niño, y luego en las noches que llegaste sin dificultad a las 12 porque ya estabas bien adoctrinado en eso. La vida se mide en las veces que fuiste al mercado con tu padre o tío a comprar cohetes para las 12 a pesar de que tu madre lo prohibió. La vida se mide en las veces que tu abuela te regaló medias, o chompas hechas por ella misma. La vida se mide en las veces que te asustaste, luego admiraste y luego fuiste indiferente a las explosiones pirotécnicas según pasaban los años. La vida se mide en las veces que perdiste la cabeza con tus amistades en vez de estar al lado de la familia - la navidad no es para embriagarte con extraños, es para embriagarte de felicidad con tus familiares - . Y lo más importante, la vida se mide en todas esas navidades, todas esas personas que estuvieron y en todas esas noches, que pasaron, que se fueron, y que ya no volverán nunca más.