domingo, 30 de marzo de 2014

Querendón, amable y bonachón.

Era de noche y María Elena estaba dormida cuando sucedió; con ocho meses y medio el mocoso ya quería venir a este mundo. Los dolores empezaron y María Elena  no se acobardó ni se amilanó; tomó su cartera, tomó sus llaves y salió a su suerte a la calle pero con el ímpetu y la agallas de un mismísimo soldado espartano en medio de la batalla.
Salió a la calle; eran de madrugada, de madrugada este mocoso malcriado quería nacer. Caminó con calma hacia la avenida que se encontraba casi desolada; pero dicen que los milagros existen y contra todo pronóstico un patrullero de la tan mal vista Policía Nacional del Perú apareció.

—Gómez, ¿y esa mujer?

—No lo sé jefe, me voy a parar.

—Señora, ¿qué pasa?, ¿necesita ayuda? —exclamó el capitán Cáceres.

—Se viene mi hijo. Se viene mi hijo —respondió María Elena con premura.

—¡Suba!, ¡suba!, señora —dijo Cáceres.


Y por primera vez en mi vida me sentí orgulloso de la Policía, qué labor tan noble, no los pueden reprimir por cobrar una coimita de vez en cuando, o de andar mareaditos en sus patrulleros. Cualquier día por andar persiguiendo malhechores les cae un disparo y ¡zaz!, se les escurre la vida de las manos, se van quedando sin fuerzas y se van desvaneciendo en el frío asfalto de la calle desafortunada. 

—Jefe, y... ¿a dónde vamos? —dijo Gómez.

—¡A la maternidad pues! ¡A la maternidad de Lima! ¡Avance!, ¡arranca!


María Elena era una mujer de armas tomar y no iba a permitir que ese mocoso malcriado, prepotente, inoportuno, y precoz llegue a la vida en una patrulla de la honorable Policía Nacional del Perú.
Eran tiempo difíciles en el Perú y el rimbombante nuevo plan de potenciación de la policía aún no había llegado a estos dos audaces efectivos por lo que, como nadie se esperaba, el motorcito bullicioso y petroleró murió.

—¡Putamare!, ¡se apagó el motor! —proclamó Gómez con angustia.

—Más respeto Gómez. ¡Más respeto con la señora carajo! 

—Voy a llamar por radio, mi comandante.

—¡Qué radio ni nada! ¡Bájese y pare un taxi! ¡Apúrese! No se preocupe señora; le doy mi palabra de que todo va a salir bien.


No importa cuán espartano seas, un parto es un parto, y esto le estaba pasando factura a María Elena quien ya empezaba a asustarse porque el tiempo pasaba y la vida no podía estar, aparentemente, más en su contra.

—Dígame, jefecito. ¿En qué le puedo servir?

—Tenemos una emergencia y no hay patrulla. Hay que llevar a una señora a la maternidad porque se viene su hijo. 

—¡Gómez!

—¡Sí mi capitán!, que venga la señora.


María Elena se paró, se quejó, se subió al asiento de atrás y miró al taxista con desconfianza, agarró con ganas sus pertenencias y, al parecer, se resignó de su suerte. Esto lo notó Cáceres y como buen oficial no lo ignoró.

—Gómez, acompañe a la señora y al señor hasta la maternidad. No se va hasta que nazca el chibolo. Yo me quedo con la patrulla. ¡Apúrese, señor!

—¡A sus órdenes mi capitán! —En unísono el taxista y Gómez.


Y esta fue la segunda vez en mi vida que me sentí orgulloso de la Policía. Pero al lado de María Elena los dos agentes eran un par de pusilánimes cobardes y facilistas. Ella había sido paciente público de tal espectáculo de mala suerte y cosas del destino. Pero desde ya María Elena le daba a entender a este mocoso malcriado que él haría lo que ella dijera y no lo que él quisiera hacer y así el niño lo entendió.
Un taxista, un agente de la Policía, un niño caprichoso que aún no nacía y María Elena juntos viajando raudamente por la vías húmedas, gloriosas, malaventuradas de la cuidad y luego de algunas y otras vicisitudes que en esta historia no contaré todos llegaron a la Maternidad de Lima. 
La recibieron en camilla enfermeros y enfermeras listos para la acción —no puedo negar que uno que otro parecía poco sobrio por el efecto secundario de las tazas de café propias de los nuevos que quedan de guardia durante las noches hospitalarias  y luego de una laboriosa, gloriosa y larga jornada; un sábado siete del mes de Otubre del año 1995 nació un suertudo, robusto, saludable, querendón, amable, bonachón, buena gente, iluso, gracioso y muy buen mozo muchacho llamado, hoy en día, Valentino. Gracias, totales.





miércoles, 19 de marzo de 2014

Últimos días.

El frío que pasaría en la calle. Los días que será ignorado por este mundo loco y acelerado. El amor que le faltará recibir, el amor al cual estaba tan acostumbrado. La comida en croquetas o las de mi propia olla que ya no llegará a saborear. La vida acomodada de ese bribón se le escaparía de las patas solo porque el ama salir a pasear solo. Todo eso pasaba por mi cabeza mientras caminaba por la calle casi ciego, no sé si por mis problemas de visión y la obscura noche o mis ojos llenos de agua. 

Eran las 11 P.M. de un domingo funesto, moribundo, frío y solitario de invierno. A las 10.30 P.M. había notado que mi pequeño hermano canino —sí, porque el perro no es mi mascota, es mi hermano, es mi sobrino, es mi hijo, es parte de la familia, es parte de mi familia— no estaba en casa. ¡La cagada! Lo más seguro es que mi padre lo haya dejado salir. Lo más probable es que esté hueviando por algún lugar peligroso, oliendo las miserias de la calle a tan altas horas de la noche. O peor aún, seguro lo han atropellado. Le han dado veneno. Un perro bravo callejero ya le partió la madre. O quizás por curiosear el vecindario ya se perdió.

Le digo a mi hermano. ¡Carajo! ¡No me hace caso! Mis padres ya están dormidos y la mitad de la ciudad también. Agarro mis llaves, me pongo algún trapo encima para combatir el frío y me aventuro a la calle solitaria dominguera. No veo nada, me estoy quedando ciego y la tenue luz del alumbrado público no ayuda mucho. No hay Luna, la Luna es ingrata, es egoísta, solo está ahí para que admires su belleza, no para ser ignorada mientras haces algo, a ella no le gusta ser ignorada, o la admiras o se va. 
Mientras camino por la calle solitaria voy tomando en cuenta que todo se pondrá peor. Empiezan a aparecer las miserias y las criaturas transformadas que oculta la noche. Me da miedo, me siento inseguro y vulnerable pero nada de eso cuenta si es por mi perro, por mi hermano, por mi hijo. Sigo caminando, hay niebla y solo me acompañan malas almas en vivos y las otras malas almas que quizás esta avenida acoge desde hace mucho tiempo.

Mis ojos se ponen llorosos y empiezo a imaginar los últimos días de mi perro, soy un fatalista del demonio los días preguntándose por qué nunca fui por él. Últimos días en que recordará los buenos momentos. Días en los que pensará que lo he traicionado sin saber que yo lo buscaría cada día de mi vida sin desfallecer. Y con esos últimos días también llegarían sus últimas noches, noches en las que él soñaría con nosotros, con mi familia, con los momentos en que yo llegaba a casa y él me recibía con la alegría más sincera que un ser vivo podría brindar, porque ellos son los seres más sinceros y reales que pueden existir, porque ellos no saben de mentiras o del rencor, porque bien dice el dicho: "Los perros viven menos que los hombres porque ellos nacieron sabiendo amar".
Llego a un punto muerto, me sobrecoge un temor hasta los huesos y me digo que he fracasado, que soy un traidor, que le he fallado al ser que tanto me ama. Doy la media vuelta y empiezo a visualizar la odisea que me espera, que aunque me digan que ya no lo busque yo lo seguiré buscando, que esto sería un punto de quiebre total en toda mi vida y que nunca podré reponerme de esto, que con mi perro perdido se murió una parte de mí. 

Regreso sin fuerzas a casa, a preguntar si mi hermano me quiere ayudar. Abro la puerta y subo las escaleras, miro a mi hermano, ya son las 12:05 A.M., mis mejillas rojas acusan mis ojos llorosos, y le digo  No encontré al perro Ya llegó, ¡huevón!— responde mi hermano. ¿Qué? ¿Cómo?— le digo sorprendido Vino hace un rato y empezó a ladrar en la puerta, como siempre—. El alma me regresa al cuerpo, mis ojos llorosos se secan casi mágicamente, siento que mi cuerpo es liviano otra vez. Lanzo un silbido cuidando que mis padres no lo puedan escuchar y él sale desde debajo de mi cama. Lo abrazo con fuerza, le digo que es un pendejito, le pregunto por dónde estaba, él no habla pero me mira y parece decir "Estaba cerca, no te preocupes, no seas huevón, yo te soy fiel, no me voy a ir, no te voy a dejar". Te quiero perrito, te quiero hermanito, te quiero hijito, te quiero papá, nunca te vayas, nunca me dejes, eres parte de mi vida y te quiero demasiado, y si algún día te debes ir hazlo cuando estés viejito, vete al paraíso de los perros y desde ahí cuídame y acompáñame, porque si bien no creo en Dios y quizás no tenga derecho a ir al cielo tú sí lo tienes porque eres puro, porque eres amable, amablemente fácil de amar, y yo te amo, te quiero amigo mío. Te amo Titotín. Ya deja de ser tan pendejito y no te me pierdas así.