lunes, 27 de octubre de 2014

Replanté, y no un arbolito.

El primer evento que tuve la mala suerte de vivir fue un 27 de agosto. Eran alrededor de las 11 am y estaba en mitad de Paseo de la República cuando sucedió. La cosa fue simple, un estruendo en mi pecho, un zumbido en mis oídos y de pronto mi mejilla tibia en el pavimento helado en medio de autos ruidosos y personas apresuradas. Esto cambió muchas cosas en mi vida, quiero decir, me hizo ver que las cosas que había estado haciendo las hacía para otros y no para mí. Siempre trataba de hacer feliz a los demás sin darme cuenta de que primero era lo que yo deseaba y si esto no ocurría así pues qué lástima pero adiós.

Recuerdo abrí mis ojos en un lugar de paredes blancas y me sentía extraño. Fue un 29 de agosto, me hice la pregunta cliché si me había muerto, en cuyo caso estaría realmente jodido porque estaba, evidentemente, en las puertas del paraíso y sería inevitablemente juzgado por San Pedro, un barbón de metro ochenta que antes era pescador y ahora se gana los frijoles dándosela de Ana María Polo, y dado mi historial de herejía y blasfemia, sería enviado directo al infierno. Desde ese lado del camino el arrepentimiento y la búsqueda de la redención no se veía tan absurda. No puedo negar que yo me catalogaría como esa clase de ateo que desearía con toda su alma que Dios y todo el circo del cielo existiese. ¿Quién no quisiera vivir para siempre siendo feliz en el cielo luego de hacer el bien aquí en la tierra? ¿Quién no quisiera que los seres queridos les dure toda una eternidad? ¿Quién no quisiera conocer lo que mañana, al dia siguiente de su partida al otro mundo, ocurra? He de aceptar que desearía que Dios exista pero lamentablemente no creo en él. No creo que exista y, de un modo u otro, aunque él existiese, ya estoy bien jodido porque Dios perdona todo mientras el culpable se arrepienta, menos la herejía. "Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada." (Mateo 12:31).

Cardiopatía congénita, era yo el primero de la familia, un pionero, el aventurero, el que siempre quería estar adelante y las únicas cosas que se llevaba primero eran las enfermedades al corazón. Doctor, ¿las penas del corazón también me pueden causar una cardiopatía? Pregunté con tono sincero que fue entendido como irónico y aunque ya sabía la respuesta quizás debía hacerse algún estudio que demostrara lo contrario. Ya saben "the luck I've had can make a good man turn back". Buen humor, diagnosticó el doctor como reporte del casi muerto. 

Desde aquel día muchas cosas cambiaron y habrá quienes no lo entiendan y no sepan el porqué de ese cambio. Me gusta la hora de mis dulces. He aprendido a tomar 20 pastillas en un solo sorbo de agua. El doctor dijo que esos caramelos que debía ingerir serían una patada al hígado y es aquí en donde agradezco haber llevado la fiesta en paz con mis entrañas, las adoro, ya quisiera algún humano normal, común y silvestre tomar 20 pastillas a cada rato y solo tener una primera y última crisis hepática que duró apenas dos días y luego seguir con un hígado valiente, hidalgo, avezado, y listo para la acción como el mío que lo ha demostrado en todo momento.

Cambié varias cosas desde aquel día, me replanteé muchas y para mi pesar abandoné otras. Quizás sin este pequeño malentendido cardíaco seguiría intentando llegar al sol aunque mis alas se vuelvan a quemar. Seguiría pensando que no hay otro modo, otra forma, y que los esfuerzos de mis ambiciosos planes, tarde o temprano y para bien o para mal, me llevarían, maltrecho, asfixiado y agotado al tan ansiado, glorioso y quimérico premio.


martes, 9 de septiembre de 2014

Camila.

Siete de la mañana, entre sobresaltos y empujones había logrado subir al transporte público que lejos está de descripciones quiméricas, mi santo favorito: San Carmelio de Huaya no sé qué cosa, SAC. Para la mayoría de personas esa hora es temprano, para mí y mi viaje de 90 minutos, no.
Mi querido profesor de Teoría Monetaria Internacional, quien es un pan de dios, solo tenía la paciencia de esperar cinco minutos de tardanza antes de convertirse en un ser maligno y sin alma y luego de eso se embarcaba en una clase maestra no de Teoría Monetaria Internacional dirigida a los estudiantes quienes habían llegado a esa "prestigiosa" casa de estudios venciendo un monstruoso examen de admisión sino en una clase maestra de "cómo no ceder antes las miradas afligidas y llenas de falso arrepentimiento que buscan ser absueltos de su condena y piden con muecas extrañas entrar media hora tarde al aula" dirigida a los demás catedráticos quienes no daban importancia a este asunto.
Ya había previsto que no ingresaría a clase ni aunque le vendiera mi alma al mismísimo satanás, ya sabía que terminaría sentadito y bien calladito en las bancas de los pasillos de la facultad y así fue. Se me ocurrió tocar la puerta, tres toques asesinos que interrumpirían su clase y me comprarían su rencor hasta el final de los tiempos.

Buen día, Señor Ponce, ¿lo puedo ayudar en algo? — dijo abriendo ligeramente la puerta.

Ponce de León, es así, completo.

Como sea, buen día, ¿qué desea? — un cordero del señor el muy miserable.

Buen día, Profesor Cisneros, disculpe por llegar tarde, ¿podría pasar? — era extraño que abriera la puerta, algo tramaba.

Mmmmh... Me temo que eso será un problema. — dijo con una tenue sonrisa maliciosa y burlona — ¿tiene usted idea de la hora que es?

Oh, disculpe usted, permítame revisar en mi reloj... ocho de la mañana con 37 minutos. — respondí con sarcasmo.

Exacto, es ya muy tarde, ¿por qué cree usted que debería pasar a pesar de llegar tarde?

En serio, profesor, tuve un problema en el camino.

¡Un problema!, ¡qué terrible!, por favor, podría contarnos lo que viene a ser su muy seguramente bien elaborada historia, quizás alguien aquí le crea y se apiade de usted — para esto él infeliz ya había abierto la puerta del aula en su total capacidad y exclamado llamando la atención de los estudiantes.

Profesor...

Disculpe usted, señor Ponce, necesito dictar mi clase, quizás en la próxima oportunidad pueda no infortunar con su tardanza, ya conoce las reglas, que tenga buen día. — finalizó y cerró la puerta.

Su puta madre tendrá buen día, infeliz— dije como si él siguiera en la chamorra, para mi suerte, las aulas aíslan el sonido.


Luego de esta divertida conversación no tenía otra opción más que esperar las tres horas de aquella clase afuera y, con algo de suerte, abordar a algún desprevenido para que me preste sus apuntes, mujer, de preferencia, ellas tienen el don de los apuntes de clases, y si algún chico tiene el don pues no estaría bien pensar que es una linda mariposa del campo pero yo lo hago. Me puse los audífonos a ver si, de milagro, mi playlist soltaba algún buen tema para el momento y simplemente me senté con cara de "yo no sé nada, el profe no quiere abrir" y me empecé el bello arte de marmotear en la universidad. Luego de un rato me propuse a leer algunos apuntes, a aprovechar el tiempo, a no ser una marmota más y buscando algún apunte entre toda la maraña de apuntes que posee mi mochilita marrón encontré un pequeño cuento, uno que quedo incompleto, uno que no terminé porque, como cada cierto tiempo, me quedo totalmente frío y mi mente no puede escribir nada. Me dispuse a continuarla con cero inspiración, mataría el rato, escribiría y mataría una historia por simple aburrimiento.


¿Haciendo la tarea a último momento? — apareció una voz a la que no tuve la cortesía de dirijgir la mirada.

Esto es la universidad, acá no hay tareas, eso es muy de escolar.

Tienes razón, entonces: ¿Haciendo monografías a último momento?

Bueno fuera que las hiciera a último moment...


Finalmente alcé la mirada y ¡PUM!, en mi sucia vida había visto chica más adorable, o quizás sí, pero hacía mucho que no lo hacía. Se notó mi impresión, mi embeleso, ella lo notó, me quedé cojudo como por dos segundos y luego recuperé la seriedad y la serenidad.

...to, último momento. 

Entonces, ¿qué escribes?, ¿puedo preguntar?

Escribo, un cuento, creo, no sé, no estoy seguro.

¿Escribes? No tienes pinta de persona que escribe.

Se les dice escritores. — Le dije con una sonrisa para suavizar mi tono burlesco.

No, no eres un escritor, eso no lo decides tú, creo que eres... a lo mucho un escribidor. — puso seriedad al asunto.

¿Insinúas que mis cuentos son malos? — fingí enfado.

No necesariamente. ¿De qué habla es tu cuento? — volviendo a ella esa aura de encanto.

Es una pequeña historia que narra las vivencias de alguien en la propiedad de su abuelo.

¡Aburrido!, ¿pasa algo extraordinario?, ¿encuentra oro o algo así?

Claro que no, ese alguien tuvo una niñez tranquila. — sonreí ante su ocurrencia, ocurrencia que me parecía difícil de hallar. 

Seguro que hablas de ti, ¿cierto? 

Espera, a todo esto... ¿cómo te llamas? No puedo seguir contándote sobre algo tan importante sin saber tu nombre.

Emm... ¡es cierto!, Camila. ¿Tú?

Luciano.

Muy bien, Luciano y dime: ¿eres tú el del cuento?

Jamás lo sabrás, me gusta el beneficio de la duda.


Se paró repentinamente del asiento, su cabello rizado saltó con ella, repartió su aroma en el lugar y caminó algunos pasos, y luego de unos segundos volteó.

¿No vendrás?

Em... ¿A donde exactamente?, Camila.

No lo sé. Solo ven, ¿no estarás pensando quedarte en este pasillo frío y desperdiciar el sol de la mañana?

La verdad es que soy medio vampir...

¡Apúrese, Luciano!

Me levanté, la seguí, ella cada segundo más adorable que el anterior, yo cada segundo más extrañado que el anterior, salimos del edificio y el sol tibio arrulló mi rostro. Ella se detuvo, una brisa movió sus rizos a los que ya me estaba habituando me miró, miró hacia su derecha y luego hacia su izquierda, levantó un brazo señalando a una banca en medio de los árboles que ofrece la ciudad universitaria cual niña en medio del parque y dijo: "allá", caminamos hasta aquel lugar y lo demás... lo demás es historia.









miércoles, 13 de agosto de 2014

Aquí todos nos cuidamos, aquí todos nos queremos.

¿Milagros médicos? En mis 16 años de carrera solo pude advertir de uno, solo uno; y ni siquiera estoy seguro de que haya sido un milagro. Creo que fue, más bien, una singularidad médica. Las singularidades médicas no son milagros sino partes obscuras que nosotros, los buenos samaritanos curalotodo no podemos ver llegar, no prevemos y que, simplemente, hacemos que no pasó nada ahí.

Recuerdo hace como cinco o seis años a una pareja de esposos que llegó al hospital, ella con cefalea y él con un temor por la salud resquebrajada de su mujer. Tenía, según ella, un persistente dolor de cabeza y mareos. Se le administró aspirina. Pronto tuvo que asignarle una cama y estuvo bajo observación. El hombre dijo que estaba muy preocupado y ese tipo de cosas, decía cosas que no recuerdo que eran irrelevantes para el caso pero mencionó, en algún punto de su exuberante declaración, la palabra "cigarro". En es historial médico nada fuera de lo normal, algunas gripes, una intoxicación y algunas otras cosas menores. El esposo relató que ella había experimentado, recientemente, frecuentes síncopes siempre precedidos por dolores de cabeza, esto fue lo que lo llevó a traerla de emergencia. Efectivamente era fumadora y lo pude notar por su decolorada dentadura, cabello reseco, piel algo pálida, lo de siempre. Se ordenó exámenes de sangre y orina, y se ordenó una angiografía cerebral y luego de que las imágenes fueran analizadas por un equipo se llegó a lo peor: tumor maligno, en otras palabras, cáncer cerebral no metatástico, este es el "chico malo" de los cánceres, la gran mayoría son no operables y mucho peor aquí en nuestro lindo Perú que hasta un carnicero hace mejores cortes y tienes manos más firmes que los cirujanos que envía el estado, pero bueno: este, por suerte, sí era operable aunque antes debíamos aplicar la incomprendida y odiada radioterapia.

Me tocó informárselo al esposo y aunque había salida este casi se muere, poco gallardo de un esposo, no quiero parecer malo —aunque lo soy— pero "pusilánime" me pareció la palabra correcta. Hay quienes viven una vida normal, sin grandes apuros, en la rutina, en su trabajo, con sus hijos, pareja, los domingo familiares, alguna que otra salida dejando a los niños con la abuela, haciendo las cosas bien, sin hacer daño a nadie y de pronto viene uno de nosotros, los galenos, los hombres de la salud, los de blanco y les da una noticia desastrosa, una patada al hígado de su alegría, unas cuantas palabras que, en el orden correcto, cambian vidas. Cambiamos vidas y luego, si podemos, las salvamos.

El hombre pronto nos dijo que no era posible y nos dijo que podría ser otra cosa, que él tenía mucha fe y Dios no dejaría que eso pase y bla bla bla, como siempre, su fe lo tenía en vilo, sin creer lo que le decíamos. Un "¡Vamos!, señor, si no iba a creer lo que le decimos entonces debió llevar a su mujer a una iglesia y no aquí." se me escapó en un momento y acepto que un profesional con ética todo ese rollo debe ser respetuoso con su paciente pero esto parece que funcionó, aún así el hombre decidió irse en busca, supongo yo, de ayuda divina.

Días después, Rosita, la recepcionista, —quien en realidad no se llamaba Rosita pero todos le decíamos así porque ella era un de esas personas "privilegiadas" con padres muy creativos, sin miedo a decirlo, un nombre terrible, Candelaria, así que mejor todos y ella misma nos ahorrábamos las penas y, por acuerdo mutuo, decidimos llamarla Rosita— me informó que la mujer del cáncer había sido trasladada al clínica Maison de Santé y que el esposo regresó en la tarde "muy indignado" y no perdió la oportunidad de quitarse en manto de pusilánime y acusarnos de ser unos médicos de cartón, no ser profesionales y de ser unos incompetentes médicos que, según Rosita en estas mismas letras, ni siquiera se saben limpiar el moco. Bueno, la verdad es que estaba en la cierto, excepto en la parte de que unos incompetentes, acá nadie compite con nadie, acá todos somos hermanitos y nos ayudamos los unos a los otros para que no se nos vaya al otro mundo ningún paciente y si se va, nos ayudamos para que todos salgamos bien librados y sigamos haciendo lo nuestro, con suerte, curar enfermos. Lo que resultó ocurriendo es que alguien, al parecer un médico amigo de la familia, tuvo acceso a las imágenes y al parecer recomendó que hagamos una resonancia mágnetica, lo que el distinguido señor no sabe es que el hospital no tiene esa tecnología del nuevo milenio ya que dependemos del estado y no se pudo realizar, una pena.

Lo que ocurrió finalmente fue que susodicha paciente en realidad —y esta es una algo muy gracioso e inesperado— no tenía un cáncer incurable sino un lindo aneurisma, una obstrucción maliciosa que, ante los ojos del somnoliento equipo de doctores que vio las imágenes se disfrazó, muy hábilmente de algo que no era, como mucho de nosotros, pero eso es otro tema y no viene al caso. Luego de que la mujer fuera operada exitosamente, gracias a Mahoma, el esposo, envalentonado por haber vencido a la muerte prismática y falseada que nosotros le habíamos presentado nos amenazó con demandar a todo el hospital por casi aplicar tratamiento radiológico, y dar un diagnóstico errado.

El fin de esta historia es preguntarnos si los milagros existen, pues, yo, señores, creo que sí, pienso que a veces las cosas pueden cambiar aunque el marcado no esté a favor. ¿Saben? Fue todo y cada una de sus letras ¡un milagro médico! que no nos expulsen de un puntapié en el trasero a nosotros por tener un diagnóstico tan penoso y erróneo.  Bueno, al fin y al cabo en nuestro querido Hospital Alberto Sabogal Sologuren todos somos una linda familia, aquí todos nos cuidamos, todos nos queremos y si alguien la embarra, se equivoca, hace un diagnóstico erróneo, olvida un instrumento quirúrgico en las entrañas de algún paciente durante una colectomía, corta una pierna que no es, cambia los recién nacidos porque no se quiso perder su programa de espectáculos de las 9am o si se le escapa un paciente hacia el otro mundo, nunca faltará un director de la casa que dirá: "Errar es humano, perdonar es divino y a cualquiera le pasa".








sábado, 21 de junio de 2014

El gato Pardo.

El gato Pardo vivía en una quinta Victoriana allá por los 1860 en los albores del Perú independiente. Era muy viejo y tenía un maltrecho aspecto, era lento y parecía muy inteligente, era de color marrón claro y tenía un ojo verde y el otro, extrañamente, azul. Este, siempre posado sobre la gruta construida varios años atrás de San Martín de Porres, observaba con marcada misantropía a todos los integrantes de esta quinta, como si los controlara, como si los supervisara.

Nadie era el dueño de gato Pardo, tampoco nadie sabía de dónde había venido y nadie sabía si Pardo era su nombre o se lo llamaba así porque era, propiamente dicho, pardo. El gato Pardo recibía sus viandas de la caridad de los humildes habitantes de la quinta y, durante la noche, este nunca estaba sobre el lugar habitual. Tampoco se le había visto dormir ni maullar, parecía parte de la gruta, sosegado sobre la roca húmeda y verdosa del sacrosanto rincón.

Había una extraña mujer que cada cierto tiempo venía a visitarlo, lo miraba, lo acariciaba, y luego, así como aparecía, desaparecía. Tampoco nadie sabía quién era ella y a nadie le importaba, los esfuerzos de las personas estaba en comer y trabajar.

Cierto día, al anochecer, se oyó un maullido doloso, de dolor, corto y seco. Por supuesto, nadie se tomó la molestia de salir qué había ocurrido, nadie se preocupó por un gato. A la mañana siguiente, al salir de la quinta, los habitantes, sorprendidos, encontraron al gato Pardo muerto y frío sobre los mosaicos rústicos del la calle recorrida por viejas y escandalosas carrozas. 

Fue entonces que se decidió enterrarlo, él, como integrante del lugar, se había ganado un lugar en el misero corazón de cada uno de los habitantes que a pesar de su notoria indiferencia lo habían tenido presente. Un joven se dispuso a cavar un pequeño agujero y ahí se lo dejó para que pasé al otro mundo. La historia habría quedado ahí si es que algo extraño no hubiera pasado.

Al día siguiente del defectuoso sepelio, y entre el asombro de todos, durante la mañana húmeda y encima de la gruta, el gato Pardo había amanecido, posado, tranquilo, ensimismado y apacible sobre la imagen del santo. Parece que nadie quiso saber lo ocurrido, nadie se lo preguntó, nadie decidió indagar y de eso no se volvió a hablar. Solo una persona trató de saber qué ocurrió, no había duda de que era el gato Pardo pero ¿cómo este había logrado sobrevivir, o mejor dicho, revivir?

Al atardecer, esta persona, en su desesperado intento por la verdad, por el secreto que el viejo felino ocultaba, lo tomó con gran delicadeza y al rodear sus manos entre su gollete, lo apretó y de un modo seco, acabó y apagó la vida del misterioso animal. Lo envolvió en un costalillo de arroz y lo enterró lejos.

Esto fue inútil ya que el gato apareció, una y otra vez ante cada vehemente intento de asesinato. No importa lo que él hiciera, cada vez el gato Pardo retornaba y aparecía ahí, sin recelos, sin rencores, sin miedo a su agresor. 

Es graciosa la razón por la cual les cuento esto, hace unas noches, mientras veía la insípida televisión, el gato Pardo entró por mi ventana, me vino a visitar, se posó sobre la cola del viejo aparato y desde ahí me observo. ¡Oh!, viejo amigo, has venido a verme, mucho tiempo ha pasado desde la última vez y ya te había extrañado. ¿Cómo sé que es el gato Pardo? Simple: los ojos de la víctima y sus secretos revelados durante la noche enloquecida son imborrables ante la mente de fiel y eterno ejecutor.




miércoles, 23 de abril de 2014

Flotando en el aire.

Recuerdo que era una noche de verano, de esas que uno añora con ganas durante el invierno. Estaba con Nadia y mis niños regresando de una reunión familiar. Llegamos a la casa y bajé del auto como ya es costumbre a abrirle la puerta a Nadia, no puedo negarlo, era todo un caballero a pesar del tiempo que habíamos estado juntos Nadia y yo.
Era una bonita noche y corrían las dos de la madrugada; los niños estaban profundamente dormidos. No se les puede pedir mucho a niños tan pequeños y mimados. No pasaban de las 12m y menos sin una dosis de bienaventurado chocolate.
Me acerqué a abrir la puerta pero algo andaba mal. La cerradura había sido forzada y adentro todo estaba muy obscuro. Le dije a Nadia que llame a la policía. Entré a ver qué sucedía y no logre ver a nadie. Revisé en mi habitación, mis pertenecías más valiosas, las joyas de mi esposa y, extrañamente el álbum familiar. Las dos primeras no estaban, se las habían llevado.
Nadia entró y llegó hasta mí. Me dijo que revisaría el baño, le dije que por supuesto que no. Le dije que debíamos salir todos porque podía ser peligroso pero fue muy tarde. Un tipo vino desde la cocina, tomo a Nadia y le apuntó con el arma y mientras todo pasaba aparecía otro tipo de la obscuridad y me apuntó a mí.
Todo salió mal aquella noche, y todo fue mi culpa. Creí poder controlar la situación pero no fue así y recibí un disparo en el abdomen al intentar arrebatarle el arma a uno de esos hombres. Recuerdo estar tirado en el piso y mientras mi vista se nublaba veía cómo aquellos hombres corrían con el botín empujando a Nadia. Me sentí impotente de no poder correr tras ellos y darle lo que se merecían, me sentí impotente de no poder darle tranquilidad a Nadia mientras ella trataba de reanimarme, de despertarme, mientras llamaba a por teléfono a una ambulancia.
Pasaron varios minutos antes de que lleguen las ambulancias pero yo ya no estaba, yo ya me había levantado del suelo y miraba toda la lúgubre escena. Lo comprendí de inmediato, yo estaba a un lado de la habitación y Nadia solo podía ver mi cuerpo que yacía inerte en el frío suelo. Yo solo podía ver como la vida se apartaba de mi cuerpo y daba paso a la muerte fría que solo influye sobre lo físico mas no sobre el alma.
Vi que ella lloraba y mis niños aún seguían dormidos en el auto sin saber que yo había dejado de acompañarlos. Vi que llegaron las ambulancias a mirar mi cuerpo frío y quieto sobre el suelo. Vi que apartaron a Nadia del lugar donde se me escapó la vida de las manos mientras ella miraba sin consuelo cómo los paramédicos trataban de devolverme a mi cuerpo pero no funcionó, yo me quedé ahí, flotando en el aire.
La casa fue vendida y no sé a dónde fue mi familia, los mitos eran ciertos, yo no podía alejarme de mi antigua casa, no podía irme de ahí. A veces suelo ir al parque de al lado de mi hogar y sentarme a ver a los hijos de mis vecinos jugar. A veces suelo regresar e ingresar a mi antigua habitación, justo donde fallecí, y echarme exactamente en el mismo lugar donde mi cuerpo y yo nos separamos a pensar qué hice mal. A pensar por qué cosas como estas suelen suceder. A pensar por qué esto me pasó a mí. 


lunes, 14 de abril de 2014

El tipo de la casa apacible.

Ahora que lo pienso, ya sé lo que quiero, quiero dinero, quiero poder. Quiero dinero para tener poder, el dinero da poder, todo depende de cuan inescrupuloso quieres ser, de cuan frío y calculador puedes ser, de cuanta maldad puedes manejar y contener.
Quiero ser poderoso para hacer lo que me plazca, lo que se me antoje, quiero ser el tipo que está detrás de todo moviendo los medios y acorralando políticos, quiero ser el Gustavo Parker de "La lluvia del tiempo", quiero ser ese Gustavo que le podía a decir al presidente del Perú "estás jodido, por borracho, coquero y pajaroloco". Quizás sea un idea pasajera, quizás se me subieron los humos a la cabeza, quizás ahora me siento algo atado y por eso deseo poder.
Pero, ¿cómo logro poder? o mejor dicho ¿cómo logro dinero que, a la larga, me de poder? Pues solo veo un medio, el sucio, el peruano, el vivaraz, el criollo. Me meto a hacer cosas sucias en la bolsa y termino como Belfort, pero termino libre, salgo del charco en el momento preciso y no me lleno de nada raro la nariz.
Luego se me pasa y sueño con una vida apacible. Sueño con una casa en mi distrito favorito: Jesús María, de lejos, el mejor distrito de esta convulsionada y apresurada ciudad con caminatas incluidas al parque El Olivar. Yo, mi casa en perfecto orden, luces amarillas y tenues, con algo de suerte una chimenea, mi playlist sonando en una tarde fresca mientras sigo bajo de las bendiciones de mis modorrientos columnistas favoritos. Quizás unos canarios que quizás no duren ni una semana porque los dejaría ser libres ante su canto desesperado y un jardín con un árbol donde me pueda trepar y recordar el árbol que perdí hace unos años, años de los buenos, en donde ser feliz era obligación. Periódicos, películas piratas, libros cortos y de líneas ligeras, música, y mis montones de papeles de escritor de media casta, cientos de cuentos que no verán la luz quizás porque sean muy malos y me avergüencen o porque sean muy buenos y no merezcan ser leídos por cualquier fulanito  y mi infaltable refrigeradora llena de comida. La vida apacible, la vida del incógnito sin preocupaciones, sin niños a los que deba entregar parte de mi tiempo porque si algo me aterra es tener que dedicar mi tiempo a un mocosos producto de un "descuido". Soy un cobarde y a duras penas puedo mantener en orden mi vida así que la de un niño a mis espaldas terminaría por destruirme.
Luego me viene la idea del poder otra vez. La idea de tener 50 hijos y que todos sean felices con los montones de dinero que les pueda ofrecer y las casas productos del dinero mal habido que les puedo otorgar. No lo sé. Yo anhelo la segunda. Una casa apacible, periódicos y papeles a montores, luces amarillas y tenues y tardes frescas. No quiero ser Gustavo, no quiero ser Belfort, no quiero decirle cosas feas a políticos ni amenazar a los medios. No quiero ser temindo, quiero ser un buen tipo, quiero que todos me vean como el buen tipo de la casa apacible, el de los periódicos en su jardín y música tranquila y calmante. Ser poderoso y adinerado es una tontería, quiero sentarme en mi tibio sofá luego de un productivo día de trabajo a ser yo y solo yo.
Luego me doy cuenta de que todo eso está en mi cabeza y que no sé qué pasará mañana, me doy cuenta que nadie sabe lo que vendrá y que nadie puede planear nada con total seguridad. A veces pienso que Sartre y su existencialismo son la mera verdad y luego se me da por dejarme llevar por la corriente. Luego pienso que no debería ser tan iluso, que la vida apacible no es para mí, que debería tener todo el poder que desee y luego debería agarrar de las pelotas a medio mundo. Luego suena Tu verano es mi invierno y me enamoro de la vida apacible, de los sonidos sublimes de esa canción, de lo hermoso que son algunos distritos de la ciudad y que hay tanto por ver y tanto por conocer que el dinero lo podría usar para la fogata  que con suerte cabría en mi casita y para conseguir comida, periódicos y todas esas cosa simples de la vida que me hacen feliz.




domingo, 30 de marzo de 2014

Querendón, amable y bonachón.

Era de noche y María Elena estaba dormida cuando sucedió; con ocho meses y medio el mocoso ya quería venir a este mundo. Los dolores empezaron y María Elena  no se acobardó ni se amilanó; tomó su cartera, tomó sus llaves y salió a su suerte a la calle pero con el ímpetu y la agallas de un mismísimo soldado espartano en medio de la batalla.
Salió a la calle; eran de madrugada, de madrugada este mocoso malcriado quería nacer. Caminó con calma hacia la avenida que se encontraba casi desolada; pero dicen que los milagros existen y contra todo pronóstico un patrullero de la tan mal vista Policía Nacional del Perú apareció.

—Gómez, ¿y esa mujer?

—No lo sé jefe, me voy a parar.

—Señora, ¿qué pasa?, ¿necesita ayuda? —exclamó el capitán Cáceres.

—Se viene mi hijo. Se viene mi hijo —respondió María Elena con premura.

—¡Suba!, ¡suba!, señora —dijo Cáceres.


Y por primera vez en mi vida me sentí orgulloso de la Policía, qué labor tan noble, no los pueden reprimir por cobrar una coimita de vez en cuando, o de andar mareaditos en sus patrulleros. Cualquier día por andar persiguiendo malhechores les cae un disparo y ¡zaz!, se les escurre la vida de las manos, se van quedando sin fuerzas y se van desvaneciendo en el frío asfalto de la calle desafortunada. 

—Jefe, y... ¿a dónde vamos? —dijo Gómez.

—¡A la maternidad pues! ¡A la maternidad de Lima! ¡Avance!, ¡arranca!


María Elena era una mujer de armas tomar y no iba a permitir que ese mocoso malcriado, prepotente, inoportuno, y precoz llegue a la vida en una patrulla de la honorable Policía Nacional del Perú.
Eran tiempo difíciles en el Perú y el rimbombante nuevo plan de potenciación de la policía aún no había llegado a estos dos audaces efectivos por lo que, como nadie se esperaba, el motorcito bullicioso y petroleró murió.

—¡Putamare!, ¡se apagó el motor! —proclamó Gómez con angustia.

—Más respeto Gómez. ¡Más respeto con la señora carajo! 

—Voy a llamar por radio, mi comandante.

—¡Qué radio ni nada! ¡Bájese y pare un taxi! ¡Apúrese! No se preocupe señora; le doy mi palabra de que todo va a salir bien.


No importa cuán espartano seas, un parto es un parto, y esto le estaba pasando factura a María Elena quien ya empezaba a asustarse porque el tiempo pasaba y la vida no podía estar, aparentemente, más en su contra.

—Dígame, jefecito. ¿En qué le puedo servir?

—Tenemos una emergencia y no hay patrulla. Hay que llevar a una señora a la maternidad porque se viene su hijo. 

—¡Gómez!

—¡Sí mi capitán!, que venga la señora.


María Elena se paró, se quejó, se subió al asiento de atrás y miró al taxista con desconfianza, agarró con ganas sus pertenencias y, al parecer, se resignó de su suerte. Esto lo notó Cáceres y como buen oficial no lo ignoró.

—Gómez, acompañe a la señora y al señor hasta la maternidad. No se va hasta que nazca el chibolo. Yo me quedo con la patrulla. ¡Apúrese, señor!

—¡A sus órdenes mi capitán! —En unísono el taxista y Gómez.


Y esta fue la segunda vez en mi vida que me sentí orgulloso de la Policía. Pero al lado de María Elena los dos agentes eran un par de pusilánimes cobardes y facilistas. Ella había sido paciente público de tal espectáculo de mala suerte y cosas del destino. Pero desde ya María Elena le daba a entender a este mocoso malcriado que él haría lo que ella dijera y no lo que él quisiera hacer y así el niño lo entendió.
Un taxista, un agente de la Policía, un niño caprichoso que aún no nacía y María Elena juntos viajando raudamente por la vías húmedas, gloriosas, malaventuradas de la cuidad y luego de algunas y otras vicisitudes que en esta historia no contaré todos llegaron a la Maternidad de Lima. 
La recibieron en camilla enfermeros y enfermeras listos para la acción —no puedo negar que uno que otro parecía poco sobrio por el efecto secundario de las tazas de café propias de los nuevos que quedan de guardia durante las noches hospitalarias  y luego de una laboriosa, gloriosa y larga jornada; un sábado siete del mes de Otubre del año 1995 nació un suertudo, robusto, saludable, querendón, amable, bonachón, buena gente, iluso, gracioso y muy buen mozo muchacho llamado, hoy en día, Valentino. Gracias, totales.





miércoles, 19 de marzo de 2014

Últimos días.

El frío que pasaría en la calle. Los días que será ignorado por este mundo loco y acelerado. El amor que le faltará recibir, el amor al cual estaba tan acostumbrado. La comida en croquetas o las de mi propia olla que ya no llegará a saborear. La vida acomodada de ese bribón se le escaparía de las patas solo porque el ama salir a pasear solo. Todo eso pasaba por mi cabeza mientras caminaba por la calle casi ciego, no sé si por mis problemas de visión y la obscura noche o mis ojos llenos de agua. 

Eran las 11 P.M. de un domingo funesto, moribundo, frío y solitario de invierno. A las 10.30 P.M. había notado que mi pequeño hermano canino —sí, porque el perro no es mi mascota, es mi hermano, es mi sobrino, es mi hijo, es parte de la familia, es parte de mi familia— no estaba en casa. ¡La cagada! Lo más seguro es que mi padre lo haya dejado salir. Lo más probable es que esté hueviando por algún lugar peligroso, oliendo las miserias de la calle a tan altas horas de la noche. O peor aún, seguro lo han atropellado. Le han dado veneno. Un perro bravo callejero ya le partió la madre. O quizás por curiosear el vecindario ya se perdió.

Le digo a mi hermano. ¡Carajo! ¡No me hace caso! Mis padres ya están dormidos y la mitad de la ciudad también. Agarro mis llaves, me pongo algún trapo encima para combatir el frío y me aventuro a la calle solitaria dominguera. No veo nada, me estoy quedando ciego y la tenue luz del alumbrado público no ayuda mucho. No hay Luna, la Luna es ingrata, es egoísta, solo está ahí para que admires su belleza, no para ser ignorada mientras haces algo, a ella no le gusta ser ignorada, o la admiras o se va. 
Mientras camino por la calle solitaria voy tomando en cuenta que todo se pondrá peor. Empiezan a aparecer las miserias y las criaturas transformadas que oculta la noche. Me da miedo, me siento inseguro y vulnerable pero nada de eso cuenta si es por mi perro, por mi hermano, por mi hijo. Sigo caminando, hay niebla y solo me acompañan malas almas en vivos y las otras malas almas que quizás esta avenida acoge desde hace mucho tiempo.

Mis ojos se ponen llorosos y empiezo a imaginar los últimos días de mi perro, soy un fatalista del demonio los días preguntándose por qué nunca fui por él. Últimos días en que recordará los buenos momentos. Días en los que pensará que lo he traicionado sin saber que yo lo buscaría cada día de mi vida sin desfallecer. Y con esos últimos días también llegarían sus últimas noches, noches en las que él soñaría con nosotros, con mi familia, con los momentos en que yo llegaba a casa y él me recibía con la alegría más sincera que un ser vivo podría brindar, porque ellos son los seres más sinceros y reales que pueden existir, porque ellos no saben de mentiras o del rencor, porque bien dice el dicho: "Los perros viven menos que los hombres porque ellos nacieron sabiendo amar".
Llego a un punto muerto, me sobrecoge un temor hasta los huesos y me digo que he fracasado, que soy un traidor, que le he fallado al ser que tanto me ama. Doy la media vuelta y empiezo a visualizar la odisea que me espera, que aunque me digan que ya no lo busque yo lo seguiré buscando, que esto sería un punto de quiebre total en toda mi vida y que nunca podré reponerme de esto, que con mi perro perdido se murió una parte de mí. 

Regreso sin fuerzas a casa, a preguntar si mi hermano me quiere ayudar. Abro la puerta y subo las escaleras, miro a mi hermano, ya son las 12:05 A.M., mis mejillas rojas acusan mis ojos llorosos, y le digo  No encontré al perro Ya llegó, ¡huevón!— responde mi hermano. ¿Qué? ¿Cómo?— le digo sorprendido Vino hace un rato y empezó a ladrar en la puerta, como siempre—. El alma me regresa al cuerpo, mis ojos llorosos se secan casi mágicamente, siento que mi cuerpo es liviano otra vez. Lanzo un silbido cuidando que mis padres no lo puedan escuchar y él sale desde debajo de mi cama. Lo abrazo con fuerza, le digo que es un pendejito, le pregunto por dónde estaba, él no habla pero me mira y parece decir "Estaba cerca, no te preocupes, no seas huevón, yo te soy fiel, no me voy a ir, no te voy a dejar". Te quiero perrito, te quiero hermanito, te quiero hijito, te quiero papá, nunca te vayas, nunca me dejes, eres parte de mi vida y te quiero demasiado, y si algún día te debes ir hazlo cuando estés viejito, vete al paraíso de los perros y desde ahí cuídame y acompáñame, porque si bien no creo en Dios y quizás no tenga derecho a ir al cielo tú sí lo tienes porque eres puro, porque eres amable, amablemente fácil de amar, y yo te amo, te quiero amigo mío. Te amo Titotín. Ya deja de ser tan pendejito y no te me pierdas así.





sábado, 22 de febrero de 2014

1997

Marcelina era madre de dos niños y ya se venía el siguiente. A los dos primeros los había dado de pie, los había dado como ella sabe pero este tercero era caprichoso. El tercero se había puesto la corbata, se había puesto majadero, se había puesto malcriado. 

 Señora no se preocupe, nosotros la ayudamos. dijo la asistenta social

Marcelina no confiaba en ellas, ni en la bola de personas con chaleco naranja que había llegado de la capital. 

 ¡No mamay!, ¡aquicito no más!, ¡aquicito no más! decía Marcelina, pero la asistenta insistió.

 Señora, se va a poner mal, suba, rápido, de una vez

Se llevaron a Marcelina en una camioneta, saltando y dando galopes a través de la trocha. 40 minutos tardaron en llegar a la posta, los 40 minutos más terroríficos en la vida de Marcelina.
La llevaron a una salita pequeña, pintada de celeste tétrico que asemejaba a muerte y junto a unos doctores que jamás le dijeron nada. La metieron en una cama y el trámite empezó, Marcelina desmayó y horas después despertó. 

 ¿Qué van a hacer mamita? ¡Asi no más, ya me voy a mi casita, denme a mi wawa !¡No hagan eso! 

 Solo te vamos a hacer una limpieza, no te pongas necia y firma aquí. 

 ¿Qué es esto? ¡Yo no leo mamay! ¡Yo no leo! insistió Marcelina—. 

 ¡Solo pon tu nombre y no jodas, hazlo o no tendrás a tu bebé! 

 ¿Qué es esto mamay? ¡No entiendo nada! 

 Si no fueras tan ignorante sabrías lo que es, ¡firma!

Marcelina firmó a la fuerza. No sabía qué era eso, solo puso, de forma paupérrima y deficiente, su nombre, y mientras terminaba de firmar le acercaban un tubo transparente a la boca. La sedaron, la durmieron y prosiguieron. Marcelina había despertado unas horas después, aún tenía lágrimas en los ojos, y ahora el dolor era mayor en su vientre. 

 ¿Dónde está mi urpi, mi wawita?, ¿dónde está mi churi?, ¡Justino! ¿Qué ha pasado? 

— ¡No lo sé Marci!, ¡no lo sé!, ¡perdóname por favorcito!, ¡perdóname!

Le reclamaba a su esposo que acababa de llegar. Tenía la esperanza de que él supiera qué estaba pasando, de que él supiera qué era ese papel que acababa de firmar, pues él era el que sabía leer. Ninguno sabía lo que había pasado, ninguno sabía qué le habían hecho a ella ni a su niño.
Marcelina había sido parte del "Plan de salud pública" del gobierno de Alberto Fujimori en el año 1997. A ella y a muchas otras mujeres de zonas rurales del país se les había quitado el don de la vida, se les había quitado el derecho a elegir, se les había quitado casi toda la dignidad.
Fujimori no quería acabar con la pobreza, Fujimori quería acabar con los pobres.






viernes, 14 de febrero de 2014

À la recherche du temps perdu.

Había aprendido a ser seria desde pequeña, y a sus cortos 16 años parecía ya una sabia, una tipa con los pies en la tierra, una persona que sabía lo que quería y lo lograba porque ella lo decidía así. Era muy diferente a las demás chicas de su edad y su apariencia inocente y mente maquinadora le había dado muchas cosas buenas, resultaba, funcionaba y esa mezcla no la iba a dejar jamás.
Le apasionaba escribir, escribía como los grandes. Escribía como los verdaderos hombres y mujeres abocados a escribir, no como el que está tecleando estas lineas. Pero a pesar de su gran talento nunca nadie había leído sus escritos. Se los guardaba, se los guardaba para ella sola. Nadie sabe con exactitud por qué, quizás porque las personas descubrirían que detrás de esa figura lozana e inocente existía una gran mente sagaz, suspicaz y amenazable que se escondía de la luz o porque en esos escritos había demasiado de ella y eso le hacía sentir vulnerable. Cuando uno escribe es inevitable dejar algo de sí mismo, es inevitable dejar pistas de lo que uno es, de lo que uno piensa y de lo que hay muy en el fondo de uno y eso ella lo sabía perfectamente. 
Faltaban varias semanas antes de que el verano termine y el chico "À la recherche du temps perdu"  había regresado, había reaparecido y con él, las ganas de ella de querer más. Pasaron los días y retomaron las absurdas, largas, pero aún así, entretenidas conversaciones sobre cosas sin sentido, cosas sin fin, cosas que nadie sabe de dónde salieron. Ellos sabían cómo esquivar, escapar, y sortear un comentario sin salida, lo hacían muy bien y la única razón por la cual cesaban era la caída de la noche. El sonido de grillos y demás criaturas nocturnas que acampaban fuera de la ventana en el pequeño jardín de la calle barranquina anunciaban el final de la jornada y, en contra de sus voluntades, era hora de terminar. 
Los dos eran algo diferentes, pues no compartían gran cantidad de cosas, pero como dicen por ahí: "Un rompecabezas no se arma con partes iguales, sino complementarias" y esto, por supuesto, no era para nada problema. Solo había algo que ellos, independientemente el uno del otro, amaban: "Quelqu'un m'a dit" de Carla Bruni. La vida era mejor cuando ese tema sonaba. La vida era mejor cuando esa canción sonaba y los dos la intentaban cantar en francés maltrecho, francés que solo ellos, novatos en la lengua, podían entender. 
Los días pasaron, las tardes llegaron, los bichos sonaron detrás de la ventanas y aún así ellos seguían iguales. No pasaba el tiempo, no se perdía ni un peñique de interés, de sentimiento, de apego, apego que se sobreentendía pues ninguno había dicho nada, ninguno se había atado, ninguno había preguntado ni insinuado nada, pues todo estaba sobreentendido, pues todo estaba premeditado.
Terminó el verano y el chico "À la recherche du temps perdu" se había ido, había desaparecido así como desapareció hacía unos meses atrás. Nada fue claro. Los arrepentimientos no tardaron en llegar y las preguntas que no se hicieron se quedaron en el camino. Lo absurdo, absurdo era y se debía acabar en segundos, sin meditación, sin salidas, sin escapes, sin desperdiciar palabras. Los bichos chillaban, sonaban, molestaban, eran molestos y había llegado la hora de desaparecerlos, callarlos, silenciarlos, exterminarlos. El jardín se marchitó, se puso amarillo, se murió. Lo diferente era peligroso, complicado, lo diferente era una amenaza de lo conocido, lo establecido, y lo bien sabido. El francés era difícil, ininteligible, invocalizable, insospechable e insoportable. Lo bueno dejo de serlo y devino en el recuerdo de lo que no pasó, de lo que no existió. El tiempo pasó raudo, monótono, igual, rutinario, lo sobreentendido se desentendió totalmente y lo vivido se difuminó rápidamente. 
Se había ido y había que recoger lo que quedaba, ocultar lo que sobraba y maquinar como se debía. Había que ir en busca del tiempo perdido.



martes, 21 de enero de 2014

Sapos y culebras, el más allá y caminar.

El tipo se acaba de sentar, interrumpe mis pensamientos hacia la ventana, mis ilusiones del futuro, mis planes, algunos buenos y otros maléficos, planes que, quizás queden en eso, planes. Lo miro sin sobresalto, lo miro sin mucho teatro, es un hombre viejo, mal acabado, mal vestido, es un hombre pobre. No me molesta su presencia, mientras no me moleste no tengo problema en compartir el asiento del bus, no me quejo, si no me gusta me compro un carro, no puedo comprarme un carro así que no me quejo.
El chofer maneja raudamente, sin prudencia, sin pensar en mañana, mañana te mueres y ¿quién le dará de comer a tus chanchitos, a tus niñitos?, que quizás son 4 o 5, y que seguro que les das su merecido porque eres un mal padre y no sabes cómo criarlos. Soy mal pensado, me imagino lo peor, soy desconfiado y por eso pienso eso, me dolería aceptar que ese hombre al volante le da una niñez feliz a sus niños. Soy rencoroso, rencoroso con todos y también conmigo, pero no digo nada, me aguanto, no me quejo, soy el buen Valdemar, el que nunca dice nada, el siempre bien dispuesto. 
Pasaron pocos segundos y ya huele raro, huele a muerte, es típico, los enemigos del jabón ya empiezan a notarse, a aparecer. Sigo igual no me quejo, no sería caballeroso, esa gente hace lo que puede, tampoco puedo quejarme conchudamente, ¿quién nunca a obviado el baño matutino por frío o pereza?, ¿quién nunca ha sido traicionado por su agente antitranspirante?, Rexona sí te abandona, te abandona y te deja embarazado, empachado, relleno y rebosante de olores listos a salir.
Los olores siguen y, para amenizar la jornada, sube un joven vendedor de chucherías, tiene envuelto en un brazo una quena y sostenida con las dos manos un charango, qué artístico, qué talentoso, es muy difícil tocar dos instrumentos al mismo tiempo, lo admiro, me quedo huevón, miro su habilidad, miro cómo hace lo que sabe hacer, música, música para mis aburridos oídos, música de acá, música de mi país, me conmueve, me gusta, me convence, logra su objetivo, me saca unas monedas, el problema es dar monedas cuando uno mismo casi ya no las tiene pero no importa, después de mirar todo su show sería una mezquindad no darle lo que busca.
Ya casi llego a mi destino, me toca bajar, me toca pararme y escudriñar mis bolsillos, a ver si nadie me sacó nada, a ver si mis monedas siguen ahí. Permiso, vejete, ya me voy, ya me bajo, se acabó el chiste, muévete, pero no muevas los brazos, no quiero oler tus miserias. Avanzo, le digo al conductor "esquina que viene bajo" con voz de macho, con voz de malo, de amargado, para que me deje donde quiero y no se pase cuatro cuadras más y me obligue a caminar en este inmundo sol. No me mira, solo afirma con la cabeza, no importa, solo no te choques, no hagas nada estúpido, quiero llegar a mi casa sano y salvo, no quiero terminar en un hospital botando sapos y culebras por la boca, o peor aún, no quiero terminar en el más allá, solo déjame bajar y no me hagas caminar.